Música para limpiar

Hace veinte años escribí una nota sobre la música como acompañante de las labores cotidianas y su efecto en la optimización de procesos y resultados (¡así se empieza una nota para espantar lectores!).

No me refería entonces a la música como método noise reduction, esa pudorosa costumbre que hace que mucha gente, por ejemplo, tenga aparatos para escuchar música en el excusado para amortiguar las onomatopeyas coprológicas, o música en las habitaciones donde se mantienen relaciones sexuales para acallar gemidos, aunque eso de gemir durante el sexo sea una costumbre en desuso.

Me refería más a ese tipo de música que se adapta mejor a actividades donde se necesita mantener un nivel de atención constante pero no necesariamente consciente. Un poco oxímoron, lo sé, pero es así. Por ejemplo, planchar o limpiar (en especial las limpiezas profundas).

El punto está en que pensaba que el mismo tipo de música no tenía por qué adaptarse a distintos tipos de persona y labor. O que dicho de otro modo, cada quién encontraba su música para cada labor. Pero ¿y si no fuera así? ¿Y si existiera una estructura musical óptima para cada caso? (excluyendo, obviamente, al reguetón, que no es música ni es ná).

Lo cierto es que por estos días he estado con las típicas limpiezas profundas de final de verano, ese ritual que algunos románticos de la generación X aún seguimos realizando. Me refiero a cosas como poner la cocina patas arriba, limpiar hasta las bisagras y decidir si mantener aún en la nevera ese chocolate caducado de antes de la pandemia.

Para mi es absolutamente imposible asumir dicha tarea, que puede prolongarse varias horas/días, sin música. Pero no cualquiera, tiene que ser salsa, especialmente la localizada entre mediados de los ochenta y principios de los noventa (por su tempo más lento en comparación con la salsa brava de los setenta). He intentando otros géneros, pero no, que va, no funciona. ¡¿Y que tendrá la salsa?! Total, es un compas 4/4 de lo más occidento-capitalista.

Me puse a pensar en ello confiando en que el calor soporífico de este verano me  ayudaría a entrar en otra dimensión sensorial y ¡bingo!; creo que he dado, en mi caso, con la clave (nunca mejor dicho). Creo que es la clave, el patrón rítmico de la salsa y de todos los géneros afrocubanos: Sea una clave 3-2, ó 2-3, la forma en que la percusión se distribuyen en ese patrón permiten adoptar distintos ritmos de limpieza. Al referirme a percusión me refiero a cómo se acoplan en ese patrón la tumbadora, el timbal, el bongó y los cencerros. Poneos a escuchar, es impresionante.

Esto permite que, al limpiar, puedas adaptar movimientos de distinta cadencia sin salir del mismo ritmo y sin darte cuenta. Limpiar no es como remar o nadar. Limpiar presenta variaciones de cadencias: Por ejemplo, la cadencia ancha de cuando estás pasando la fregona de un lado a otro, la cadencia entrecortada de cuando pasas la esponja al quemadito de una sartén o las antinaturales contorciones que hay que hacer para limpiar los recovecos de la campana extractora. Y a pesar de todas esas variaciones, todo encaja con algún instrumento para llevar el ritmo, eso que hace especialmente llevadera la labor.

La salsa es un género rico, complejo y exigente, incluso para en su versión más comercial, pero definitivamente, es un magnífico optimizador en aquellos momentos en los que necesitamos, ya saben… mantener un nivel de atención constante pero no necesariamente consciente.

Eso si: Nunca intenten planchar escuchando salsa. Advertidos están.

La trampa de la superioridad moral

Mi hija menor es muy tolerante a las tonterías de su padre. Por eso no opuso resistencia cuando con once años le hice memorizar el Dictum de Acton. Lo hice con la intención de dotarla de una pequeña arma con la que defenderse del fanatismo político y, en esencia, para enseñarle a desconfiar de quien enarbole la bandera de la superioridad moral.

Hubiese optado por la que me enseñó mi madre, «dime de qué presumes y te diré de qué careces», pero no sé por qué, me pareció que requería un nivel de abstracción superior al Dictum de Acton.

Así las cosas, mi recomendación para las futuras generaciones es que busquen la forma de limitar el poder de aquellos a los que otorgamos labores de gobierno. Y la mejor manera (barrunto) es encareciendo el coste de ejercerlo, y en especial, el coste de ejercerlo de mala manera.

Si en misión especial viajase hacia atrás en el tiempo y tuviese que refundar el estado moderno, ya no sólo separaría los poderes, sino que además separaría la definición de la agenda política de la ejecución de la misma.

Con un ejemplo, para que se me entienda. Partiría del principio del control de seguridad de los aeropuertos, donde todos somos mala gente hasta que se demuestre lo contrario. Más claro: quien ejerce gobierno debe descalzarse, poner su intimidad en una bandeja,  pasar por el detector de metales y dejarse frotar la bandita antidrogas cada vez que quiera gastar el dinero de todos.

¡Uy que dices! eso haría que la administración fuera más lenta… pues estate en el aeropuerto más temprano.

Mientras más rápido se asuma, mejor.

Aquello no podía ser bueno

A mucha gente le gusta que le den la razón. A mi no. Parece, ademas, que dicho gusto por que te den la razón es independiente de que estés convencido o no de que la tengas.

Por alguna malformación congénita, la dopamina no fluye por mi cerebro cuando estoy convencido de tener razón. Me gusta más dudar. Eso no quiere decir que no intente argumentar y defender mis posiciones, pero no por placer, como lo hacen muchas personas (según me cuentan, insisto).

Precisamente por eso, puedo esperar años para que mis hipótesis o puntos de vista se confirmen (incluso cuando el daño ya está hecho) y decirme a mi mismo, tenías razón, aunque no sirva para nada. Sí, a veces da impotencia ver cómo nadie ve lo que tu ves.

Así las cosas, años después podemos concluir que:

Los móviles y las redes sociales hacen daño a los cerebros de bebés, niños y adolescentes.

Según se indica en algunos medios, hay gobiernos tomando acciones para prohibir su uso a menores de edad, equiparando en su razonamiento lo mismo que ya se hace para drogas, bebidas alcohólicas o autorizaciones para conducir.

Dícholo he.