Intangibles

Una de las más terribles consecuencias de ser expulsados del paraíso terrenal fue convertirnos en un número en las estadísticas de los gobiernos. Esta situación ha durado siglos y la intención de “economizar sangre” raramente ha aflorado en la historia mundial. Somos números y los números no padecen. Esta misma aproximación ha sido utilizada por las organizaciones internacionales que intentan asegurar la paz, y tras muchos intentos por evitarlo, terminan siempre contando víctimas.

Ser un número es pragmático desde el punto de vista administrativo pero catastrófico para el individuo, para su alma, especialmente cuando nos hacemos la guerra “como naciones civilizadas”. Las noticias de guerra y sus consecuencias se han convertido, salvo pocas excepciones, en una plantilla periodística llena de frases hechas, perfectamente reutilizables y con espacios en blanco para rellenar los números, los episodios, las partes beligerantes y la categoría de los afectados civiles; a saber: desplazados, refugiados, rehenes o el brutal eufemismo de efectos colaterales para contar los muertos. Se asemeja a las semblanzas previsibles que las agencias de noticias tienen ya redactadas a espera de la muerte de algún líder inmortal.

Cuando no éramos visuales ni estábamos permanentemente conectados, es decir, cuando nuestra atención no era efímera, los corresponsales de guerra se encargaban de acercar un poco las lejanías entre los que sufrían y los que no y contar lo miserable que podemos llegar a ser como especie. Trataban de ponerle rostro a los números y, mas que informar, recordarnos que los que sufren no son figurantes de una película sino gente como nosotros. No había fotos ni vídeos. Sólo la intermediación íntima de las palabras y el recordatorio de que ningún humano estaba exento. Además, quienes leían más allá de las palabras, podían intuir la certeza de que cuando les tocara huir, cuando les llegara el momento de ser un rostro en esos reportajes, nadie haría nada por ellos. Porque el problema no va tanto de que las víctimas de una guerra permanezcan anónimas detrás de un número, sino de que sean intangibles.

Ser intangible hace que no podamos saber a qué huele un campo de refugiados, que no podamos sentir el frío, el miedo y la mugre. Que no podamos tocar la desesperación del que cruza un desierto en colectivo para preservar la vida (y la de los suyos) o simplemente encontrar una. Nadie palpa al que huye de la muerte y menos si huye en masa, ya que al hacerlo así, se convierte en intangible.

Me gustaría pensar que los gobiernos alguna vez estarán a la altura, que no harán lo mismo de siempre y que por la rendija de su desdén no se colarán los desalmados. Me gustaría pensar que nosotros mismos podremos hacer algo más que donar dinero a una ONG y sentir vergüenza. Quisiera obligarme a soñar que se harán bien las cosas y que los vecinos de los pueblos-refugio no se levantarán piedra en mano para rechazar al “invasor” y que por el contrario habrá empatía y respeto mutuo. En fin, que se trate el dolor ajeno como propio y que la incomodidad se mitigue con dignidad. Sé que es mucho soñar ante el aplastante retorno de la Realpolitikpero me tocaba escribirlo, porque ayudar al que cae en desgracia por causas ajenas a si mismo no es solidaridad, es simplemente hacer lo correcto.

De lo que estoy seguro es que cuando nos llegue el turno, muy probablemente como refugiados medioambientales, nos pasará lo mismo, y que nuestras propias fotos de sufrimiento pasarán por la actualidad futura mezcladas con los resultados deportivos y tan deprisa como se hace scroll.

Casi perfecto

wordprefect-final3pngHubo un tiempo de valientes en el que las ideas se llevaban al ordenador a palo seco y en pantallas de monocromo. Donde memorizabas muchas más combinaciones de teclas que el control-z y donde lo que veías no era lo que obtenías sino lo que intuías. Durante ese periodo histórico de la informática dos procesadores de textos dominaron el mercado y libraron una muy bonita lucha que, cosas de la vida, terminaron perdiendo ambos: WordStar y WordPerfect.

A juzgar por los recursos con los que contaban, no sólo técnicos, sino también de gestión, en esas pequeñas empresas no se hacía software sino milagros. Gente sin experiencia que creaba empresas millonarias a pulso y en una forma muy alejada de las tecnológicas que vendían humo en la crisis de las puntocom. Una de ellas, WordPerfect, se convirtió en líder de su sector de una forma muy particular porque nunca realizaron una ronda de financiación y lo hicieron a remontada.

Es raro encontrar a alguien que te cuente una historia empresarial de ascenso y caída como la ha contado Pete Peterson en AlmostPertect. Fue el tercero de abordo de WordPerfect (siendo empleado y no socio) desde sus inicios hasta poco antes del comienzo de su declive. Con un lenguaje claro y sencillo (sin tecnicismos ni complicaciones) y un tono de sinceridad de principito, Peterson engancha desde la primera página. Aunque por experiencia conocía el final, fui encadenando los amenos capítulos no sólo por los hechos sino por la opinión curtida de un protagonista de excepción. Tiene mucho mérito, porque lo publicó poco tiempo después de su despido, con el que precisamente comienza el libro.

