
El año pasado se editaron en España, sesenta y cuatro mil quinientos cincuenta y seis libros. Sin tomar en cuenta las reimpresiones. En total se imprimieron más de doscientos treinta y ocho millones de ejemplares. El sector en el cual se ha generado mayor cantidad de nuevos títulos, es el de “Literatura, historia y crítica literaria.”, con el treinta por ciento del total.
Siempre comienzo a leer los libros en las propias librerías. A veces en varias visitas. Y hasta que no me convenzo del todo, no termino comprándolo. No es una costumbre excéntrica, en lo absoluto. Es una vulgar consecuencia de la escasez de la infancia, que me obligaba a afinar las compras de casi cualquier cosa. En la pobreza, errar en una compra es un lujo muy caro.
Por eso, a mí me sorprende que haya lectores para tantos libros. O, tantos escritores para tan relativamente pocos lectores. Bueno, a decir verdad, esto último no me sorprende tanto. Realmente se escribe sobre casi cualquier cosa y la tirada media por título tiende a ser baja. Cerca de tres mil ejemplares. Además, sólo basta echar un vistazo a las librerías para darse cuenta por qué se abultan tanto las cifras:
Hay biografías sobre jóvenes futbolistas, y sobre casi cualquier actor o cantante medianamente famoso. Libros de fotos de películas y tratados sobre cocina celta. Abundan también los títulos que comienza por un “Cómo” o un “Qué”. A mí me entretiene pasarme por esa sección, aunque casi siempre la capacidad creativa del escritor se esfuma después del título. Veamos algunos de estos libros, sin menospreciar su contendio, claro está. Que por no haberlos leído, no puedo opinar. El directo: Cómo dejar de hacerse pajas mentales y disfrutar de la vida. El estratégico: Cómo defenderse de los ataques verbales. El sofisticado: Metrosexual: guía de estilo. Y el excelso: Manual de ejercicios tántricos pleyadianos.
Yo no me meto, porque hay gustos para todos. Mi única preocupación es ecológica. Porque detrás de cada libro está el sacrificio de varios árboles. Y si yo fuese árbol, a juzgar por algunos libros, me sentiría indignado de morir en balde. Además, sacando mis cuentas, que para eso soy malo, llego a la triste conclusión de que aunque hay mucha gente que ya tiene un hijo, son muchos más los que escriben libros que los que plantan árboles. Vaya déficit.





