Arma de fabricación belga

Dejó caer el arma limpiamente ensamblada sobre el pañito rojo de la mesita de abedul. Lo hizo con el mismo gesto de manos-fuera, de aquellos veloces competidores de los concursos de cubos mágicos, muy populares en los años ochenta. Los responsables militares habían traído a este cabo primero, ganador del concurso local de ensamblaje de pistola, para que disertara sobre armamento, en la clase que tendría lugar esa tarde agobiante, en el cuartel del distrito, dentro del marco del programa piloto de instrucción pre-militar, que se impartía a los jóvenes de los dos últimos años de secundaria. Utilizado prematuramente el As del espectáculo, el cabo procedió a sucumbir ante una de las armas más letales, que los militares de todo el mundo emplean contra civiles indefensos: El caletre no interpretado.

El cabo, por “sugerencia” de su superior, memorizó la descripción del arma que figuraba en algún manual militar, sin por supuesto reparar en su compresión. Lo malo de la memorización en el adulto, es que deja al descubierto los fantasmas de la escuela, y el cabo no sería la excepción. Comenzó bien, aunque con un dejo melódico, al estilo de los niños-guía, que recitan historias de castillos coloniales. Ante todo buenas tardes. Hoy les vengo a hablar del arma de reglamento del loado ejército de la nación.

De un tirón agradeció la oportunidad que su teniente le había otorgado y manifestó su deseo artificial de que la charla fuera del agrado de la concurrencia. A pesar de su buena intención y de encomendarse a su honor, todo él se precipitó rápidamente hacia la inevitable aparición de la tartamudez de la memoria: Esta es un arma de fabricación belga… de fabricación belga… [sudor], muy.. de fabricación belga [globo ocular ligeramente elevado] … muy … 🙄 esta es una arma de fabricación belga muy versátil, con modalidades tiro a tiro y de repetición … [liberado].

Así se paseó por los insondables caminos del cargador, el seguro y los disparos por segundo, hasta que siguiendo el guión y cruzando los dedos, abrió el ciclo de preguntas. Un alumno avezado en cuestiones irónicas, se convirtió en el verdugo de la tarde, al soltarle sin aspaviento un Disculpe mi cabo, ¿me podría decir en que país las fabrican? :> Muy interesante su pregunta, respondió, usando la trillada muletilla de quien piensa sobre la marcha, para luego agregar. No estoy muy seguro, pero me imagino que en Estados Unidos. |-|

La Señora que Canta

Hacia el final de la Guerra Fría, la campaña mediática anticomunista se vio incrementada en occidente. No sé. A manera de estocada final, digamos. Proliferaban los documentales que sacaban a la luz las “verdades” del estilo de vida comunista, en las repúblicas soviéticas. Los aspectos más destacados en artículos, documentales y libros no estaban ya ralacionados con la amenaza nuclear, sino con lo mal que lo pasaban los rusos con la falta de libertad de expresión y las colas a las cuales eran sometidos. Sí, las eternas compañeras de los ciudadanos soviéticos: Una cola para comprar pan, arroz, calzado y ropa, tramitar ayudas, comprar el periódico y llamar por teléfono. ¡Con aquel frío! Pobrecitos, decía el comentarista, menos mal que en occidente no pasamos por eso.

Mientras vía aquéllo, no salía de mi asombro al comprobar que, a pesar de vivir en un país democrático, las colas eran tan comunes para mí, como lo eran para los humanos del imperio del mal. En mi Caribe natal, recuerdo haber hecho colas en los bancos de hasta tres horas para cobrar un cheque o hacer un depósito. Colas de adeudos para pagar el teléfono, el agua y la luz. He hecho colas ante los teléfonos públicos y los cajeros automáticos. Para comprar la carne en el supermercado y en las cajas para pagar. Colas de divertimento, en las taquillas del cine y hasta dentro de mismo para entrar a las salas. También colas madrugadoras para sacar el pasaporte, la cédula (carné) de identidad, o el permiso de conducir. Aunque sin duda, las más curiosas para mí, eran las colas fogosas frente a los moteles de carretera, los días de enamorados y secretarias, y las colas masoquistas frente a discotecas racistas y restaurantes de élite.

Salvo el frío, todo lo demás era igual. Bueno, realmente no. La diferencia era –no sé si todavía es- la libertad de expresión. Aunque no le importara a nadie lo que dijeras, ni fuese eso a cambiar en nada tu situación, podías expresar tu descontento, como catarsis. Por ejemplo, en la cola del banco, decir que el “servicio” era una mierda, que el cajero era una tortuga, o gritar cuando alguien se ha colaba.

