Cuento de Navidad

Guardaba esa caja como un tesoro. Tenía que protegerla de mis hermanos, de los gatos y de mis propias ganas de comerme todo lo que traía de una sentada: Una naranja, una mandarina, algunas castañas cocidas, higos secos y tres roscas de sartén. A veces dejaban un trozo de turrón de piedra y, si ese año había sido muy bueno, un puñado de peladillas. «Es que los Reyes antes se dedicaban al negocio de la agricultura y eso era todo lo que traían hijo mío», decía mi padre.

Recuerdo que antes de irme a la cama abría la tapa un poquito y el olor de la naranja sobresalía de lo demás. Lo malo era que ya a mediados de Marzo a la Naranja se le había pegado el seco de las roscas  y le pasaba como a las alegrías, que de tanto verlas se revienen.

Con el tiempo los Reyes cambiaron de sector porque lo de las tierras les resultaba muy sacrificado. Uno se dedicó a la carpintería, otro a la pintura y el tercero a la ingeniería electrónica, porque no le gustaba mucho ensuciarse las manos.

¿Y eso de qué va a Abuelo?
Son los que se dedican a hacer los juguetes a pilas
¿Esos que nunca funcionan?
Sí Sebastián, pero que alguna vez lo hicieron.

Como igual no tenían tanto dinero para hacer regalos como antes – las naranjas le cundían más – decidieron pasar una noche de cada verano por todos los pueblos y en cada casa ir pidiendo a los padres que les dejasen los juguetes viejos que los niños ya no utilizasen. Era la peor noche del año para los niños: Los pequeños no dormían de los nervios por saber, a la mañana siguiente, cuáles eran los juguetes que se habían llevado los Reyes. Aunque muchos estaban abandonados desde hacía tiempo siempre se resistían a separarse de aquellos con los que se habían divertido tanto. Pero ¿sabes Sebastián? a los juguetes les pasa como al negocio de las creencias: Cuando hay santos nuevos, los viejos no hacen milagros.

Los Reyes cogían lo que podían y se lo llevaban a sus talleres para ajustarle los tornillos, redondearles las ruedas, pintarle las cicatrices de la diversión, retrenzarle las greñas y darles una ducha. Llegaban bastante guarros, la verdad. Había juguetes casi nuevos que apenas habían sido jugados y otros que parecían que volvían de una guerra. ¿Sabes lo que te digo? Pero a ninguno le faltaba la sonrisa en la cara mientras se dejaban mimar por las manos de estos buenos artesanos. Las muñecas y los coches, como el tuyo, eran los más agradecidos. La gente empezó a llamarles magos, porque parecía magia lo que lograban reparando los juguetes que aunque no quedaban como nuevos, pues casi.

Desde entonces cada víspera de Reyes estos buenos hombres pasan por las casas de los niños que han sido obedientes con sus padres y les dejan juguetes como premio para que se lo pasen bien. Por eso no es que tu cochecito venga con esa pegatina rota por que sí, sino que son tantos, que por fuerza a alguno se les tiene que pasar en tanta reparación.

¿Y cómo es que también vienen al refugio Abuelo, nosotros no tenemos casa?
Por algo los llaman Magos Sebastián, ellos encuentran a los niños donde quiera que estén.

– – –

Nota del Cartero:
Muchas Gracias un año mas, porque pasar por aquí, aunque sea a sólo leer este humilde Cuento de Navidad.

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Me enteré que era verano

Hacía un poco de calor incómodo como para que aún estuviera publicada una nota invernal.

Así que pongamos cualquier otra, mientras este largo invierno emocional termina de pasar.

Feliz Verano benevolentes y queridos lectores.

Cuento de Navidad

A los viudos les sobra el anillo que se dejan por costumbre para demostrar que lo son. Basta con el atuendo para saber desde cuando se les detuvo el tiempo y caer en el detalle de que comienzan a servirle el café en bar a la misma hora sin siquiera haberle visto pasar por la puerta. A los viudos de barrio antiguio les cuidan los vecinos como si le hubisen hecho la promesa a la mujer en el lecho de muerte.

Eladio se habla a si mismo con una voz que no es la suya mientras se estira la pajarita y se adoquina el pañuelo ante el espejo. Se prepara para su cita de los sábados por la tarde cuando se deja pasear por una tienda por departamentos del centro de Madrid para hablar con su mujer. Además, hoy es especial porque es día de noche buena.

Estuvo casado más de treinta años con un encanto moreno que le decía te queiro al oído para despertarle cada día y que, además, era la voz en off que con el mismo atractivo anunciaba, por el circuito interno de una cadena de tiendas, una crema antiarrugas, descuentos en el pollo o deseaba una Feliz Navidad a los clientes.

Su último refugio era la tienda de estar tarde, la más antiguna de la cadena que aún no había modenizado su megafonía y seguía siendo la voz de su mujer la que animaba las compras. Ya las tardes abrumadas le desanimaban un poco, pero aquella le dejó inconsolable por la tristeza: La remozada imagen de los almacenes se habían llevado para siempre la presencia de su mujer, algo que incluso la muerte no había logrado forjar.

Ya no estaba su voz, sino una de cartón masculina que más que sugerir ordenaba y que imponía su presencia como esas dependientas que no te dejan comprar en paz. Se paseó por todos los departamentos con oídos de agobio: subió a la planta de damas por si allí habían recapacitado. Bajó a la de parafarmacia seguro de que respetarían en inigualable tono de confianza de su mujer. Siguió por el de viajes con la ilusión de que aprovecharan su don de convenciemiento y hasta al de moda joven por la ternura de sus consejos de madre. Y fue inútil, no pudo encontrar su voz.

Sólo cuando se había ajustado la bufanda y se disponía a dejar de creer en los milagros escuchó un susurro en la sección de perfumería. Evitaba esa planta siempre que podía con el mismo repelús con el que eludía las multitudes, pero esta vez le tocaba armarse de valor: tomó aire y se hizo el silencio, se llenó con su alivio y cerró los ojos para escuchar a su voz sobreviviente.»Déjese sorprender con las fragancias de estas fiestas, disfrute de nuestras ofertas insuperables…y Feliz Navidad».

Eladio estuvo absorto hasta la hora del cierre, compartiendo con su mujer, conversando del tiempo, contándole sus temores y mirándole a los ojos a medida que fingía una tarde de compras. Se despidió con un beso de Noche Buena y con la mirada de sentirse vulnerable ante ella, esa forma tan madura de expresar el amor.

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Nota del cartero:
Basado en una historia real.
Gracias por haber pasado por aquí un año más.