Suricato bituminoso

Si alguna vez visita Madrid, no se inquiete si por el rabillo del ojo, ve venir una sombra en estampida, con cara de susto y mantas-bulto en las manos. Son los suricatos bituminosos. Ciudadanos de países africanos, que huyendo de un tipo de miseria, llegan a Madrid, para experimentar otra.

Para las autoridades policiales, representan el último eslabón de la cadena del top manta, la venta de copias ilegales de discos compactos (cidis) y dvdes: Para mi represenan mucha tristeza. Detrás, como siempre, están las mafias, que casi nunca pierden. Los africanos en cuestión, ni siquiera hablan castellano, y todo en ellos es ilegal: el hambre de la que huyen, la situación de su residencia, y lo que venden para mal vivir.

Para evitar ser capturados, utilizan la estrategia del suricato, que seguro habrá usted visto, en algún documental de “nuestra fauna salvaje”. Hay uno de ellos que otea el horizonte. El especialista en reconocer la cara de los policías de civil (paisano), que les persiguen. Entre todos le pagan, para que les alerte ante la amenaza del algún depredador. En cuyo caso, recogen su manta cruzada por cuerdas, y escapan a toda velocidad, mirando a sus espaldas, y aguantando la carrera, sólo cuando ven desaparecer el peligro. Ver que otros de tu especie huyen y tu no… afecta. Es como si se tratase de una amenaza selectiva.

No justifico la falta o delito que presuntamente, como suele decirse, estarían cometiendo. Eso no se discute. Sólo me preocupan sus caras de miedo perenne. Me preocupa que su léxico en castellano esté compuesto, principalmente, por el nombre de los cantantes de moda. Me ahoga mirar sus ojos de víctimas y que nadie piense en una solución más sofisticada y humana que capturarles y expulsarles. Me sacude en fin, que ningún cantatautor, les dedique una canción.

Va de Himnos

Una mañana, de aquel año tortuoso de mil novecientos ochenta y tres, la maestra nos comunicó, que el comité de tortura histórica del colegio, había resuelto organizar un acto cultural, en el cual se interpretarían los himnos nacionales de todas las repúblicas libertadas por El Libertador. Cada clase cantaría uno, y a nosotros nos había tocado el de Bolivia. La tarea incluía, claro está, investigar desde la letra hasta la música. Cosa encomiable, dada la recóndita localización geográfica de mi pueblo. A los del último curso, se les encomendó además, la interpretación del himno nacional de España, como gesto de reconciliación con la Madre Patria: eso incluía su música y su “letra”.

Por curiosidad le pregunté a la maestra-monja, sobre el origen de los himnos. Ella me soltó una respuesta muy ecuménica: Eran las canciones que nuestros soldados, cantaban para darse ánimo antes de las batallas por la libertad. A mí eso me impactó. Siempre había visto a los soldados, como los chicos que eran obligados a hacer el servicio militar porque no habían querido estudiar. Y mi maestra me los presentaba como cultos combatientes de léxico enrevesado. Las letras de los himnos incluían unas palabras que jamás había escuchado, y cuyo significado había que buscar en el diccionario: Hado, loor, inmarcesible, lid, cerviz, empíreo.

Todos los himnos iberoamericanos, encierran lógicamente un grandísimo contenido “anti-imperialista”, recuerdo histórico y aura revanchista. Incluso algunos de ellos como el de Chile, por ejemplo, recibieron ajustes de letra, para no resultar tan antiespañol. Todos ellos necesitaban explicación y siempre en los exámenes había una pregunta del tipo, cual es el significado de las estrofas del himno nacional. Ese que cantábamos todos los días antes de clase.

