Feliz cumple Gabo

Leí Cien Años de Soledad a capítulo completo cuando tenía trece años, de tarde en tarde y sentado en una silla de pegajoso mimbre-polímero. Aprendí el leer adulto con novelas del Gabo, y aprendí a entender mi entorno de su mano. Lo que para sus lectores «extranjeros» era la excentricidad del realismo mágico, para nosotros era la cotidianidad.

Un poco más adelante descubrí cómo diagnosticar el Mal de Amores, luego de leer El Amor en los Tiempos del Cólera; y me sentí protagonista cuando reconocí los síntomas en mi mismo expuesto a los amores imposibles de la adolescencia.

Son sólo dos ejemplos, entre muchos, por los que vale la pena desearle a alguien a quien no he saludado en mi vida, que pase un día estupendo y que Dios le de salud y una vejez tranquila.

Felíz cumpleaños Gabo.

Lustra, que algo queda

No llevar siempre los zapatos limpios podría ser el origen de algunos problemas sociales. Durante la educación primaria y secundaria, estuve expuesto a dos reprimendas básicas: Una por llevar la camisa por fuera del pantalón y otra por no mantener los zapatos limpios.

En la primaria, de orientación religiosa, la cosa tenía tintes castrenses. Pasaban revista todas las mañanas antes de entrar a la primera clase. Ya en secundaría funcionaba como un mecanismo de control ante las continuas afrentas de la adolescencia. Cualquier profesor podía interceptarte en el pasillo para exigirte acicalar tu apariencia, incluso tenía potestad para no dejarte entrar a su clase si no llevabas los zapatos limpios. Viéndolo bien, también era un poco castrense.

Pero todo esto no era más que una extensión de lo que ya pasaba en casa. La diferencia era que las madres utilizaban la vergüenza ajena: ¿Qué va a pensar la gente de si te ven con esos zapatos sucios?

No era un tipo de disciplina férrea, como podría pensarse, sino continua. De allí su efectividad. Terminabas calcilustrado y camisometido, sólo para evitar la lata. Pero detrás de esos pequeños gestos, que pueden parecer retardatarios, se gestan una cantidad de hábitos personales que facilitan la convivencia en la edad adulta.

Inicialmente, respeto a las normas sociales y capacidad para decidir cumplirlas, así como el desarrollo de habilidades de adaptación a medida que estas normas evolucionan con el tiempo. Más adelante, deferencia con los mayores, que no se trata de obediencia, sino de un mínimo de cortesía. Finalmente, el desarrollo de sentido común, que no es más que la habilidad para entender las consecuencias de nuestras acciones cotidianas y la manera como afectan positiva o negativamente a nuestros semejantes.

¡Dios mío! Cuán puritano me estará quedando esto. Pero bueno, la idea es que me da por pensar que si la gente no usa los baños públicos de forma cortés, no cumple con las normas de circulación, tira basura en la calle, no sabe esperar su turno en una fila, o en definitiva, le importa una mierda sus semejantes; es porque en su formación, alguien no insistió lo suficiente en que se metiera la camisa por dentro del pantalón, limpiara sus zapatos, hiciese su cama, no escupiera en la calle o se sacara los mocos en público, se lavara las manos luego de ir al baño o supiera distinguir cuándo un anciano comienza a comportarse como un niño para otorgarle un tratamiento digno.

Cuando una sociedad necesita plagarse de normas para castigar a los adultos como si fueran niños por faltar a normas de “sentido común y beneficio mutuo” debería buscar sus causas en cosas tan simples, como, digamos por ejemplo, el lustro de los zapatos de los niños. Tal vez salga más barato.

Es que amanecí hipotético hoy.

Compañera Sentimental (sic).

Un buen día las casas dejaron de llamarse casas y pasaron a ser Soluciones Habitacionales. La misma suerte siguieron los fiscales de tránsito, que ahora son Agentes de Movilidad y los desempleados, que formalmente se denominan Demandantes de Empleo.

La lista de esta onda rebautizante es enorme. Pero tanta precisión técnica termina, en algunas ocasiones, por desvirtuar la esencia de los significados. El caso de Compañera(o) Sentimental, muy de moda en los telediarios, es uno de ellos.

Sin ir más cerca, esta misma mañana el locutor de la radio narraba un suceso trágico. Un hombre había muerto junto a su “Compañera Sentimental” en un accidente de tráfico. (No me pregunten porqué no lo redactaron al revés.) Así, la difunta pasó, por obra y gracia del redactor de la noticia, a ser poco menos que una “amiga con derechos” que casualmente volvía con él de una fiesta. Como coletilla, al final, como algo sin importancia, en ese último párrafo que se lee casi sin aliento por la premura del tiempo, agregaron que tenían veinte años viviendo juntos y tres hijos tarajallos.

A ver. Veinte años de convivencia y tres muchachos no pueden vivirse con una Compañera Sentimental a secas. Es una injusticia. Porque es un término farandulero con el que la prensa del corazón denomina a las parejas eventuales de los famosillos, que alérgicos al compromiso, se decantan por el amancebamiento.

En aras de la objetividad, el redactor debería haber optado por rescatar la palabra concubina o, si le parecía repugnante por retro, adentrarse por los caminos del pundonor: Su señora, su mujer, su amada, quien lo soportaba, su socia, la madre de sus hijos, en fin.

Hace unos meses escuché a una señora mayor de un pueblo de León preguntar por una sobrina a quien hacía mucho que no veía. Quería saber si estaba sola, y ante la imprecisión de sus interlocutores para indicarle que, sin estar casada compartía su vida y un hijo con otra persona, la señora, precisa y resuelta resumió: ¡ah! Que está con uno. Aunque no lo parezca, a mi me sonó más respetuoso y menos cursi que Compañero Sentimental.

Qué quieren que les diga. Tal como está la duración media de los matrimonios ( a los que les dura la ilusión menos tiempo que la boda) deberían dejar pasar un plazo de gracia antes de llamar a los cónyuges por sus títulos de marido y mujer y reservarlos para la gente que se los ha ganado a pulso.