El pragmatismo de la evaluación.

ExamLos exámenes son un mal logístico y un medio muy ineficiente para evaluar conocimiento. No lo digo como experto, sino como doliente, ya que  me he sometido, como muchos, a cientos de ellos a lo largo de los años.
La forma de evaluar más extendida es la de hacer preguntas sobre el contenido de los temas que se han enseñado con el objetivo de verificar si éstos se han aprendido. Pero la parte descuidada del asunto está relacionada con el qué y el cómo se plantean las preguntas y cuál es el objeto de la evaluación. Es decir, no evalúan el binomio enseñanza-aprendizaje, simplemente se intenta verificar el aprendizaje. Para completar el despropósito se trata de aplicar la misma aproximación al evaluar conocimientos fundamentales (los que permiten adquirir otros conocimientos)  que al hacerlo con aquéllos que se basan en la asociación de ideas e interpretación; lo que lleva a que se pregunte de la misma forma cuando se quieren evaluar conocimientos matemáticos o de física clásica que en el caso de la historia o la sociología.

También resulta perturbador que al estar planteados como fines y no como medios, los  estudiantes terminen equiparando estudiar con superar  exámenes, desvirtuando así el proceso de aprender. En conclusión, al intentar evaluar aprendizaje las pruebas terminan simplemente verificando el recuerdo, especialmente el de corto plazo.

Siempre he pensado que los exámenes son como son por la propia naturaleza masificada de los sistemas educativos, que además de enseñar de forma estándar – independientemente de las particularidades de aprendizaje de las personas – también evalúan de forma estándar como si la demostración de conocimiento fuese también una cuestión homogénea en todos los seres humanos. Es una hipótesis perversa que fuerza en el experimento sus resultados: Si digo que aprender historia es repetir fechas y las pregunto y me las responden, confirmo mi hipótesis, pero nada más lejos de aprender historia que memorizar fechas.

En la Edad Media, la demostración del aprovechamiento que de un maestro carpintero hacía un aprendiz era hacer una silla por si mismo y mucho del mérito que luego tendría como autónomo se lo daría precisamente quién había sido su maestro. Obviamente es una aproximación que no escala en la sociedad actual, pero lo que no cambia es la responsabilidad del maestro en evaluar con corrección y con sentido de utilidad. Se podría comenzar por jubilar los cuestionarios decimonónicos y optar por exámenes de conocimiento aplicado, de presentación oral y de aplicación continuada. También por separar la forma de evaluar los conocimientos básicos imprescindibles (más objetivos) de las áreas avanzadas (mas creativos).

No se trata de claudicar en la verificación el aprendizaje. Si el sistema educativo forma médicos o ingenieros, quiero que sepan dónde están los huesos y la segunda ley de la termodinámica, pero también que sepan usar todo lo que “saben” para hacer un buen diagnóstico clínico o evitar que un puente no se les caiga.

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Se equivoca señor Wert

“as a voice in the wilderness”

J-HouboltEs bueno que te lleven la contraria. Es un sano hábito aprender a gestionarlo como algo positivo que ofrece oportunidades para cotejar tus puntos de vista. El problema es que se requiere mucho entrenamiento para desbrozar las formas y quedarte con lo útil, porque cuando alguien lleva la contraria a otro suele hacerlo en términos tan pasionales que el mensaje se pierde en el ruido o la indiferencia.

Para llevar la contraria, especialmente cuando se sabe que se tienen razón, también se requiere un tipo especial de personalidad y mucha espalda para aguantar los adjetivos típicos de necio y obstinado. Y es, ciertamente, un sufrimiento personal estar completamente seguro de que algo es como es y que nadie más lo vea.

A John Houbolt, el señor de la foto y unos de mis personajes favoritos del Programa Espacial Estadounidense, le pasó durante algunos años y logró imponerse. De hecho, sin su obstinación el hombre no hubiese llegado a la Luna, al menos no en tiempo y de una forma tan elegante como lo hizo. Cuando Kennedy soltó el reto de ir tal lejos, los ingenieros con más experiencia lo vieron claro: Fuerza Bruta. Un cohete enorme para hacer un viaje directo y ya está. Pero Houbolt no lo veía, sabía que no era viable en costo y tiempo y que su apuesta de hacerlo por partes y con naves más pequeñas y con una órbita previa alrededor de la Luna era, no ya la mejor, sino la única forma cumplir con el objetivo.

El ninguneo fue mayúsculo, especialmente el que provenía de sus propios colegas, no sólo de burócratas que no supieran del asunto. Cuando hablaba para exponer sus ideas literalmente le pedían a la audiencia que no lo escuchara, que ese hombre estaba mintiendo, que sus datos eran falsos y que no tenía ni idea de lo que estaba hablando.

Sin embargo, descubrió la forma de perfeccionar el proceso de venta de la idea hasta hacerse escuchar y ser tomado en serio. Es verdad que para ello también se saltó unos cuantos canales en la jerarquía y estructura de NASA y fue aún menos ortodoxo empezando una carta al segundo de abordo con un literario “Somewhat as a voice in the wilderness, I would like to pass on a few thoughts.”

Houbolt no recibió el suficiente mérito de su empeño, de hecho, una vez tomada la decisión de utilizar su idea sobre cómo llegar a la Luna, ya no era suya, como ha pasado con otras grandes ideas de la historia: una cosa es la idea y otras muy distinta la ejecución.

Lo que si queda para la historia de esta cruzada personal  fue la respuesta que recibió a la carta, todo una declaración de principios para las empresas que necesitan ser innovadores a pesar de su organización.

…it would be extremely harmful to our organization and to the country if our qualified staff were unduly limited by restrictive guidelines

La perseverancia necesita sobre todo audacia, y con la dosis suficiente, a veces hasta sale bien.

La inutilidad de la retaliación

…el enemigo de ayer es el amigo de hoy, pues no hay política razonable sin capacidad de olvido.

Raymond Aron

En política – es decir, en todo – la táctica que menos rédito produce es la que se guía por la retaliación. A mi juicio, es la menos elaborada, poco inteligente y con menos margen de reconducción. Entre las más torpes, figura la retaliación orientada a los símbolos porque es sencillamente inútil. A los símbolos se les despoja de identidad y representación con hechos, y el más efectivo y contundente de los olvidos es el que nace de la indiferencia de los ciudadanos, el que termina asociándolo a tiempos peores.

La altura de las intenciones de un movimiento político de transformación no se demuestra con prácticas del pasado sino con aquellas que representan el futuro.

Las sociedades que han optado por ello les ha funcionado, se han transformado en medio de estatuas, calles y banderas del pasado y más de un mausoleo ha quedado limitado a un rentable atractivo turístico.

Antes que en demoler los símbolos es preferible concentrarse en derrumbar la impunidad y la pobreza.

Mucha torpeza para iniciar un año bisiesto.