Efemérides

Tal día como hoy es una de esas frases que siempre me ha sonado a castellano antiguo, muy de las que se pueden encontrar en El Quijote. Suele aparecer en las notas de la sección de sociedad de los periódicos y en los discurso conmemorativos de casi cualquier cosa que merezca ser conmemorada. Así que me hacía ilusión ponerla en una nota, y hoy le viene muy bien al tema.

Tal día como hoy, remití a un grupo de amigos un correo electrónico invitándoles a visitar Cartas Jeroglíficas. Para ser honestos, fue un método bastante ineficiente. Creo que de aquellas quince personas, quedan muy pocos lectores supervivientes, pero con el tiempo ha aparecido gente (ustedes), a quien no podría identificar si me cruzo con ellos por la calle, pero que se han convertido en lectores y contribuyentes habituales, y a los que agradezco su benevolencia. Especialmente a aquellos muy habituales, con los cuales suele ser muy entretenido conversar, aunque asincrónicamente.

Escribo para nosotros y creo que así se entiende. Según las estadísticas del hosting, somos una muy reducida audiencia. Aparte de los robots, no llegamos a los diez visitantes diarios, pero creo que es suficiente. Aunque viéndolo bien, la mala costumbre de leerme a mi mismo de vez en cuando, como quien mira fotos viejas, puede estar contribuyendo a alterar los totales.

Personalmente los objetivos de Cartas Jeroglíficas se están cumpliendo y realmente disfruto al escribir, preparar las notas, pasar días con ellas en la cabeza y luego soltarlas. Tal vez este género, el de las notas -sobre todo las no temáticas– sea un poco ingrato a corto plazo: Es lo más parecido a un cigarrillo que se fuma y se olvida, pero al menos sirve para equilibrar y desarrollar el sentido de la vista.

Entiendo que al publicar por Internet, mi querido lector suele ser también mi querido escribidor. Es como un club donde se comparten intereses y de hecho, creo tener muy pocos lectores que no tengan también un sitio de bitácora, que también leo y así pues, nos contaminamos mutuamente.

Hace tiempo leí que la vida media de un sitio como este era de catorce días, después de los cuales la gente perdía la ilusión, dejaba de mantenerlo y moría. Así las cosas, llevar un año es bueno, al menos estadísticamente hablando.

Ojalá nos sigamos divirtiendo un año más. De momento, seguiré con la costumbre de pagar el hosting tres meses por adelantado, para así tener el contra-estímulo del vil dinero.

Una vez más, gracias por pasar por aquí.

Vía crucis normal.

En los laterales de casi todas las iglesias católicas –aunque creo que casi todos los templos de inspiración cristiana- se pueden encontrar unas imágenes que hacen referencia a las estaciones del vía crucis. Son catorce y recuerdan aspectos determinados de lo que, según la tradición, fue el último camino de Jesús. En la imagen que acompaña esta nota (que ya veo que llevo una redacción en onda retro) se pueden distinguir de derecha a izquierda las correspondientes a la segunda y tercera estación. Esta instantánea (decían los reporteros de antaño) fue tomada clandestinamente por este pecador el verano pasado, en un templo de la costa venezolana. Lo curioso de esta toma, es la irónica subestación que ha puesto el señor párroco en medio de ambas imágenes, y que claramente advierten sobre otro padecimiento que ya no tiene temor de Dios: La delincuencia.

Tomando como ejemplo el país sede del templo en cuestión, la catastrófica cifra de cien muertes violentas por semana, ha pasado a considerarse normal. Así, he podido leer en algunos foros, donde turistas europeos preguntan sobre la inseguridad en el país -tanteando una visita barata- respuestas asombrosamente patrióticas como: si, claro que hay, pero como en cualquier país del mundo.

La inseguridad es una epidemia. No existe casi ningún habitante, (incluyendo a los delincuentes) que no haya sido víctima o testigo de una acto terrorista. (la mejor descripción para las actuales iniciativas criminales) Por otro lado, los reportes oficiales, se han convertido en planillas con espacios en blanco, que los portavoces policiales repiten cada lunes por la mañana, con las mismas palabras, sólo variando las cifras.

