Pequeñas Tragedias Veraniegas VIII

Elena odia el verano. Sus axilas son un manantial amazónico por estas fechas y le obligan a irse de expedición cada media hora al aseo de señoras para cambiarse unas improvisadas compresas de papel de cocina superabsorbente. Trata de achicarse el sudor antes de inundarse de vergüenza.

Renunció a las camisetas de tirantes desde la pubertad y, mientras sus congéneres se exhiben graciosas ante el calor, Elena ha tenido siempre el aspecto estival de una novicia austriaca.

Ha probado sistemáticamente todas las marcas y colores de desodorantes anti transpirantes, llevando con disciplina científica las anotaciones de sus pruebas en una libretita de hojas cuadriculadas: Principio activo del producto, hora de aplicación, espectro de protección, temperatura ambiente, humedad relativa del aire, velocidad del viento. No dejó nada al azar. Incluso – más por curiosidad que por fe – comenzó a realizar sus propias combinaciones con remedios caseros que incluían el zumo de dos limones dejados al sereno, leche magnesia y aceite esencial de árbol de té.

Elena tiene en la resignación el sentimiento favorito para afrontar la timidez de sus glándulas sudoríparas, que en lugar de distribuirse a lo largo de su cuerpo, se empeñaron en el absurdo de esconderse todas juntas en un sitio en el que todo el mundo pudiera verlas.

Pequeñas Tragedias Veraniegas VII

He pasado la noche en el aeropuerto. Desde ayer por la mañana, cuando me disponía a iniciar mis vacaciones, no ha despegado ni un solo avión. Esto es un caos. No hay Ley ni Dios. Esto parece un aeropuerto del tercer mundo, bueno, eso dice la señora de falda floreada que no ha parado de hablar y quejarse toda la noche, aunque tenga poca pinta de haber visitado algún aeropuerto del tercer mundo. No sé, me resultó una opinión muy a la ligera.

Todo comenzó sobre las cinco y treinta de la mañana, cuando los vendedores de periódicos de los kioscos distribuidos por las instalaciones, decidieron, en reivindicación de sus derechos laborales, que en ningún caso contemplan desembalar de los cartones, como cortesía a los clientes, las revistas que vienen con coleccionables, decidieron decía, invadir las pistas del aeropuerto, ante la atónita mirada de las autoridades.

Un rato más tarde, en medio del desconcierto, los embaladores de equipajes, en demanda de equipos automatizados que no les obligasen a agacharse para precintar los equipajes, se encaramaron en los aviones y pintaron de negro las ventanillas de las cabinas de los pilotos. Simultáneamente, los empleados que ordenan y reponen los carritos que los viajeros utilizan para acarrear el equipaje, pinchaban los neumáticos de los aeroplanos, en protesta porque se les obligase a empujar largar filas de carritos por el aeropuerto, sin contar con seguro a terceros y estando expuestos a demandas por parte de los pasajeros.

Los chicos y chicas del catering, que desde hace mucho tiempo están detrás de una indemnización por exposición a los vapores del queso azul que se sirve en primera clase, decidieron, como medida de presión, cambiar las etiquetas de los equipajes, con el consiguiente desmadre balístico (de balas quiero decir.)

Pero lo que más desasosiego me causó, fue la estocada final por parte de los mesoneros, en esta sucesión de protestas: Secuestraron los vasos, cubiertos y servilletas de todos los restaurantes; con la desagradable consecuencia de tener que beber el café con leche en las botellas usadas de agua mineral, comerse el arroz a mano desnuda y limpiarse la boca con la manga de la camisa: ¡Por Dios, como en el tercer mundo!


Nota del Cartero:

Fotografía tomada de www.pixalia.net, bajo licencia Creative Commons.

Pequeñas Tragedias Veraniegas VI

Me dijo que no me preocupara, que eso era sólo la primera impresión, que con el tiempo me haría a la idea, que él tenía un año pensándolo y que era lo mejor. “Es que necesito mi espacio, Chelo” me soltó, luego de engullir el desayuno que como devota a su santo le he preparado, no como obligación por favores recibidos, sino como un derecho adquirido y del que jamás recibí ni el milagro de las gracias. Me pidió el divorcio mientras se limpiaba la comisura de los labios, con naturalidad, como si comentara el partido de ayer.

Que habían sido treinta años de matrimonio, mucho trabajo y tres hijas, que quería vivir… y quién sabe – alegó con sonrisa de bucanero- “tal vez hasta encuentro el amor de mi vida.” O al menos fue lo que entendí, porque me lo dijo ya en el baño, mientras se lavaba los dientes y con esa sombra de duda que produce la espuma del dentífrico. Esa era una costumbre de su marca personal: cuando quería decir algo que podría revertirse en su contra, me lo decía lavándose los dientes, como una manera segura de poder negarlo después.

Yo… que quieres que te diga, ya las niñas se habían despertado y tenían que irse a la universidad. Estaban las camas por hacer, servirles el café y envolverles el bocadillo para media mañana. Que es que están en exámenes y a las pobres no les cunde el tiempo. Así que al pasar frente al frigorífico, cogí el papelito donde anoto las cosas de la compra y apunte: Respuesta para Agustín.

Porque eso es lo bueno que tiene hacer la compra, me da tiempo para buscar respuestas, pensar y pedirle consejo a los tomates.

Me dijo que no me preocupara, que por su parte quedaríamos como amigos, el se iba de casa a un pisito de soltero, pero que no era necesario romper la comunicación después de tantos años, que no valía la pena. Que él podía pasarse los fines de semana a traer la ropa sucia, ver a las niñas y llevarse comida para la semana y que al principio, mientras me acostumbraba y como un gesto de buena voluntad, podía pasarse a cenar todas las noches.

La Conchi me dijo que no le diera gusto a ese vejestorio, y que si quería experimentar la «libertad» que asumiera las consecuencias. Desde ese día dejé de cocinarle, lavarle, almidonarle las camisas, reponerle el papel higiénico y darle las friegas para el lumbago. Y si me hubiese olido antes esta puñalada, hubiese resucitado hace tiempo.

Para qué te voy a engañar. Los primeros días cuesta, pero cada vez que me acordaba de aquello de “encontrar el amor de su vida”, me sobreponía con mucha facilidad. El odio, a mis años, es como el gynseng.

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Nota del Cartero:

Fotografía tomada de www.pixalia.net, bajo licencia Creative Commons.