Cuento de Navidad

La mayoría de los mantras se inventaron para expiar las culpas. La piadosa familia Torres-Zavala había apurado el año repitiendo el suyo: —Seguro que estará mejor allá. Se empezó a escuchar con mayor insistencia a la altura de la Fiesta de los todos los Santos, cuando mucha más gente de la casa emprendió la tarea de tropezar con aquella mecedora de siempre que había desarrollado la extraña propiedad de duplicar su tamaño todas las tardes. Un caso similar se estaba dando con un bastón ortopédico que solía ser visto en varios sitios de la casa al mismo tiempo y con el insoportable olor de un ungüento de importación que la abuela aseguraba, cuando aún podía, ser la cura definitiva para la urticaria de las orejas y la anemia insidiosa.

Sin embargo, la inminencia de las fiestas de Navidad estaba haciendo que la sutileza samaritana de las familias más piadosas —y Los Torres-Zavala eran una de ellas— se tornara tosca y torpe, especialmente en las conversaciones de susurro de la hora de la siesta. Ya no se trataba de la necesidad de quitar la mecedora del salón para hacer espacio al árbol de luces de colores y dejar lugar para recibir visitas, sino de la taxativa exigencia de que la abuela se fuera a un lugar donde seguro estaría mejor. —Pero mírala Guzmán, parece un palo, que ni siente ni padece, un ictus son palabras mayores. Todos asentían si alguien agregaba que cuando aún se valía por sí misma, al menos era una ayuda con la concina y con los niños, pero así… —una tristeza Guzmán, qué otra cosa podía ser.

Allá estaba muy lejos. Un sitio recomendado encarecidamente por misia Flor desde que la habían ayudado a pasar un trance similar con su difunto padre —Que en paz descanse. Contaba que se encargaban de todo. Era un caserío minúsculo en el que todo se quedaba para siempre y que tenía en el secreto su fuente principal de ingresos. —Sólo tienes que llevarla; y allí la meten en una casita pegadita al río donde la misericordia del Altísimo hace el resto. Cuando el Señor la tenga en su gloria, te mandan a avisar discretamente para que la busques y puedas cumplir con el sagrado deber del luto y el miserable suplicio de repartir la herencia.

Guzmán despertó a su hijo mayor más temprano de lo habitual y le planteó el traslado como un ejercicio de iniciación, de hombría. Llevar a la abuela y callar: —Seguro que estará mejor allá, hijo mío. Puso unos cuantos cojines como último acto de compasión y la acomodó como pudo en la parte trasera del coche. Condujo durante horas repitiendo el mantra y mirando de vez en cuando al asiento trasero, con la esperanza de despertar. Aunque era un palo seco, aún era la abuela. Justo cuando empezaba a pensar que se había perdido, aparecieron en un recodo del camino las cuatro casas solas que le habían dado por toda seña. Cuando ya se la llevaban a la casita del río, se acordó del otro recado que le habían mandado dar y salió corriendo para estar más cerca y no gritarlo: —Mandaron decir también que la aguantaran hasta después de Reyes. La piedad tuvo un recargo del treinta por ciento.

Ante aquel imprevisto, los patronos encomendaron el cuidado de la abuela a una muchacha que se había quedado viuda con tres hijas a cargo y que aceptaba los peores trabajos del caserío. —Sin esmerase muchacha, lo justo para que la cosa pase de Reyes.

A lo largo de los años, los procedimientos del caserío estaban muy pulidos y no sólo se encargaban de estos menesteres, sino de cualquier deshonra familiar; desde gestaciones secretas de niñas de bien, hasta secuestros fingidos por deudas de juego. Alguien advirtió someramente del posible riesgo con las niñas de la muchacha, por aquello de que los niños no saben guardar secretos, pero las fechas eran las que eran y no había nadie más. Aunque la madre intentó evitarlo mientras pudo, las niñas habían encontrado en la abuela una muñeca enorme con la que jugar. De ojos azules profundos que pestañeaban solos, una cabellera larguísima de plata que habían lavado y secado meciéndola por fuera del chinchorro donde yacía inmóvil, y una piel finísima, casi transparente, que acariciaban con suma ternura, no se fuera a romper. A la abuela le hacían preguntas y le elaboraban respuestas con tal fluidez, que parecía que cobraba vida de vez cuando, especialmente cuando la muchacha le imponía el reflejo de tragar las escasas cucharadas de atol con las que intentaba fortalecerle el sentido de la oportunidad. El deber de morirse cuando se debe y no cuando se quiere.

A pesar de los cuidados paliativos, las cosas se torcieron la víspera de Navidad, luego de dos semanas en las que parecía que todo saldría según lo planeado. Era evidente que la abuela no pasaría de aquella noche. Pestañaba con más frecuencia, respiraba con dificultad y la niña mayor aseguraba que aquellos gemidos se parecían a las letanías de la catequesis. —Los dolores de dentro siempre suenan a letanías, mijita. Recoja a sus hermanas y váyanse a dormir, que mañana será un día largo. La muchacha le habló bonito a la abuela un ratico más, para que se fuera de este mundo al menos escuchando la voz de alguien que no le reprochara nada. Cuando perecía que le quedaba poco, salió a avisar a sus patronos de la novedad.

Allá estaba muy lejos. Más o menos donde el viento se devuelve y su ausencia deja que se escuchen sonidos imposibles en la ciudad. El problema es que al ser siempre los mismos se deja de escucharlos. Se cree que en el campo la gente oye a los pájaros cantar por las mañanas y el sonajero de los insectos nocturnos; pero no es verdad. Éstos también forman parte del silencio. Lo que verdaderamente lo rompe, es cualquier cosa que no suene a la rutina, a la realidad del tiempo triste, justo como aquel villancico matutino, con pausas para toser, que comenzó a escucharse al alba. Prevenía de una voz tierna, amorosa y profunda que parecía no haber hablado nunca y que sin verle podía adivinarse que venía de una boca feliz que sonreía. Las niñas se asomaron protegiéndose con las sábanas, curiosas, pero sin miedo y dieron de repente con la sorpresa de sus vidas. Una muñeca enorme, de ojos azules profundos y una cabellera larguísima de plata sentada en su chinchorro y que sonreía de verdad y les hacía gestos para que fueran a darle un abrazo.

—¡Avemaríapurísima! Y ahora qué hacemos doñita, no estoy yo muy hecha a los milagros. Usted se tenía que morir anoche. La abuela se puso en pie, aún con dificultad, y cogió la mano de la muchacha con la misma ternura con que lo hacían sus hijas: —Vaya y dígale a sus patronos que avisen de mi partida después de Reyes, como estaba previsto, y que añadan el lamentable suceso de una crecida del río que la casita y todo lo que tenía dentro no pudo soportar.

Seguro que estará mejor allá.


 

Nota del Cartero:
¡Feliz Navidad querido lector! Un año duro, sí, pero hay que sacudirse y seguir creyendo en los milagros, aunque los para la ciencia.

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