La amenza.

La inmigración se ha convertido en una grave amenaza para España. La inmigración, no los inmigrantes. España sigue un proceso ancestral donde – al alcanzar cierto porcentaje de la población – la inmigración, como concepto social, comienza a resultar incómoda, amenazante y fuente de males mayores. Como en casi todos los países que han pasado por procesos sociales similares, gobierno y sociedad olvidan que en la inmigración no sólo toman parte activa los inmigrante que buscan mejores oportunidades, sino también los habitantes de los países y culturas receptoras.

La integración de un inmigrante dentro de la sociedad receptora no es un hecho espontáneo, como tampoco lo es la aceptación por parte de los nacionales de un extraño que viene aquí con otros valores y costumbres, y que esencialmente se proyecta como una problema. Hablando en plata: si el proceso no se gestiona, los inmigrantes tendrán dentro de su mapa mental que los españoles no quieren que se integren, mientras que éstos pensarán que son ellos los que no se quieren integrar.

Históricamente, este “descuido” gubernamental transforma lo que inicialmente es ignorancia por un lado y miedo por el otro, en racismo, xenofobia y finalmente violencia.

Los gobiernos creen que gestionar la inmigración significa dotarse de un marco legal apropiado y eso, aunque necesario, no es suficiente. Cuando las cosas se van de las manos, no hay diferencia entre un inmigrante legal y uno que no lo es.

Hablo de institucionalizar lo que cualquier ciudadano normal y corriente haría ante la eventualidad de recibir a un extraño en su casa, pongamos que, alquilándole una habitación. Es algo por lo que he pasado muchas veces: Se dejan las cosas bien claras. Se cuentan las condiciones, las reglas, el uso del baño, de la cocina, la hora máxima de llegada y el tipo de comportamiento esperado. Y uno pregunta, si puede traer amigos a la habitación o si le molesta que ponga música.

Se que puede sonar absurda la comparación, pero la mayoría de los inmigrantes que vienen a España desconocen sus deberes y derechos. No han pagado jamás impuestos en sus países de origen y no pueden formarse un idea de cómo contribuyen en la construcción de la sociedad de acogida. Asimismo, los españoles desconocen los beneficios de la inmigración y la necesidad de canalizar de forma constructiva lo que simplemente es una realidad. Un ejercicio de empatía para entender que uno, en situación similar a la de ellos, haría probablemente lo mismo: Emigrar.

Ver también: Reciprocidad Retroactiva

Gustirrinín

Como todos los años, el día en que termina la temporada, pido dispensa a los lectores para hablar del mejor piloto de Fórmula 1. Ha sido un año marrón. Fernando no ha podido revalidar su título – que ha recaído muy justamente en Kimi Raikkonen – por múltiples circunstancias que podéis encontrar con detalle en la prensa y que os resumo así:

Alonso ha hecho lo que ha podido en un ambiente hostil, con un equipo muy bueno y un coche competitivo, pero una dirección excepcionalmente torpe. Allí radica la diferencia entre ganar y perder en este deporte. Todo tiene que engranar: la estrategia, el coche, el piloto, el equipo y la dirección del mismo. Existen muchas ocasiones en las cuales, cualquier deficiencia en uno de éstos componentes se ve compensada por un desempeño sobresaliente en otros. Incluso, una dirección mediocre puede superarse, porque al percatarse de que lo es, normalmente deja actuar libremente los otros factores. Sin embargo una dirección Torpe y Necia, esa que a sabiendas del error, se empeña en una estrategia absurda, es insalvable. Lo he visto o leído en muchas ocasiones, tanto en el ámbito deportivo, el empresarial, el político o el militar.

Este año he sumado a la lista de ejemplos a Ron Denis, director de McLaren (la escudería de Alonso) por su tan difícilmente superable incapacidad para gestionar una temporada con condiciones excepcionales para ganar y que se ha quedado sin el chivo y sin el mecate.

Mi visión sesgada de las cosas me hace exculpar a Fernando. No renovar su título no significa nada, más allá de la tristeza natural. El porcentaje de talento y esfuerzo por el que se le paga lo ha puesto. Si McLaren ha fracasado nuevamente, ha sido única y exclusivamente consecuencia de su estrategia directiva.

En ciento cuarenta y seis días, volverá el circo y espero seguir corroborando que la Fórmula 1 es como la vida misma.

¿El gustirrinín? (gusto visceral reconfortante). Pues que el nuevo campeón del mundo haya sido hasta hace un año piloto de McLaren y a quien, como a Alonso, no supieron tratar. Y que la apuesta personal de Ron Denis, haya perdido el mundial en la última carrera, de forma estrepitosa.

¡Arriba El Nano!

Histórico sobre Fernando:
Gracias Fernando Alonso – 2003
Thanks Again! – 2004
Sobre la existencia de Dios y otros misterios – 2005
Agujetas Emocionales

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The wallstreet food

Siempre he tenido curiosidad por conocer el tipo de sensaciones que se experimentan al visitar la bolsa de Nueva York. Tanta gente gritando, gesticulando, sufriendo con las bajadas de los índices, o bañándose en Champagne para celebrar los pelotazos que fabrican gente rica en un pispás (y hunden en la miseria a muchísimos otros en todo el mundo). Mi curiosidad era sociológica, no económica, así que tuve la oportunidad de satisfacerla en el sitio que menos esperaba: Un mercado de comida para llevar en el Camdem Town de Londres.

Un corro multiculinario en el que, a grito limpio, un montón de dependientes intentan que compres comida en su chiringuito. Exhiben sus especialidades humeantes, te ofrecen más cantidad que el vecino, te buscan la mirada, cuando dudas te bajan el precio, te intimidan subiendo el tono de la voz, haciendo el ademán de servirte, y así, un sinfín de gestos transaccionales que me resultaron muy similares a los que muestra la tele cuando pasan las noticias de Wallstreet.

Me senté un rato a observar el espectáculo. Vi a gente comprando en el primer tarantín que visitaban, sin que los dependientes necesitasen esforzarse, otros cayendo en la trampa de la cantidad y la gratificación rápida, otros presa de la intimidación de los “corredores” y muchos dejándose llevar por los “títulos” que marcaban tendencia (los puestos con más cola de espera). También estaban los que se refugiaban en valores seguros como la Italian food o los que se decantaban por los exóticos, como la comida tailandesa. Finalmente, los que intentaban salirse de la línea y dar con un aparador tranquilo, escondido a la vuelta de la esquina, que garantizara atención y calidad a buen precio.

En este mercado se dan algunas de las condiciones presentes en la bolsa: variedad en la oferta, amplio rango de precios y un ambiente avasallante, además de decepción, sobre-expectativas o satisfacción por una buena compra. Me daba por satisfecho ante semejante espectáculo.

Y no, no faltó nada. Porque hasta ese detalle, que el lector suspicaz estará echando en falta – la venta de títulos por parte de los compradores – la aportó una graciosa dama con apariencia de enfermera de postguerra que intentaba revender su “no tocado” plato de arroz chino, porque se había confundido, creyendo que era vietnamita.