Cada verano vuelvo a ver mi película favorita. Regreso entonces de forma instantánea a los tiempos épicos de los veintidós años. Cada dos primaveras releo mi novela preferida. Como un conjuro mágico, amanezco cada día con catorce, con todas sus consecuencias. Más o menos cada seis meses le hecho una buena dosis de mayonesa a las lentejas con chorizo, y con efecto de túnel vuelvo a tener cuatro años, cuando nada importaba más que aquel momento.
Por si preguntan, esa es mi rutina de mantenimiento emocional.