Soportar una cola es un arte. Hay gente que sencillamente se resigna, resopla de hastío de vez en cuando, mantiene los brazos cruzados y asumen avances de treinta centímetros como victorias bélicas, que defienden cual si estuvieran sitiados. Vamos, como los rusos de los documentales. Existen otros que hablan y hablan. Cuentan su vida a desconocidos con la misma naturalidad de quien habla con la familia. Por esta vía me he enterado de anónimas preñeces precoces, operaciones de cálculos geológicos, infidelidades morbosas y hasta los tratamientos más efectivos para las hemorroides.

Pero hay una técnica que ha permanecido hasta ahora oculta en la Tierra Media: Cantar en voz alta. Técnica excéntrica, donde las haya, pero es justo decir, que nunca llegué a ver a su practicante estresada ni molesta. Hasta daba los buenos días a quien la atendía al final de la espera. Me topé con esta Señora muchas veces en muchas colas. Y salvo su costumbre colera, no podía intuirse en ella nada anormal. Cantaba de todo, poseía un gran repertorio. Todos los rusos la miraban con desconcierto y hasta se apartaban en previsión de un ataque repentino. Diría que preferían ver a un chino en la cola del banco, que a la Señora que Canta. Nunca la conocí, ni le di las gracias por hacerme más llevadera las colas eternas y ayudarme a reírme de mis desgracias. A modo de homenaje le dedico esta nota.

Catadora de Dedos

Le habló sin rodeos, como buen Escorpio, aunque haciendo esfuerzos por obviar el calor de agobio de la habitación. Le pidió que relajara la mano, para que ella pudiera guiarla con facilidad, y a pesar de sentirse vulnerable así lo hizo, pues no tenía opción. Primero le tomó el dedo índice, suavemente pero con firmeza, y lo humedeció una levedad a fin de facilitar el rastro. Luego, lo dirigió con pericia adonde hacía falta, ejerciendo una sutil presión durante el tiempo justo, hasta que obtuvo el resultado deseado. Finalmente, haciendo alarde de porrista urbana, barajó el resto de los dedos, uno a uno, hasta completar la mano, dejando escapar junto a un suspiro de calor, una sonrisa mecánica, mientras le acercaba una toallita húmeda para que se limpiara.

Esta escena ramplona – que parece haber sido extraída de una revista porno barata, de esas trajinadas y amarillentas, que yacen en las guanteras de los camioneros – esta escena decía, es tan real como cotidiana: La llevan a cabo mecánicamente, decenas de funcionarias públicas, que laboran tomando las huellas dactilares de los tramitantes de documentos de identidad: Las Catadoras de Dedos.

Personalmente me resulta una labor fastidiosa, equiparable a la que debe sentir un operario de una cadena de montaje. Me gusta pensar que este tipo de empleados, deben de ejercitar mucho su capacidad de fantasear, a fin de combatir el tedio extremo de sus responsabilidades. En el caso de la toma huellas, estoy seguro que alguna funcionaria, de la división de extranjería de Madrid, habrá ya comenzado a escribir un libro, titulado por ejemplo, “Dedos del Mundo”. Y es que en especial por esta área, pasan dedos de casi todas las nacionalidades.

Una catadora de dedos experta, podría identificar la nacionalidad o la raza de una persona con sólo verle las manos: Los chinos por ejemplo, tienen dedos pequeños y puyúos, al igual que cierta raza de negros impuros que poseen dedos de ET. Hay dedos de tubería industrial, como la de hombres y mujeres nórdicos, y dedos de cochinillo, regordetes y breves. Hay dedos perfectos, elegantes y firmes. O cruelmente mutilados por mala suerte o ajuste de cuentas de la mafia. Los hay también con uñas comidas, cuidadas o sucias. Y hasta algunas manos clandestinas, que poseen dedos de terodáctilo.

También podrían aventurarse como esotéricas aficionadas, harto más lucrativo que eso de escribir. Leyendo los dedos, podrían adivinar el pasado tortuoso o feliz del dedohabiente. Si labran la tierra o lavan los platos. Si están expuestas a las calderas de las cocinas o a los improperios de las oficinas. Y no me pueden negar que de entrada eso impresiona.

Carpinteros, albañiles, modelos, usureros, estudiantes, choferes y contables. Todas las profesiones se delatan en la forma, textura, deformaciones y cicatrices de los dedos de la mano. Sólo hay que mirar con detenimiento.