Me aburro

Por estos días llevo debajo del brazo y con evidente demora la autobiografía del Doctor Sacks; ese gran escritor prestado a la neurología. Con un estilo crudo, transparente y poco condescendiente —algo escaso en este tipo de género—, mantiene la tradición de salpicar, no sin polémica, sus páginas con algunos casos clínicos que se fue encontrando durante su vida.

Me he topado con uno que me ha resultado revelador con respecto a la naturaleza humana (maximalista que amanecimos) y que os resumo brevemente:

Durante uno de sus primero trabajos, en una clínica especializada en cefaleas,  vio a un paciente que sufría de migrañas todos los domingos. Como un reloj. Él era matemático, llevaba una vida normal, floreciente y creativa de lunes a miércoles, pero a partir de los jueves iba degenerando poco a poco hasta desembocar el domingo en una terrible migraña que afectaba demasiado su calidad de vida y la de su familia. El Doctor Sacks lo puso en tratamiento. Pasados unos días, le llamó para preguntarle qué tal le iba. El hombre le dijo que, en efecto, las migrañas habían remitido y no habían vuelto a aparecer, pero le estaba costando mucho lidiar con los efectos secundarios. Cuando el Doctor Sacks indaga sobre dichos efectos, el hombre se sincera y le dice sin rodeos: es que desde que no tengo migrañas, me aburro.

Somos una creación inmensa tu.

¡Dejad de tomar notas!

Hay gente que no sabe qué hacer con sus manos, especialmente cuando le toca hablar en público. Suelen llevarlas a los bolsillos, cruzarlas a la altura del pecho o arriesgarse a ejecutar esa peligrosa maniobra —que tan bien dominan los políticos— de enfatizar juntando los dedos de ambas manos en un solo movimiento. No es fácil, inténtelo.  Pasa algo similar en las reuniones de trabajo, pero en lugar de las manos, la gente no sabe qué hacer con la atención. Al parecer, está en desuso prestar atención en las reuniones mirando al interlocutor; resulta preferible pasar el rato tomando notas cual taquígrafo de lo que todo el mundo dice y piensa. No digo que tomar notas no sea una buena práctica, pero los antiguos reservaban semejante interrupción al acto de prestar atención sólo para poner por escrito algún breve comentario o recordatorio destacable y como apoyo a sus propias reflexiones.

Resulta conmovedor cómo hoy en día las mesas de las salas de reunión rebosan de portátiles (y móviles) de cuyas pantallas y teclados los asistentes no se despegan ni un minuto. Algunos dan la impresión de estar tomando notas, incluso cuando nadie habla, otros contestan correos, chatean, leen la prensa o atienden las redes sociales. Todo esto se ha convertido en la nueva norma de etiqueta de las reuniones, y así nos va. Al principio era un fenómeno que sólo se veía en las reuniones multitudinarias, esa inutilidad del management moderno; pero poco a poco ha penetrado hasta en las que se llevan a cabo en petit comité. Alguna vez han interpretado mi rebelde gesto de asistir sin portátil como una  excentricidad equiparable a ir desnudo.

Desconozco las razones por las que hemos llegado a esto (aunque las intuya), pero es el tipo de cosas que sólo cambian desde arriba. Los eventos laborales deberían comenzar a incluir la coletilla de la etiqueta, como aquellas cenas en las que se exige traje formal. Cuando aparezca la primera reunión que indique la coletilla de asistir sin portátil y apagar los móviles, tal vez las reuniones serán más efectivas y sobre todo, sobre todo, sobre todo; duren menos, que viene a ser más o menos lo mismo.

Notas relacionadas:
The excel mindset

El futuro no nos necesita

En términos burdos se suele culpar a la inmigración del abaratamiento de los salarios de las clases trabajadoras nacionales, especialmente de la mano de obra no calificada (todo un eufemismo). También es una creencia típica aquella que asegura que otros vienen de fuera a quitarle puestos de trabajo a nuestros hijos. Tiene lógica, ¿verdad?

Si usted piensa que la inmigración produce este y otros efectos y encuentra a otras personas que piensen igual y a un político con arrastre que refuerce el argumento, no hay nada que pueda hacerle pensar que no tiene la razón. El problema es que cuando uno no da espacio a la duda y está convencido de que tiene la razón puede que termine desarrollando una incapacidad crónica para darse cuenta de cuando no la tiene. El síntoma definitivo, el que indica que se ha he llagado al llegadero, es cuando se adquiere la habilidad de tratar con desdén al prójimo sin inmutarse; cuando se siente la gracia del don de la infalibilidad argumental. Es un fenómeno observable entre hermanos, amigos, parejas, en el cole, el trabajo, en países y también entre éstos. Pero el gran riesgo de esta actitud, es obviar el origen real de los problemas o de impedir prever los cambios que vienen, porque lo que termina importando es demostrar que se tiene la razón aunque esto implique aplicar soluciones simplistas a problemas complejos.

Recuerdo que cuando me ofrecieron mi primer trabajo en el exterior condicionaron mi permiso para ejercer a que no hubiese un desempleado nacional que pudiera realizar la misma función y quisiera hacerla. Una obligación legal que me pareció justa. Una protección basada en la premisa de la que hablamos más arriba con la intención de proteger el empleo interno. Pero, ¿cuántos países de Occidente mantienen alguna legislación similar para evitar que un robot industrial o una automatización por software le robe puestos de trabajo a nuestros hijos?

Durante los últimos cuarenta años los robots industriales y de servicios (software) han quitado a los nacionales muchos más puestos de trabajo que la inmigración, incluyendo la ilegal, y esto va a acelerarse en los próximos años. No propongo poner puertas al progreso, ni evitar que la producción sea más eficiente, pero para que la economía funcione se necesita que el flujo circular de la renta de los humanos no se desequilibre, y el desempleo es un factor que lo hace. Es un problema complejo, que incluye repensar el sistema educativo, el modelo productivo y diseñar las estrategias para un inevitable mundo globalizado, entre otras cosas, pero también pensar en otros factores, como poner algún tipo de límite que impida que si hay una labor que pueda hacer un nacional de forma eficiente o cuasi eficiente, no «venga una automatización de fuera a quitar puestos de trabajo». Que existan ratios que limiten la sustitución de humanos por máquinas, que haya sectores protegidos, que no existan sustituciones banales o que los patronos «coticen» por las máquinas.

El grandísimo BIll Joy ya exponía la dimensión ética del avance tecnológico en su conocido artículo Why the future doesn’t need usY en estos diecisiete años desde su publicación siento que el nivel de avance al cuál se refería está alcanzando proporciones cercanas al gran salto necesario para que nos empecemos a preocupar. Así que la próxima vez que un político levante el dedo para buscar a un culpable que le de votos, haga un esfuerzo y dude, que puede que el futuro no nos necesite.