Huye, que algo queda.

foot-538324_1280Resulta irónico que dos de los grandes negocios actuales del entretenimiento, el cine y las carreras de coches, provengan del último recurso que le queda a los humanos para enfrentar sus vicisitudes: La huida.

Bueno, normalmente es el primer recurso, pero así queda más redonda la frase. Los otros dos, lo de luchar y hacerse el muerto, requiere de una elaboración intelectual que normalmente se descarta porque requiere más energía y pone en peligro el fin último de la reproducción.

Sucintamente: Las carreras de coches comenzaron por la necesidad que tenían los traficantes de licor de contar con potentes coches y arriesgados pilotos para huir de la policía en tiempos de la rocambolesca ley seca estadounidense. Cuando no estaban huyendo, competían entre ellos para soltar adrenalina y fardar hasta que alguien vio el negocio. Por otro lado, el cine, como todo el mundo sabe, no está en Hollywood por casualidad, sino por la huida que emprendieron los productores de cine de New York al lejano oeste, para no tener que enfrentarse a un pesado Tomas Edison, que no se conformaba con el monopolio de la bombilla y les planteó una guerra de patentes. No podían filmar ni un triste velorio sin pagar royalties. Vamos, que hasta los hermanos Lumière tuvieron que volverse a Francia.

Ello.

 

¡Vigorisaos!

FullSizeRender-2En tono bajito y resignado, algunas voces se quejan del abandono de las humanidades en la reforma del sistema educativo. Especialmente del relego de la Filosofía y su sempiterna asociación al aburrimiento y a la inutilidad. El Legislador, ese ente abstracto al que se refieren los juristas, asoma sus razones, normalmente relacionadas con las exigencias de la competitividad internacional y la prevalencia de la técnica, pero estoy seguro de que si los profesores de Filosofía convocasen una manifestación de estudiantes en defensa de ésta, tendrían que hacerlo a través de algún Pokémon-filósofo al que haya que cazar para que alguien asista.

Los físicos, por ejemplo, lo han visto venir y han reaccionado. Se han vuelto sexys y hacen por su materia, queridos profesores de filosófía, más divulgación que vosotros por las vuestras. Y eso también aplica a los Filósofos a los que les da miedo dejarse llamar tales, no vaya a ser que repercuta en su prestigio. Si hoy pides a un chico que nombre a un científico moderno, seguro que al menos se acordará de Stephen Hawking, el señor de la voz metálica que habla con una ceja, pero de ningún Filósofo. Incluso si no atina, hablará de un tal Zuckerberg o de un difunto Jobs, pero, lo reitero, de ningún Filósofo y mucho menos de lo que éstos piensan.

No os pido que os volváis tiuteros creadores de tendencias, tengáis facebook o vayáis de colegas de los discentes. Simplemente que proyectéis el vigor por el estudio de las humanidades, no para competir con nadie, sino para cambiar el mundo. Altura de miras. No hace falta ni que os montéis presentaciones en PowerPoint, ni que intentéis imitar a un apasionado John Keating en el Club de los poetas muertos. No es necesario. Sólo os pido que contéis de una manera más práctica y accesible una de las más fascinantes asignaturas a la que un joven estudiante se puede exponer.

Cuando Jorge Luis Borges daba una conferencia, sólo había como soporte una silla y un micrófono y los recintos se llenaban de jóvenes. El trabajo principal estaba en su inmensa capacidad de seducir sin claudicar. Como muchos de los pensadores que aparecían en el libro de la foto, que leí de un tirón cuando tenía unos dieciocho años. La selección de Sorman no era toda de mi agrado, pero era interesante, porque daba una perspectiva del mundo en el que había vivido y que al mismo tiempo estaba desapareciendo. Poder leerlo a gusto no fue por alguna predisposición genética de empollón perdido, sino porque tuve la suerte de tener un excelente profesor de filosofía que se creía lo que contaba y no se sentía especial por ello. Porque de eso va, de enseñar un lenguaje con el que analizar lo que los Filósofos piensan y compararlo con lo que nosotros pensamos.

Si las humanidades no se fortalecen en nuestro sistema educativo… querido Futuro: miserere nobis.

 

 

Cariño: ¡Esa muchacha no es mía, te lo juro!

imageHay hombres a los que les aparece un muchacho tardío al que no conocían y mucho menos esperaban. Las madres de los mismos prefirieron en su momento cargar con todo el peso de la crianza antes que atarse, hijo a través, a un espécimen que valía para poco más que una temporada pasional. Vamos, la maternidad responsable de toda la vida.

Antes, estas situaciones se «escondían» dentro de la privacidad de la familia. Por ejemplo, cuando el chico dejaba preñada a una vecina y a la chica se le mandaba de viaje a gestar con una tía remota. Lo habitual era ( y es ) que la mujer llevara todo el estigma y el chico hiciera su vida como si nada. Así, cuando el hijo ya crecidito comenzaba a hacer preguntas, se le respondía con alguna media verdad y listo. Incluso, existían mujeres que por presión familiar no podían tratar como tales a sus propios hijos, como le pasó a Maria Montessori y su eterno sobrino Mario.

Esto no sólo sucedía con procreaciones de juventud, sino también en las maduras. Mucho niño se ha criado en el núcleo familiar sin ser hijo se ambos progenitores.

Pero con las nuevas tecnologías y el desvanecimiento de la privacidad se han trastocado los procedimientos tradicionales y, lo peor, comienzan a cocinarse por estas fechas peligrosos futuros malos-entendidos. Os pongo un potencial ejemplo: en estas vacaciones, mientras jugábamos con nuestras niñas en la playa, otra niña de poco más de un año se acercó a coger una de nuestras palitas, algo habitual en esa edad y que si no se corrige a tiempo deviene en que de mayores se decanten por la política.

La madre de la niña, una completa desconocida y que además era incapaz de ver a la criatura directamente, sino a través de la pantalla del móvil pues no paraba de hacerle fotos, pidió a su hija que devolviera la palita. En ese momento mis hijas y mi Mujer se habían ido al agua. Y allí estaba yo, solo en medio de un castillo de arena, extendiendo cariñosamente la mano para recibir una palita de manos de una niña que me devolvía la sonrisa mientras su madre inmortalizaba en momento sin mi permiso.

Las probabilidades de que esa foto llegue a las redes sociales es altísima y si se da la casualidad de que esa niña coseche cierta fama farandulera  en el futuro, no faltará la revista del corazón que titule, en alguna edición de verano y para romper la monotonia del calor, que fulanita halla a su verdadero padre… y a un servidor le terminen pidiendo una prueba de paternidad con el consabido despelleje mediático cuando, en nombre del honor, me niegue en redondo.

Susto.