Los abuelos de García Márquez querían evitar a toda costa, que su hija se casara con un insistente pretendiente, que a la postre sería el padre del Gabo. Para lograrlo salieron en peregrinación con la chica por varios pueblos, con la intención de favorecer el olvido, confiados en que era un capricho pasajero. Pero omitieron el factor tecnológico en su estrategia: El pretendiente en cuestión era el telegrafista del pueblo, y éste se aprovechó de la red, y la complicidad de los operadores de los distintos nodos, para seguirle la pista a la chica y mantenerse en comunicación.
Desde niño he visto fracasar a padres en la azarosa tarea de ahuyentar a un pretendiente inconveniente. Me refiero a esos amores emperrados que se hacen más grandes en las adversidades y que, a juicio de los padres, puede desgraciar la vida de sus hijos.
El método por excelencia era procurar el alejamiento de las partes, simular la asencia mutua, casi siempre recurriendo a una desconocida tía lejana. El método solía funcionar en apariencia y las cosas como que cogían su cauce, con más o menos fortuna, dependiendo del tiempo efectivo de alejamiento y de la imaginación de los enamorados, pero generalmente era un fracaso, uno de uso recurrente. Acúsome de estar trarando un tema-agua-tibia, pero es que ya casi no se habla de ellos, y es una pena.
El punto crítico de la estrategia era solucionar un problema simulando su ausencia. Y creo que este tipo de estrategia fracasa por una consecuencia muy peligrosa: potencia la imaginación. En el caso de nuestro ejemplo es la añoranza, que para efectos prácticos utiliza la imaginación intensa de los enamorados para corregir la diferencia con la realidad que no les gusta, y hace aumentar el sentimiento de enamoramiento. Me da la impresión que para algunas cosas, la imaginación es mas fuerte que la realidad, nos impacta más y puede llegar a tener mayor influencia, positiva o negativamente, sobre nuestros sentimientos. Nos permite pasar a la acción o nos inmoviliza del todo.
Como neófito sentimental, me arriesgo a soltar que no existe ningún sentimiento que no surja de la imaginación, con lo cual, el simular o forzar la ausencia de un problema, una persona, un peligro o un sentimiento en si mismo, solo consigue potenciarlo a través de la imaginación, y si lo que queremos “ausenciar” es algo que nos desagrada o amenaza, mal la llevamos. No me refiero al concepto de prohibición, que es una ausencia real (que hace que actuemos movidos por otras fuerzas), sino a eso de hacernos los locos, hacer como que las cosas no existen, eso es un esfuerzo tan enorme como inútil. Ese es el fracaso recurrente al cual me refiero. Topo con él en casi todos los campos, pero principalmente en el empresarial y en el educativo.
El problema es que aprender esto se convierte en un ejemplo clásico de conocimiento inútil, dado que es muy fácil caer en la tentación de simular la ausencia y muy difícil controlar la imaginación.