Obsolescencia prorrogada

No hay nada más obsoleto que los grandes proyectos de tecnología punta. Al finales del siglo pasado la NASA estuvo buscando “porai” piezas de repuesto para el Transbordador Espacial. Estaban detrás de un tipo de chip muy común en los ochentas que ya no se fabricaba. Y es lo que pasa. Cuando se abordan proyectos muy complejos y de larga duración hay un momento en el que tienes que congelar las piezas con las que tienes que trabajar, y eso implica detener el tiempo de la evolución tecnológica. Es también el caso de los satélites, en los que estás diez años con un desarrollo y cuando el perol finalmente llega a marte, por ejemplo, lo hace tecnología punta pero de hace quince años atrás.

Esto aplica también a “las formas de hacer” las cosas, la metodología y la técnica. Puedes pasarte tres años construyendo un algo con la técnica puntera y justo cuando terminas, el progreso te ha pasado por encima. Es intrínseco a las cosas que toman mucho tiempo para llevarse a cabo. Vale que hay cosas en las que una técnica antigua no la hace obsoleta, sino que le da valor. La gastronomía, por ejemplo. Un pan artesano suele valorarse más que uno precongelado; un Cocido a fuego lento saca mejor nota que un hecho en olla exprés (aunque no siempre).

Creo que todo tienen que ver con la velocidad del progreso. Probablemente nunca haya sido tan rápido en toda la historia de la humanidad. Hoy, una misma generación puede vivir varias disrupciones tecnológicas a lo largo de su vida y eso no era común. Normalmente son positivos, los tratamientos médicos, o el echar cloro en el agua y etc. Pero  ¿podríamos soportar niveles más altos de aceleración? ¿Podríamos abordar grandes proyectos o nos desanimaría saber que podríamos hacerlo mejor si… esperamos un poco?

Que poco me gusta dejar preguntas sin respuestas como recurso expresivo, pero hoy es lo que toca.

Un pequeño ajuste

El Ministerio del Tiempo es una serie de ficción española que aborda el añejo recurso del viaje en el tiempo. Lo hace desde una perspectiva muy vernácula; muy alejada de los patrones establecidos por los creativos estadounidenses. Y se agradece. Es un ministerio que ha permanecido secreto desde los tiempos de Isabel La Católica hasta la actualidad y, como todo ministerio, es llevado por una burocracia de funcionarios públicos, con todas sus consecuencias. Hay patrullas que viajan por el tiempo (siempre pasado) a través de unas puertas que llevan apuntadas a mano en una libretita de teléfonos; y no tienen más tecnología que los teléfonos móviles que funcionan entre las puertas. Van realizando ajustes cuando ven alguna cosa que se está desviando de lo que realmente pasó. Su premisa es no alterar el futuro conocido, y reclutan a los agentes a lo largo de la historia. Por ejemplo, quien realiza los retratos robot al carboncillo es el mismísimo Velázquez. Ahora bien, tienen una restricción: sólo se puede viajar al pasado de lo que fue, de alguna forma, dominio político desde la perspectiva española. Es decir, podrían viajar a Venezuela desde 1492 , pero sólo hasta el 30 de marzo de 1845, cuando se firmó oficialmente la paz entre ambas naciones y se reconoció al estado venezolano como independiente de España. Y allí vamos.

Sé que alteraría la premisa básica, pero si pudiera viajar al pasado a realizar alguna trampilla para ayudar a la patria de hoy, lo haría a primeros de Octubre de 1813. Ese mes se le otorgó al Libertador el título de Libertador. Y es verdad que él le tenía mucho cariño a ese honor y que además era muy merecido, pero aceptándolo, probablemente por estrategia —ya que se olía que la guerra de independencia sería larga— me da que fortaleció en la psique criolla la figura del caudillo imprescindible, una loza mental que el país no se ha podido quitar de encima. Luego de aquéllo, mandaría otra patrulla a 1819, mientras el Libertador estaba redactando la Constitución para el Congreso de Angostura. Al frente de la patrulla mandaría a Jeremy Bentham, por quién el libertador sentía mucho respecto. La misión: convencerlo de que propusiera un modelo parlamentario en lugar de presidencialista. ¡Muchacho loco! Pensará alguno, pero… y por qué no. Probablemente es el modelo que más se acerca a la idiosincrasia Caribe, aunque resulte contraintuitivo. Seguro que es un tema que se ha tratando largamente en las escuelas de Ciencia Política de las universidades del país, pero tal vez sea hora de debatirlo seriamente de cara al doloroso parto del futuro inmediato. Tal vez fue un desliz del Libertador optar por el modelo estadounidense sin los checks and balances perceptivos. Sé que hizo lo que consideraba lo mejor en su época y contexto, pero como constitucionalista no le fue muy bien.