Muchos aspectos y detalles resaltan y divierten, pero hay uno especial porque a mi juicio fue el paradójico responsable tanto del éxito como del fracaso de la aventura: Fue una empresa donde los programadores definían el producto y no el departamento de marketing. Por eso creí encontrar una explicación para dos de las señas de identidad de su diseño: el minimalismo y la coherencia conceptual.

It was somewhat unusual for a software company to let the programmers decide the future of its
products. We were, however, a company founded and owned by programmers, where programmers
were treated with an extra measure of respect1.

AlmostPerfect, How a bunch of regular guys built WordPerfect Corporation, es una deliciosa obra ya descatalogada, pero podéis leerla sin coste por cortesía del propio Pete Peterson en esta dirección. Tomad en cuenta que fue redactado hace más de veinte años y mucho ha escampado. Os sugiero leerlo con la mirada adecuada ya que guarda los secretos de una época que contrasta con la invasión a la privacidad de los editores de texto de hoy; esos engendros que escudriñan lo que escribes para sustituirte las palabras correctas por aquéllas que con escrupulosa inferencia bayesiana  tienen mayor probabilidad de meterte en líos.


Notas relacionanadas:
Software Arqueológico

Para los más jóvenes: Si queréis experimentar la sensación de “a palo seco”, podéis viajar en el tiempo y escribir en WordPerfect aquí. (¡ya con un poco de color!). Por cortesía de la más hermosa iniciativa para preservar nuestra memoria colectiva digital: archive.org

1: Hoy en día es difícil encontrar las palabras respeto y programador juntas en una misma frase, salvo que tenga intención reivindicativa.

De lo que se pierden los millennials

breadphoneMe apuntan que los sociólogos han rebautizado a la Generación Y con el más comercial nombre de Los Millennials. A mí gustaban más las letras, porque daban la sensación de que en algún momento nos quedaríamos sin alfabeto latino y podríamos darle la oportunidad de marcar tendencia al cirílico. Además, ese nombre suena un poco a grupo musical de los sesenta, lo que no estaría acorde con los hábitos de su generación. Siempre me resultaron muy desconsideradas esas distinciones por cohortes demográficas basadas en años, porque hacían referencia a una homogeneidad mundial que realmente no existe. Hay generaciones en África que comparten más con la generación perdida de la Primera Guerra Mundial, que con los conectados chicos del primer mundo de hoy. Incluso, dentro de una misma generación no es lo mismo ser hombre que mujer; u homo que heterosexual.

Lo que resulta curioso es que los medios estén interpretando como novedad el cambio de hábitos que el apalancamiento tecnológico aporta a una generación, y humildemente, creo que no es atinado. Es obvia la influencia que la masificación de los vehículos a motor tuvo en los jóvenes de la Generación Silenciosa (los nacidos entre guerras), o cómo cambió el teléfono y la televisión los hábitos de los Baby boomers (los del 50 al 70). Lo realmente importante es la capacidad que tendrá cada generación para influir e intentar cambiar los mismos males de siempre1: La injustica, el hambre, la destrucción del planeta y la falta de libertad.

Mientras tanto, si a los hábitos nos referimos, hay un montón de cosas sabrosas que Los Millennials se perderán con respecto a su generación precedente, entre otras:

  • La sensación de libertad que produce el no estar localizable. El salir por allí sin que nadie sepa qué estas experimentando, en qué garito te metes, qué estás comiendo o dónde estás meando.
  • El meter una moneda en un teléfono público y marcar (porque lo recuerdas) el número de tu casa.
  • Abrir tu primera cuenta bancaria con tu dinero, repasar los apuntes que te dejaban en la libreta, firmar un cheque o un váucher y contar dinero, sobre todo lo que te faltaba para darte los caprichos.
  • Escribir a mano o leer algo enfocado en ello más de cinco minutos sin cambiar a otro tema. Estarse quieto. Tener un solo tab abierto en el navegador.
  • Comer sin móviles en la mesa o permanecer en el cine con éste totalmente apagado.
  • Ser dueño y señor de tu propio aburrimiento.
  • Tener secretos.

Pero a efectos económicos, los que deben estar preocupados de su futuro son las empresas que viven de las tradiciones inter-generacionales, esas que han sobrevivido a pesar de los cambios de hábitos, porque su seguridad puede comenzar a tambalearse. Un indicio: Al parecer, el cincuenta por ciento de Los Millennials no se identifica con ninguna religión, así que intuyo que sus hijos, por ejemplo ¡no harán la primera comunión! Una catástrofe para los fabricantes de trajes de marineritos y de pequeñas princesas, adiós a los fotógrafos del evento y a los salones de celebración. Aunque, viéndolo bien, también tienen algo de culpa en este sector porque en décadas no se han actualizado. Hagan la prueba. Las fotos de la primera comunión de los adolescentes de hoy, se parecen sospechosamente a la de sus padres.

Bueno, ya he cumplido con mi  deber generacional: Soltarle a los que continuarán la especie (eso espero) una sentencia rigurosa y compasiva que sólo le faltó empezar con un “Esas son tonterías, en mis tiempos…”


1: No quería escribir “de siempre” sino “trascendentes”, porque si a ver vamos, las generaciones precedentes se han preocupado sólo parcial y aisladamente de algunos de estos temas. Pero siempre han estado allí aunque nadie los haya visto.