Discernimiento vitalicio

Un día, en clase de sociales, tocábamos el punto del derecho y el deber del voto para elegir a quienes nos gobiernan. Cuando llegamos al punto de los requisitos para votar, nos contaron que había una edad mínima. En nuestro caso, unos lejanos dieciocho años para un alumno de primaria. Me sorprendió que no fuera necesario saber leer ni escribir, que fuera secreto, que no fuera necesario sacar una licencia, como se hacía para conducir, y cuando pregunté por qué los niños no podíamos votar se limitaron a responderme que era porque los niños no teníamos discernimiento.

No pude seguir indagando porque no sabía lo que era discernimiento, pero sí sabía que, si lo preguntaba, me iban a decir que lo buscara en el diccionario (con muy buen criterio, por cierto). La clase continuó incidiendo que la democracia había que cuidarla, que había costado mucho, que antes no se podía votar, o votaban sólo los ricos, o sólo los hombres y no las mujeres y un largo etcétera. Pero yo me había quedado en lo del discernimiento.

Por la tarde, una vez en casa, busqué discernimiento en el diccionario sin que me aclarara mi duda. Luego me fui a la enciclopedia y bueno, tampoco es que me ayudara mucho más. Así que empecé a preguntar a los mayores de mi entorno.

Ya por aquella época había detectado que los mayores, en general, eran bastante malos con las definiciones y solían tirar de ejemplos, frases y dichos para responderme. Yo les decía que la pregunta era para un trabajo del cole, la excusa perfecta para que pusieran un poco de su parte, porque lo primero que hacían era reírse de mí y mis preguntas (aún me pasa).

Destilando las respuestas sobre cuando se obtiene el discernimiento (que fue la manera que encontré para que me dieran respuestas útiles) concluí que:  El discernimiento surgía cuando: uno se hace responsable de sus actos, se puede valer por sí mismo, se puede pagar sus vicios y, finalmente, sabe uno identificar lo que más le conviene. Algunas personas añadieron cosas relacionadas con el despecho, la maternidad, el trabajo, la realización personal y cosas así, pero lo decían con melancolía, así que descarté sus aportaciones para evitar el sesgo científico.

Al día siguiente volví con mi nuevo conocimiento y levanté la mano cuando preguntaron si había dudas del día anterior.

—¡Hermana!, usted dijo que la edad mínima para poder votar eran los dieciocho años, por lo del discernimiento, ¿no?
—Así es. —me contestó esperando a ver por dónde le salía.
—¿Y cuál es la edad máxima hasta la que se puede votar?

Luego de tomar aire y mirar al cielo como buscando inspiración procedió a decirme que no había una edad máxima para votar y que era un derecho vitalicio. Y agregó una coletilla que siempre atribuí a ella (aunque otros dicen que fue Churchill): La democracia no es perfecta hijo mío, pero es lo mejor que tenemos. Lo dijo con un dejo de resignación, a juzgar por el suspiro y la pausa dramática.

Se me vinieron a la cabeza como dos mil quinientas preguntas más cuando escuché aquella respuesta. Pero no pude seguir indagando porque no sabía lo que era vitalicio, pero sí sabía que, si lo preguntaba, me iban a decir que lo buscara en el diccionario (con muy buen criterio, por cierto).