La historia ha demostrado lo fatídico que ha sido el modelo presidencialista para el Caribe. Depende tanto de la virtud del caudillo de turno que nos hace falta un modelo menos ingenuo, que asuma que somos imperfectos, caóticos y eclécticos. No tiene que ser a la inglesa. Lo mínimo que tomaríamos del parlamentarismo europeo serían las dos cámaras constituidas por elección directa, universal y secreta; que la cámara baja elija a un gobierno que necesite de su apoyo para gobernar, y que, finalmente, ceda a dicho gobierno la iniciativa legislativa. De allí en adelante, se puede innovar lo que haga falta. Por ejemplo, a mi me gustarían distritos electorales entremezclados para la elección, por ejemplo, que los votos de la mitad de un estado se junten con la mitad de otro para la asignación de curules. O que directamente se pase de todo y se use una circunscripción única. Eso sí. Nunca menos de mil quinientos diputados y tantos senadores como municipios; y una cámara adicional, digamos de sinceración, para cuando la cosa se ponga realmente fea, de 100 ciudadanos distribuidos equitativamente por edades y elegidos al azar. ¿Y el poder judicial? También por sorteo, ya que estamos, con carácter bienal y a seleccionar entre juristas jubilados con al menos veinte años de ejercicio.

Sería bonito ver a los presidentes de dichos gobierno sometidos a sesiones de control mensuales, donde tengan que estar explicando lo que hacen y viendo a la oposición sancándole los colores. ¡Hay que avergonzar al sinvergüenza!, que es cosa sana. También serían admitidos otros detalles, como la incorporación de partidas de dominó en las sesiones y celebraciones con fiestas públicas con orquesta por las aprobaciones de las leyes. Pero lo mejor de todo el asunto sería que cuando el gobierno pierda el apoyo parlamentario, dicho gobierno caiga. De hecho, sería la situación ideal, la alta rotación de los gobiernos. No hay que tener miedo. Se puede vivir sin gobierno, sólo hace falta la burocracia del Estado: Los italianos, que han aportado tanto a nuestra idiosincrasia, llevan más de 60 gobiernos distintos desde la segunda guerra mundial y allí están, firmes como la octava economía mundial.

 

 

Big mistakes

La verdad, tengo debilidad por los clásicos. Suena a frase de carajito repelente, lo sé, por eso solo la suelto en la intimidad. Creo que sin recurrir a ellos, mucho de lo que aprendes lo aprendes a medias. Me perece que contarle a un chaval las Leyes de Newton sin dedicar un rato a contarle quién fue Newton y cómo era su tiempo es una barbaridad, una falta de respeto. Sin embargo, hay una ingente cantidad de conocimiento del que sacamos provecho a diario y que no lleva el nombre de nadie, que tiene un aire anónimo y que se supone  apareció de la nada. Esto ocurre especialmente en las tecnologías más recientes donde da la impresión de que la acumulación de saber no existiera y que cada nueva disrupción es puro arte de magia. En esos lares, los que se forman sin la mas mínima curiosidad por el pasado se hacen llamar expertos.

En las Ciencias de la Computación mi clásico favorito es Frederick Phillips Brooks, Premio Turing 1999. Bajo su dirección estuvieron varios proyectos a finales de los sesenta que revolucionaron la industria de la informática. Me pongo tremendista: creo que casi no hay información en el mundo que no haya sido procesada original o derivativamente por algunos de las piezas de software realizadas bajo su dirección.

Luego del berenjenal de la dirección proyectos de software se dedicó a escribir sobre un aspecto que, aunque no tienen una definición oficial, yo califico de Filosofía del Software. Su clásico The Mythical Man-Month es una prueba de ello: Aborda una supuesta perogrullada a la que más de cuarenta años después nadie le hace caso en la industria del software: “…adding manpower to a late software project makes it later”.

En su más reciente libro —que muchos califican desde la vorágine del pragmatismo de profundamente aburrido— aborda un aspecto igualmente descuidado en el día a día: The Design of Design: Essays from a Computer Scientist. Una forma de insidir sobre una confusión fundacional que lleva a que en este negocio no se hace ni se valora el diseño sino que todo se hace a partir de la simple y rústica definición. Esta situación deriva, entre otras cosas, en la proliferación de la horrorosa figura del experto profesional, alguien que opina más que define, pero que en ningún caso diseña; que habla pero no se moja. Ese personaje que se cuela con demasiada frecuencia como el oráculo inaccesible al error.

…the amateur makes lot of little mistakes, experts makes big mistakes. Professionals, when they goof, do it in a big way -making bridges that collapse during construction, houses with no stairs between stories, computers that radically waste memory band-with, programming languages that are to rich to be learned…

Lo peor del asunto, es que Brooks en esta cita se refiere a los profesionales de verdad, a los que creen saber humildemente lo que están haciendo y le pegan un puñetazo a quien ose llamarles expertos o gurús. Así las cosas, imaginad lo que queda para raspar la olla de una industria que, a pesar de todo, sigue moviendo galaxómicas cantidades de dinero a punta de cometer grandes errores.

Paradoja.


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