Apología de la Soledad

IMG_0451.JPGAcabo de terminar de leer una autobiografía diferente, la de Steve Wozniak. Es el tipo de biografía que yo llamo “del otro”, es decir, la de los personajes que pasan inadvertidos detrás de otros con los que han trabajado y forjado grandes empresas, ideas o aventuras.

Cualquiera que haya trabajado con un Apple ][, reconoce inmediatamente que esa máquina fue hecha con cariño y genialidad; y si la miras con detenimiento, verás que contiene la coherencia conceptual que poseen los grandes productos que han sido diseñados por una sola persona.

Tiene una redacción directa, plana y un poco habitual halo de honestidad. Como quien te cuenta su vida en una tarde con varios cafés. Creo que cualquier ingeniero vocacional se encontrará identificado inmediatamente y discurrirá en pocas horas por sus páginas, atisbando de vez en cuando una sonrisa de complicidad.

Ya hacia el final, hay una frase interesante que da para profundizar, y con la que estoy plenamente de acuerdo:

La mayoría de la gente no piensa que un ingeniero sea un artista por el tipo de producto que crea, pero este no funcionaría ni tendría un diseño elegante si los ingenieros no se devanaran los sesos para obtener los mejores resultados con el menor número de componentes. Eso es sofisticación.

En caso de que seas uno de esos excepcionales ingenieros, inventores y artistas al tiempo, te daré un consejo que puede ser un poco difícil de asumir: trabaja solo.

iWoz de Steve Wozniak con Gina Smith. Existe una buena versión en castellano por la Editorial RASCHE.

Postulado

corte-humedadDisturbarse nunca le resultó un acto de intimidad, a lo sumo, un placer reservado. Tenía la convicción  de que su ángel de la guarda era aún inexperto, se tomaba muy a pecho aquello de ser su sombra y no le abandonaba ni para fantasear. Se acostumbró al recatado ritual de meterse en la cama a oscuras después de Completas, arriar los ojos y darse la vuelta con el movimiento armónico de llevarse la manta al cuello y erigir su mano izquierda como símbolo de libertad. Prefería apaciguarse de costado, mirando hacia la pared y usar su espalda acaracolada como refugio. A su remordimiento, distraído, sólo le quedaba la opción del estupor, ese elemento necesario para aprender el arte de escuchar cómo gime el silencio.

Zona de confort

un_catSi tuviésemos tiempo para meditar un rato al día, al menos durante el periodo en el que se entibia un café, podríamos estar alerta a un síntoma intelectual que puede convertirse en el enemigo que todos llevamos dentro: la aparición de la zona de confort. Es decir, aquella parcela emocional en la que dejamos de tomar riesgos, solemos postergar decisiones y adecentamos nuestros miedos, mientras el mundo sigue su propio curso y nosotros con él en aparente armonía.

No leemos a un nuevo autor no vaya a ser que nos tumbe del altar a los ya conocidos y con los que solemos, por hábito, estar de acuerdo. Tampoco damos cabida a cantantes contemporáneos, por si hacemos el ridículo como cucaracha en baile de gallina en sus conciertos y mucho menos a seguir una serie de zombis porque, en el fondo, está mal visto seguir admitiendo que nos asustamos en la oscuridad.

La zona de confort es para un ratito. Para descansar de la vorágine, porque en realidad, es el opuesto a la estabilidad que aparenta proporcionar. Cogerle cariño es caer en el peligroso juego de amancebarse con el presente.

Amanecí con el halo moralizante de un pastor de Kentucky.