Primera vez

En el álbum familiar hay una foto de este servidor, con unos tres años, ataviado de domingo y sonriendo desde el interior de un carrito de pedales anaranjado, de esos descapotables, que ya no se ven. Al parecer, mi fascinación por los carros forma parte del anecdotario familiar. En cualquier lugar mi imaginación podía perfilar un volante, improvisar una palanca y rugir a la perfección los acelerones y cambios de marchas.

Lo bueno de los sueños infantiles es que por más que el tiempo pase, permanecen evocables con suficiente intensidad como para sacarte una sonrisa.

Bueno, el viernes pasado se ha hecho realidad uno de esos sueños infantiles, forjado con fuerza en las rodillas de mi padre, en esas fantásticas ocasiones en las cuales me dejaba “llevar” el volante de su Nissan Patrol. Hace mucho que llego a los pedales, pero muy poco desde que alcanzo los precios de los vehículos. Concretamente, alcancé uno el viernes, que aunque modesto, espero repercuta en el mejoramiento de mi calidad de vida y la de los míos.

Se que es una tontería, pero comprendan. Es mi primera vez.

Tengo poco cuello

Tengo poco cuello. Es de familia. Por ello, debo cuidarme de dos cosas: i) no usar nunca una pluma Mont Blanc y ii) no llegar a los cuarenta años trabajando en lo mismo que hago hoy, porque en mi profesión estoy obligado a usar corbata.

Si sobreviviera a mi profesión, llegaría a sus postrimerías como un señor regordete y patético, acanado y de cara colorada perpetua; de esa que se te queda cuando acabas de comerte un cocido. Y apara colmo, con corbata.

Creo que estaría tan triste… vamos, no me imagino. Sería como estar viviendo una vida alquilada que no sería la mía. Me lo pasaría leyendo libros de autoayuda y las narraciones apasteladas de Pablo Coello (perdón Palas) con la finalidad de gestionarme la existencia.

Hay profesiones en las que los años te renuevan, pero en esto de ser podólogo, el paisaje es desolador. Como los informáticos, tenemos la vida profesional de un futbolista.(1)

Nota del Cartero

El símil no es mío, se lo debo a mi Novia.

La cultura de la pizarra

Es posible que el grado de innovación de la industria de un país dependa de la pizarra (también llamado pizarrón). Me refiero a ese objeto voluminoso utilizado en la escuela para facilitar la visualización de temas, conceptos, dibujos, esquemas, fórmulas y desarrollo de soluciones.

La pizarra es el primer medio de aprendizaje interactivo, aunque mucha gente adulto-contemporánea no recuerde con agrado sus «pasos a la pizarra». Es que los maestros de antes tenían poco tacto, y en lugar de llamarlo a uno por su nickmame lo hacían por el apellido. Así, cuando te pedían conjugar algún verbo o resolver una ecuación ante tus compañeros, la sensación de estar en el paredón no se te quitaba.

Cuando se utiliza para análisis y solución de problemas es genial. Te permite una amplitud de miras proporcional a su tamaño. Te permite exponer, solo o en compañía, las distintas alternativas y ver asomar todos los factores que puedan afectar el tema tratado o, al menos, propiciar esa visualización.

A la hora de crear, analizar y solucionar, el tamaño importa. Sobre todo cuando se hace en equipo. Frente a una pizarra todo el mundo puede ayudar, cómodamente, a configurar un mapa colectivo de entendimiento de la solución. La pizarra facilita tachar, agregar, reestructurar, resaltar, comparar y hasta desahogar (se le puede dar puñetazos enfatizantes). Pero antes que nada, permite pensar de pie, que aunque parezca irrelevante, me gusta más, pues permite hacerlo con todo el cuerpo. Quiero decir, facilita que el lenguaje no verbal intervenga más abiertamente en la comunicación con uno mismo y con el equipo.

Lo curioso es el desprestigio progresivo que la pizarra arrastra una vez que sale del ámbito educativo. Al menos en España. He conocido muchas y variadas organizaciones en mi vida profesional, principalmente en el ámbito tecnológico, donde la creatividad y el pensamiento en equipo es básico; y en ninguna de ellas he visto una pizarra. He estado en salas de reuniones provistas de la más avanzada tecnología en proyectores, video conferencia, conexiones de red, pero lo más cercano a la pizarra que he encontrado, es ese atril donde se cuelgan unas tristes láminas de papel. Cada vez que me toca escribir en ellas, me corto, para mi es pensamiento antiecológico.

Siempre que leo reportajes sobre las empresas que inventan lo que nosotros compramos, me topo con alguna pizarra de fondo en las fotos que lo acompañan. Inquietante cuando menos, ¿no?

Aquí, cuando llega la hora de pensar, de exponer, la gente apela por un diminuto folio en A4 donde constriñe sus ideas. Y así nos va. Cómo vamos a dar con grandes productos y soluciones con tan corta amplitud de miras.