El Ranking de Dolores

Existen algunas noticias comodín a las cuales las agencias y periódicos recurren en momentos del año escaso de temas de actualidad. Normalmente tiran de costumbres exóticas de otros países, curiosas, ligeras y sin mayor trascendencia, aunque otras no tanto.

Uno de los preferidos son los nombres “raros” que padres y madres de algunos países, principalmente latinoamericanos, suelen poner a sus hijos, a saber: Mara Dona, Madeinusa (Made in Usa), Guarisdá (What is that), Usnavy (US Navy). En muchos de estos países ya han surgido leyes para atajar lo que se considera un trato denigrante para la infancia.

Sin embargo, creo que este es un fenómeno que se ha repetido en el proceso de transformación de muchas sociedades. Para bien o para mal, los nombres que los padres ponen a sus hijos dicen mucho de las circunstancias por las que estaba atravesando una familia, un colectivo o un país en un momento dado.

Pongamos de ejemplo a España y un nombre, que si movemos el contexto pasa perfectamente por excéntrico. Imaginad la noticia leída en un diario de Quito del primer mundo: Los Españoles nombran a sus hijos con nombres raros: Uno de los más populares es Dolores.

Hoy puede que pasen por normales, pero póngase a pensar un momento en lo que se le ha pasado por la cabeza a alguien para nombrar a una niña preciosa y recién nacida con un nombre como Dolores. Cuando menos es poco afortunado. Imagino el razonamiento: Es para acordarme de lo doloroso que fue el parto. También podemos pensar en el nombre Soledad como otra excentricidad. Es que como soy madre soltera (o viuda) esta niña la pongo Soledad. ¿A que pudo pasar como atentatorio a la salud mental de los niños?

Lo cierto es que las sociedades cambian, y si van a mejor, este tipo de cosas se corrigen solas. Tiremos de las estadísticas (oficiales de INE) para analizarlo y basémonos en el nombre Dolores. También, vayamos recordando la situación social, económica y política de España a medida que pasaban los años.

Antes de la década de los treinta del siglo XX, Dolores ocupaba el cuatro puesto entre los nombres más populares de España y así se mantuvo durante los convulsos años treinta de dicho siglo. Tomando en cuenta el “ranking” de los 50 nombres más populares, ésta ha sido la evolución de Dolores: En los 40 bajó al 5to puesto, en los 50 al 14, en los 60 al 18, en los 70 al 50 y a partir de allí dejó de figurar entre los 50 más populares.

A medida que España se transformaba, también se refinaba el gusto de sus padres para nombrar a sus hijos, y desde mi punto de vista, como un reflejo de los nuevos tiempos. Incluso Dolores intentó su propia transición, atenuándose con un María Dolores durante buena parte de los años 60 y 70, llegando incluso a ocupar el tercer puesto.

La correlación es interesante y espero que antes de mi jubilación, pueda hacer algo parecido con los nombres de las nuevas generaciones de latinoamericanos, donde sus padres puedan contar con mejor formación para no ponerla a un hijo, Martirio, Severo, Silvestre o Secundino.

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Nota del Cartero: Ha sido sin intención de ofender, las personas no son su nombre.

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Es imposible sobornar a un inodoro.

Tal vez el mismo mecanismo que evita que podamos imaginar a nuestros padres haciendo el amor, es el que actúa a la hora de inhibir en nuestra mente el supuesto que nos hace a todos iguales: el que los demás también hacen caca.

Creo igualmente, que este mecanismo hace pensar a ciertas personas que tampoco hacen caca y que eso les da un halo de superioridad con respecto a los demás. Parece ser un elemento bastante incrustado en nuestro cerebro, porque, claro, si no estuviese activado, algunas formas de organización social no serían posibles, sobre todo aquellas basadas en el respeto o en el temor.

La señora que me dio la catequesis muchos años ha, era analfabeta pero podía hacer su trabajo porque se sabía todas las oraciones y el catecismo de memoria. Dentro de su mitología católica llegó un día a soltarnos que los curas no hacían pupú. A ninguno de los presentes en el salón se le ocurrió rebatir semejante afirmación, total, si hacíamos o no la primera comunión dependía de ella. Sin embargo, cuando intenté preguntarle a la hermana Julia, una monja ecuánime, me respondió que esas cosas no se preguntan. En ese momento pude ver en acción por primera vez la inhibición de la proyección defecatoria.

Existen otros estímulos que se ven igualmente protegidos de este factor. Por ejemplo, la percepción de la belleza, la sensualidad y el glamur o también la veneración, la admiración o el respeto y, en general, cualquier sistema de organización social jerárquica. Es difícil imaginar a Marilyn Monroe cagando y no me digan de algún venerable Papa en la disyuntiva de un apretón.

La mayoría de las personas evita poner de manifiesto cuando va a defecar y también poner en evidencia a los demás. Es un acuerdo tácito. Incluso en aquellos casos en los cuales es inevitable toparse con otros en la misma situación, como en los baños colectivos de los centros de trabajo donde la gente baja la mirada y no se saluda; mucho menos si se topan con los jefes, que tampoco se sienten muy cómodos mostrándose vulnerables.

Es curioso que dicho fenómeno no pase con hacer pipí, que tiene más aceptación social. Sin embargo, después de mucho reflexionar he llegado a concluir que, en contra de lo que mucha gente cree, no es la Ley ante la que todos somos iguales, sino ante el váter. Es imposible sobornar a un inodoro.

El tiempo es discontinuo.

Hará un mes he sido padre por primera vez. Sé que es una experiencia cotidiana en todo el mundo, sin embargo, creo que cada pareja la vive como extraordinaria. Así la hemos vivido mi Mujer y yo (y la niña), disfrutando de cada momento, mirándonos a la cara con el desconcierto de lo nuevo y preguntándonos en cada fase, ¿y ahora qué? En resumen, conscientes y felices.

Cada vez que nace un niño se inicia para los padres una época de descubrimientos y, como todos, yo he tenidos los míos. Uno de ellos (apartando claro está los más íntimos) es que el tiempo es discontinuo.

Hasta hace unos días, estaba convencido de la continuidad temporal. De que el tiempo era una línea recta, al menos, en lo que respecta a la realización de las actividades, desde las más simples y cotidianas hasta aquellas que requieren de un esfuerzo intelectual. En realidad, me refiero a la medición de tiempo empleado en realizar una actividad cualquiera.

Tomando como base la definición clásica “el tiempo es la magnitud física que mide la duración o separación de acontecimientos sujetos a cambio”. Si mi acontecimiento es, por ejemplo, comer, antes mi estado no cambiaba desde que me sentaba a la mesa hasta que terminaba con el postre o el té. Hoy día, sin embargo, durante el acontecimiento “comer”, pueden darse unos cuantos estados más regidos completamente por las necesidades de nuestra hija.

Así las cosas, he desarrollado algo así como una mejora en la configuración clásica masculina en la que somos incapaces de realizar dos cosas a la vez. En realidad, no es que haya mejorado hasta tal punto, sigo sin poder hacer más de una cosa a la vez como puede hacerlo una mujer, pero lo que si he desarrollado es la capacidad para saltar de una actividad a otra sin perder el hilo y retomando sin mucho esfuerzo las cosas en el punto en el cual las había dejado.

Me encanta, porque da la sensación de que puedo hacer varias cosas a la vez, o al menos engañarme con ello. Eso sí, la perfección no existe: aún me quedo mirando la taza girando en el micro-ondas cuando caliento la leche por las mañanas.

Ello.