Luego de la difícil labor de conseguir la letra del himno de Bolivia, pudimos localizar la música, a través de un radioaficionado, padre de un compañero de clase, que hizo que un boliviano exiliado se lo cantara por radio. Había incoherencias de letra, pero eso no importaba. Mientras, los “adultos” de sexto, se desesperaban faltando unos días para el acto, porque no encontraban la letra del himno español, sin entender la socarrona sonrisa de la madre superiora, cada vez que se los topaba. Tenían la música en un disco de 45, encontrado en la radio, pero de la letra ni rastro. Como último recurso, decidieron pedir hablar con los curas, ambos españoles, que con toda seguridad se las darían. Cuando les contaron el motivo de su visita, uno de ellos les dijo que con mucho gusto, y comenzó a cantar una canción que empezaba con el verso Sereno y alegres, valientes y osados, ante lo cual el segundo interrumpió, claramente indignado, para aclararnos que el himno de España no tenía letra. Ya de mayor caí en cuenta que lo que el cura aquel había entonado, era el Himno de la República, que había desaparecido luego de la guerra civil.

El día del acto llegó, y todos las clases cantamos en formación coral, excepto los del último curso, que una vez formados, se pusieron la mano en el corazón en señal de respeto, mientras un tocadiscos del programa de alfabetización, reproducía las notas del himno de España, ante la atónita mirada de los representantes, que detrás de cada compás, permanecían expetantes para escuchar la letra.

Pretérito perfecto

Aquí, las referencias al pasado están monopolizadas por el pretérito perfecto compuesto. Tranquilos, que no voy de clase de gramática, sino de temperamentos. Veamos: Si un caribe de a pie, pisa accidentalmente una concha de plátano y se cae, luego de los sagrados improperios, relatará lo acontecido haciendo uso, casi exclusivamente, del pretérito perfecto simple: ¡Me caí! Si esto mismo le sucede a un españolito medio, casi con toda seguridad, relatará su accidente en pretérito perfecto compuesto: ¡Me he caído!

Me parece que, a veces, la forma de hablar denota mucho nuestra forma de pensar. Estos dos tiempos verbales tienen, gramaticalmente, usos distintos. El pretérito perfecto compuesto, (¡Me he caído!) se usa para referirse a una acción ya terminada, pero cuyas consecuencias existen aún en el presente. Con nuestro ejemplo, resulta que quien se cayó, aún le duele, lo tiene presente, fresco, aún le importa. Se le suele llamar también de una forma muy sugerente, digna de la serie Star Trek: antepresente. Por otra parte, el pretérito perfecto simple (¡Me caí!) se usa para referirse a una acción ya terminada y que no tiene vinculación con el presente. Lo que pasó, pasó.

Me resulta tentador imaginar que esto tenga relación con el temperamento. El Caribe, descuida mucho el pasado y casi no dedica energía a reflexionar sobre él. De hecho, lo considera como una pérdida de tiempo. Así, el pasado lo cuenta siempre lejano, aunque se esté refiriendo a lo acontecido hace cinco minutos. Incluso desde pequeños, cuando estamos aprendiendo a caminar y nos caemos, los mayores nos animan a que nos levantemos, a que no lloremos, que eso no duele, que ya pasó. De mayores lo mismo: Me quedé dormido esta mañana, llegué tarde al trabajo y el jefe me miró feo. ¡No pasa nada, pa’lante!. Esto podría resultar una excelente terapia psicológica, pero a su vez, una soga al cuello cuando se trata de cosas transcendentales, como la política y el amor. Por eso, es probable que también seamos poco propensos al rencor colectivo. No sé. Somos como desconfiados para lo cotidiano pero ingenuos para lo trascendental.

Por el contrario, el español medio, distingue en el hablar –creo que más por costumbre y de forma inconciente- la influencia del pasado en su presente. Y mantiene vivas aquellas cosas que le condicionan su actualidad. Algunas no las llegan a olvidar nunca, y reacciona ante ellas con reflejos condicionados.

Todo esto lo traigo a colación, ya que por estos días, hay una pregunta-lema colectiva que se hace en pretérito perfecto compuesto: ¿quién ha sido? Y hasta yo la digo así. La intuición de la respuesta tiene alarmas encendidas por toda Europa y le ha dado la vuelta política a un país, que se encontró con la infamia, en las vías del ferrocarril.