Pequeñas Tragedias Veraniegas VIII

Elena odia el verano. Sus axilas son un manantial amazónico por estas fechas y le obligan a irse de expedición cada media hora al aseo de señoras para cambiarse unas improvisadas compresas de papel de cocina superabsorbente. Trata de achicarse el sudor antes de inundarse de vergüenza.

Renunció a las camisetas de tirantes desde la pubertad y, mientras sus congéneres se exhiben graciosas ante el calor, Elena ha tenido siempre el aspecto estival de una novicia austriaca.

Ha probado sistemáticamente todas las marcas y colores de desodorantes anti transpirantes, llevando con disciplina científica las anotaciones de sus pruebas en una libretita de hojas cuadriculadas: Principio activo del producto, hora de aplicación, espectro de protección, temperatura ambiente, humedad relativa del aire, velocidad del viento. No dejó nada al azar. Incluso – más por curiosidad que por fe – comenzó a realizar sus propias combinaciones con remedios caseros que incluían el zumo de dos limones dejados al sereno, leche magnesia y aceite esencial de árbol de té.

Elena tiene en la resignación el sentimiento favorito para afrontar la timidez de sus glándulas sudoríparas, que en lugar de distribuirse a lo largo de su cuerpo, se empeñaron en el absurdo de esconderse todas juntas en un sitio en el que todo el mundo pudiera verlas.

¡Que vaina con los pobres!

Ser civilizado no consiste en reprimir los instintos animales que nos impulsan, por ejemplo, a partirle la cara a más de un patán de los que pululan por la vida. Consiste más bien en percatarse de las consecuencias que tendría el partirle la cara y no hacerlo. Lo que son las ganas, no te las reprime nadie.

De los distintos seres que sirven de catalizador para esos sentimientos, los del perfil ruin son los peores. Ayer por la tarde, uno de éstos, me llegó por detrás mientras esperaba en una cola para entrar a un parking, abollando el parachoques trasero de nuestro humilde vehículo. Leve, como ha puesto en su informe el perito, pero abolladura al fin.

El zafio conductor se bajó a la defensiva diciéndome que eso no era nada e invitándonos a dejarlo así y seguir por la vida. Empeoró su actitud, cuando le requerimos los datos de su seguro para hacer el parte del accidente. Me produjo consternación sobre todo, por no decir suprema Arrechera, lo que el pobre ser nos soltó, que en venezolano vendría a ser algo como: ¡Que vaina con los pobres! la gente rica no tenemos esos problemas ni nos preocupamos por estas tonterías.

Mi novia, que para estas cosas tiene mucha sangre fría y respuestas contundentes, mantuvo la calma mientras tomaba nota de los datos del seguro y el tipejo nos mostraba billetes en fajo, nos decía que hablaba siete idiomas, denigraba de las mujeres españolas, de un país de mierda y demás faltas de respeto con vocación desestabilizadora.

Yo por mi parte deseaba, por primera vez en mucho tiempo, estar en mi país para tomar ventaja de algo; por ejemplo, partirle la cara a tipos como éstos, con la impunidad que ofrecen las democracias demergentes. Pero esta mañana reflexioné y caí en cuenta de la estupidez de mi deseo, porque en mi país, como en casi todo el mundo civilizado (sic), ante una situación similar, la patanería de la opulencia chabacana sabría cómo salir ganando.

Así que reformulé mi deseo con lo típico: Las ganas de tener poderes mágicos para convertir a los energúmenos en merluzas.

Los anuncios del Kiosquero

De camino al trabajo paso por un puesto de periódicos atendido por un kiosquero parco y anguloso, que no suele dar los buenos días. Es un establecimiento normal de los muchos que complementan las esquinas de los suburbios de Madrid. Normal, a excepción de los avisos que el propietario publica con asiduidad como bandos de alcalde.

Lo que en otros casos sería un simple y respetuoso, cerrado por luto, se convierte para este peculiar hombre, en un Se informa a nuestra distinguida clientela que este establecimiento permanecerá cerrado el día hoy por la muerte de mi cuñado Manuel.

Las fiestas familiares también tienen cabida: Se comunica a todos los clientes, que el sábado este establecimiento cerrará a las doce en lugar de a las dos, porque mi nieta Isabelita hace la primera comunión. Perdonen las molestias.

Pero el mejor a la fecha ha sido el de esta mañana, cuando me acerco para comprar un diario deportivo en el que suelo seguir la carrera de los domingos y me topo con un Se le comunica a los clientes que, debido a la informalidad y falta de seriedad del diario El País con lo de las Tazas, aquí no tenemos platos.

Los no iniciados en la moda de los periódicos-bazar-de-barrio, el aviso aludía a una promoción con deficiente distribución en el que El País entregaba, a cambio de cupones, una tazas con caricaturas de Forges, y a otra nueva, que comenzaba hoy, en el que se vendía una vajilla pieza a pieza decoradas con formas de esculturas de Chillida.

Vamos, que a buen entendedor, pocas palabras.