La gran decepción

Usted sabe que yo he mandado veinte años y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos: 1) La América es ingobernable para nosotros. 2) El que sirve a una revolución ara en el mar. 3) La única cosa que se puede hacer en América es emigrar. 4) Este pais [La Gran Colombia] caerá infaliblemente en manos de una multitud desenfrenada, para pasar después a tiranuelos casi imperceptibles, de todos los colores y razas. 5) Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos. 6) Si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último periodo de la América.

Simón Bolívar a Juan José Flores, un nueve de noviembre de 1830.

Me he topado – en la acepción más purista de la palabra – con esta crudeza premonitoria ya tres veces en una semana. Y por más que me he resistido, no me queda otra que publicarla, por más republicada que ya esté. Espero entonces sepan dispensarme.

El cura pediátrico

El primer indicio de que algo no iba bien, fue la generalizada tos gutural que rompió el respetuoso silencio de la homilía. Me refiero a esa tos a dos tiempos, con cabeza inclinada y que se vale de la mano, levemente empuñada, como caja de resonancia. Esa usada universalmente para advertir la imprudencia, el roce del límite.

Pero ese sólo era el principio. El cura invitó a los niños a subir al altar, y a sentarse en torno de la pila bautismal, que el evangelio del día iba del bautismo, la misa era la de los niños y pues se los explicaría de forma cercana. Era un joven cura extranjero, probablemente polaco, que hablaba un castellano correcto en gramática pero tan negado a la pronunciación, que sólo era comparable a la de los niños, cuando intentan leer las arcanas palabras de emanan de la Biblia. Tal vez por eso le entendían perfectamente.

El ambiente se fue caldeando poco a poco. Primero hacía preguntas a los niños – ante la mirada aterrada de las viejitas del asilo – sobre la teoría del bautismo. Les contó que bautizar era una palabra de origen griego que significaba sumergir y porqué se hacía con agua. Pero luego pasó a la acción. Se dispuso a representar, en plena misa, el bautismo: Escogió a un niño que hiciera de papá, otra de mamá, a los padrinos, sacó al niño Jesús tamaño natural del pesebre y hasta encontró voluntarios, para hacer de los ángeles modernos que revolotean sobre cualquier oficio religioso: Los fotógrafos.

Aquello tocó el límite. Los niños no lo notaron, porque estaban absortos en la lección pedagógica, pero de las columnas de la iglesia comenzaron a brotar hilos de sangre, al mejor estilo de las películas de terror clase B. Algunos fieles abandonaron el salón con el paso veloz de la indignación, y la atmósfera del templo se tiñó de un humo escarlata. Vamos, los signos típicos de la herejía.

¡Que vaina! Fue lo único que alcancé a pensar. Por una vez que me topo con un cura pediátrico, que explica a los niños con la sencillez necesaria para que le entiendan los adultos, y éstos van y se ofenden. A veces creo que la razón por la cual la Iglesia Católica es tan reacia a modernizarse, no hay que buscarla sólo en los pastores, sino también en las ovejas (para utilizar un lenguaje afín 😉 ) Pero aún así, yo que ellos, y a pesar del seguro temor de peder financiación, me arriesgaría a pastorear con otros métodos.

¡Pero con la buena prensa que esto les daría! Porque últimamente, cuando las palabras niño y cura aparecen juntas en la prensa – que lamentable – no es para resaltar el trabajo de curas como este, o el muchos misioneros anónimos que ayudan a capear el temporal eterno de la pobreza, a millones de niños del tercero y cuarto mundo…

Utopía representativa.

A veces, siento que una de las cosas por las cuales el Caribe vive una crisis político-social eterna, es porque ha adoptado mecanismos de representación política, que no se ajustan a nuestra cultura. Creo que nos hemos dedicado a copiar la logística de la representación, pero sin tomar en cuenta nuestra idiosincrasia. Con lo cual, no hay representación ninguna. Sólo una ristra de vividores, que se han dedicado a adular al “líder” de turno, para a su sombra ser «elegidos» al parlamento y ser llamados doctol. (¡Uy! Perdón por el apasionamiento.)

En la mayoría de nuestros países, los partidos políticos ofrecen listas cerradas de candidatos, para que los electores que se animen, les voten la lista. Los partidos no tienen programas, ni ya defienden aproximaciones distintas de hacer gobierno, ni ideologías para acceder al poder. En fin, no están hechos para representar a nadie. Nuestro poder favorito es el ejecutivo y los demás no importan.

Probablemente, sería más coherente con nuestro temperamento, la constitución de partidos políticos que representen intereses de colectivos muy definidos y prohibir los generalistas. Tal vez así nuestras sociedades estarían mejor representadas en política. Por ejemplo: que los jóvenes tengan un partido, así como los jubilados. Que se forme el partido de los Ingenieros y el de los médicos. El de los bebedores de aguardiente, el de las madres solteras trabajadoras, el de los músicos y los artísticas, el de los brujos y curanderos, el de los desempleados, el de los divorciados, el de los maestros, y así una lista más que de afectos, de afectados.

Además, se podría aderezar el asunto, otorgando un voto dual a cada elector. Quiero decir, cada ciudadano podrá votar a favor de un partido y en contra de otro. Lo cual creo, también ayudaría a aliviar el tormento mental que el caribeño experimenta ante el terror de “perder su voto.”

Obviamente, todo esto es una utopía en forma. Un qué pasaría sí… una nota de frío sábado por la noche.