En casi toda Latinoamérica, la aproximación de los gobiernos establece una relación directa entre la delincuencia y la pobreza (económica). Y en mi humilde opinión, pensar así, sin cuestionar la afirmación, es una claudicación intelectual colectiva. Si así fuese, el setenta por ciento de la población sería delincuente.

Salir de la pobreza, puede llevar años, y mitigarla no garantiza menores índices de delincuencia. El comportamiento honesto y cívico es visto ahora como un lastre y en algunos extremos, la delincuencia ha ascendido a regla de convivencia. En todo caso, me parece que es más eficiente luchar contra la pobreza, haciéndolo integralmente contra la delincuencia, que al revés. ¿Saben vaina que emputa la vida? Que te roben todo el sueldo subiendo el cerro, o en un secuestro exprés de la buseta camino de tu casa, después de romperte el lomo honestamente durante quince días.

Las sociedades-victima donde la delincuencia pasa a formar parte de su normalidad, se darán gobiernos que también lo considerarán normal. Que no se adjudicarán responsabilidad alguna y se presentarán ante los ciudadanos más como co-víctimas que como responsables. La pobreza y la seguridad son, en mi criterio, perfectamente compatibles. No así ésta y la resignación social, que exime a sus gobiernos; el desorden administrativo, que no castiga; la catástrofe educativa, que le pierde la pista al desertor adolescente y el sistema de salud que en algún momento del camino, se olvidó de la importancia del Lactovisoy.

Fume tranquila.

Ante Dios ella tenía coartada, pero no ante el camarero de esta mañana soporosa, que se reveló como un espía celestial y le sirvió el café con un dejo de compasión: Fume tranquila hermana, que no he visto a ninguna de las suyas por aquí. Y es que, como se sabe, hay pocas cosas tan difíciles para una monja, como fumar de incógnito, por más que haya dejado el velo en reposo y opte por una falda.

Las monjas fuman; y mucho. A dosis acorde con su contextura, las gordas fuman más, y en medio de un ahogo de ansiedad, martillan en el cenicero la colilla agonizante del primer cigarro, en lugar de utilizarlo para encender el segundo, sólo por experimentar el placer-ritual de oír el yesquero al parir el fuego. Como todo lo prohibido se hace en exclusiva, sólo les queda el recurso de clavar la vista en los dulces expuestos en el mostrador, para mantener el anonimato de la culpa.

Aunque parezca profano, se me antoja pensar que muchas lo hacen -eso de salir disfrazadas (sin hábito) a la calle- para ver si, como les está ocurriendo últimamente, dejan de ser invisibles. Ellas se han hecho conscientes de que están en medio de una crisis demográfica y que las candidatas modernas a ser llamadas por el Señor, navegan por Internet, envían sms, han visto a un hombre desnudo y llevan pantalón. Con lo cual, reclutar candidatas con el anacrónico hábito monjil, es lo más parecido a perder el tiempo.

La compasión femenina ha dejado de ser el monopolio de las congregaciones religiosas. Así, una división de voluntarias sin velo y sexualmente activas, libra batallas contra el hambre infantil, las enfermedades adultas y la soledad de los ancianos a lo largo y profundo del mundo. Curiosamente movidas, según dicen, por un terremoto espiritual, por un llamado especial, aunque auspiciadas esta vez por un montón de oenegés.

Probablemente, la dupla de motivaciones que quedan en activo para meterse a monja, sobrevive penosamente en los países del cuarto mundo. Donde, o bien lo hacen a lo Herzberg, por motivaciones higiénicas y así huir de la miseria, o por motivaciones espirituales, enfrentándose a ella desde sus entrañas y enseñándole los dientes.

El enfoque de la espiritualidad en este siglo es de lo más ecléctico: Más que un encuentro, se puede comparar con una búsqueda. Una, más dada a la libertad que al encierro. Más proclive a la trasgresión que a la disciplina. Más espontánea e íntima que liturgica. Y más nada, que no soy muy dado a la anáfora.

A mí las monjas me inspiran un profundo y honesto respeto. Imagino que en el primer mundo es muy difícil ser monja, sobre todo si se puede no serlo. Quiero decir, si se puede optar a servir al prójimo, que técnicamente es servir a Dios, y a la vez vestir a la moda, encontrar lo divino en un orgasmo y sobre todo, poder fumar tranquilo un sábado soporoso por la mañana.