La tráquea de Sandra Bullock

Mi generación ya tiene la edad suficiente como para que nuestras platónicas de los tempranos veinte comiencen a envejecer. Sandra Bullock es una de ellas. Fui un año entero a la universidad con una carpeta verde, que tenía en la contraportada un close-up tamaño A4 de la chica de Speed. Me resultaba inquietante, porque no sabía exactamente donde residía su atractivo. Hasta que un día, después de un examen sobre derivadas parciales, lo vi todo claro: ¡Era su tráquea! Bueno, más bien, lo que de ella se intuía a través del cuello.

Las matemáticas tienen eso, te atrofian un poco el funcionamiento normal del cerebro, pero estaba convencido al completo de que esa excluida parte de la definición de belleza femenina, era para Bullock su gancho. El pilar sobre el que se asentaba su sex-appeal.

Con los años se entiende que la verdadera belleza física transciende a la edad. Y que la fuente real de la misma pasa inadvertida detrás de un detalle, sin el cual, toda la magia desaparece. Los detalles a los que me refiero no son usualmente rasgos de perfección – por lo general es al contrario – pero tienen la fuerza suficiente para preservar el atractivo, al menos, en los miembros de la generación en los que le tocó influir.

A ello

Me apuntaba hace un rato mi buen Amigo Cyberf, que hay cosas que sólo se pueden hacer cuando uno es joven y libre. Le pedía consejo sobre qué camino tomar ante un nuevo reto: el fácil o el difícil. En resúmen, venía a decirme que hay ciertos difíciles que requieren de juventud y libertad.

Sin mucha reflexión le solté:

> Personalmente, mido estos dos adjetivos en función de mi curiosidad.
>
> Mientras mi curiosidad y necesidad de aprender estén en niveles
> similares a los de hace quince años, aún mi cerebro está joven y libre.
>
> Lo que realmente me limita [con la edad] es el tiempo: hace de la atención un bien
> muy escaso que tengo que administrar con mucho cuidado.
>
> Aprendo, pues, por el puro placer de hacerlo. Mucho conocimiento inutil, sí;
> pero nada se compara con experimentar un momento eureka.

El día que se pierde la curiosidad, se empieza a envejecer. Parece una sentencia de blog de autoayuda, pero bueno, apunto otra: El día que se pierde la capacidad de fantasear, se pierde la curiosidad.

Ello. Que había que empezar por algo este año.

va de sensibilidad

El mejor indicador del clima organizacional de las empresa, es la calidad del papel higiénico destinado a los baños de sus empleados. No hay que buscar más. Siempre que visito por primera vez una empresa me fijo en este detalle, porque me facilita leer perfectamente la disposición al logro de sus empleados con respecto a los objetivos empresariales. Eso que los gurúes llaman alineamiento estratégico.

Creo haber descubierto incluso una correlación estadística entre la cantidad de bostezos por empleado/reunión y la textura y marcas de tan íntimo consumible. Parace una tontería, pero a mi entender, dice mucho del cuidado que las empresas prestan a sus empleados. Hay empresas rácanas, que sin miramientos piden el más barato y ruín de los papeles, esos transparentes y raquíticos que se usan con desconfianza. Precisamente el mismo sentimiento que se queda en el subconciente laboral y se refleja en la relación empresa-empleado.

Existen también aquéllas que huyen de las transparencias pero a costa de una textura lijosa que lacera las más nobles intenciones de cualquiera, afectando claramente, los índices de productividad. Incluso, no descarto alguna baja laboral producida por dichos papeles.

En periodos de crisis, las empresas recortan el presupuesto de comodidades innecesarias. Algunas hasta limitan el número de bolígrafos que dan a cada empleado. Ante estos síntomas, suelo huir: Una empresa cuya viabilidad económica depende del ahorro en el coste de los bolígrafos no es precisamente la panecea contra la precariedad laboral. Ahora, imagine usted, querido lector, lo que queda para otras áreas no productivas, como el aprovisionamieno del papel higiénico, ese aporte empresarial que llega a lo más íntimo de los empleados.

El próximo día fíjese bien – la soledad ineherente lo permite – y pregúntese si ese papel es una amenaza o una oportunidad.