DIEZ AÑOS

Normalmente felicito a mis amigos con restraso. Soy muy malo para los aniversarios, hasta para los míos, por lo que con un día pasado dedico una pequeña nota al décimo año de este blog.

Aunque ha sido muy difícil mantener la frecuencia, existe un amplio material ya publicado que mantengo en línea con celo y con la esperanza de que de vez en cuando mis benevolentes lectores se pasen por aquí. Aunque con casi total seguridad habrá al menos una actualización, la del Cuento de Navidad.

Lo que sigue intacto es el objetivo que tenía en mente cuando lo saqué al aire:

Finalmente, detrás de todo esto, está la intención sincera de compartir libremente el conocimiento dentro de la red, sin más requisitos que el respeto mutuo y rememorar así aquellos tiempos fantásticos cuando éramos felices e indocumentados…

Muchas gracias a todos los lectores de estos años.

El cartero.

 

Cabezaditas

Hay momentos en los que sería ideal poder dormir con los ojos abiertos. Pagaría por ello. En su defecto, debería ser socialmente aceptado el que se den cabezaditas para combatir el tedio. Sé que es algo que se utiliza actualmente, pero siempre a escondidas o, al menos, con ese pequeño remordimiento de estar aguantando los párpados ante la exposición de los más variados temas sobre los que no estamos interesados en lo más mínimo y nos vemos obligados a asistir.

Debería comenzarse a incorporar esta norma de cortesía, en primer lugar, en aquellas charlas, conferencias y reuniones donde, entre otras cosas: se descubre el agua tibia, se adula a un líder, se niega la realidad, se habla con una pared o se aprueban leyes presupuestarias en plena crisis económica.

Total, la postura corporal para combatir el tedio es la misma si se hace con el móvil o echando una cabezadita. Aunque es con toda seguridad la segunda es más saludable y aumenta la productividad.

Ello.

Cuento de Navidad

Llevaba la nota en el bolsillo izquierdo del pantalón desde hacía tres semanas. Álvaro la traía sujeta al abrigo con un imperdible y lo único reconocible era el nombre de Frau Müller, su profesora de infantil. El papel ya presentaba síntomas de fatiga, de tanto salir y entrar del bolsillo, cuando en los descansos de la fabrica, Urbano podía echarle otro vistazo para intentar descifrar lo que ponía.

Había sido de los primeros en llegar y no conocía el idioma. Se agenciaba la comunicación con gestos universales, frases hechas y una dosis de amor propio que le impedía rebajarse a preguntar, como cualquier hombre que decide dar vueltas en círculos antes de admitir que está perdido.

Eran las primeras Navidades fuera del pueblo y María, su mujer, se había quedado atrás, a ultima hora, por insistencia de su madre que no la veía pariendo en Alemán de un embarazo que llegaría a término por estas fechas. Así, Álvaro y papá eran uno desde el verano y habían aprendido cada uno a vivir con el otro sin la mediación de mamá.

A Urbano se le daba bien explicarle la realidad al niño inventándose historias que la plasticidad de hijo admitía como la única verdad, así le enseñó a combatir el frío, los regaños que no entendía de la vecina que lo cuidaba por las tardes y la velocidad de los coches de la postguerra que le obsesionaba, pero la nota de Frau Müller había llegado a sus vidas como un intruso que alteraba la paz de aquel hogar de dos.

Imaginó que era una queja por comportamiento e interrogó al niño por si salía algo por allí, sin resultado. Memorizó las kilométricas palabras, para intentar encontrarlas en las marquesinas o en los rótulos de los comercios y asociarles algún significado. Escuchó conversaciones ajenas en el comedor para pescar alguna frase y escrutó los anuncios en los periódicos para ver si las descubría despistadas entre las ofertas felices de un país arrasado por la guerra y resucitado por el olvido. Solo una se repetía: Weihnachten, pero era tan obvia, que probablemente fuese la traducción de comprar, así que no le dio importancia.

El no entender la nota parecía no tener consecuencias para Álvaro, pues los martes, cuando libraba, su padre le había ido a llevar y vuelto a buscar al cole sin notar nada raro, salvo saludos sonrientes de su maestra y una canción agotadora que el niño repetía hasta en sueños. Urbano miraba al resto de las madres, como buscando pistas pero sin éxito, hasta que un martes, al llevarlo al cole, su alma literalmente se le vino a los pies.

Esa mañana la entrada del cole se llenó de pastores diminutos, ángeles mocosos y unos cuantos duendes del bosque ataviados con gorritos con pompón de estrella. Allí entendió el alemán de la nota. Eran todos los niños de la clase, menos Álvaro, que lucía embutido en un abrigo raído que su madre había reforzado con holandillas de lana vieja, y lágrimas de entereza mientras lo preparaba para el invierno.

Frau Müller les invitó a pasar a la clase, pues ese día los niños cantarían en honor a la Navidad. Pensó en volverse, antes que hacer pasar a Álvaro por una humillación. Total, fue para evitar eso por lo había salido del pueblo, pero era tarde, pues los niños estaban dentro. 

Sin embargo, ese día Urbano aprendió a explicarle los milagros a su hijo: Álvaro apareció con una capa roja resplandeciente, una corona de cartón y todo un traje de Rey mago que Frau Müller le había preparado. El niño cantó, sonrió, y buscó a su padre entre el público para decirle hola con la mano, como todos los demás, sin las diferencias que había fuera y con la igualdad de la torpeza encantadora con que cantan y bailan los pequeños de tres años.

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