Mi pueblo y Dinamarca

Desengañado. Así me sentí luego de ver Bedre skilt end aldrig, una serie de televisión danesa traducida al español como «Separándonos Juntos». Pensaba yo que, como se me había dicho desde la infancia, el Caribe empezaba al sur de Luisiana y terminaba justo antes de Los Andes, en los límites de mi pueblo. Y punto. Pero ahora resulta que la exclusiva idiosincrasia caribe no lo era tanto y que si hacemos caso a Mette Heeno, la creadora y guionista de la serie, es simplemente cuestión de estilos. La serie es una tragicomedia que, sucintamente, aborda el desamor y separación de una pareja con dos niñas. Nada nuevo. Sólo que, producto de la crisis económica, se separan en la misma casa, alternándose el sótano para hacer cada uno su vida en las semanas en las que al otro le tocan las niñas.

A decir verdad, sabía yo poco de los daneses. Aprendí, por ejemplo, que fenotípicamente entre ellos no se parecen y que en su conjunto no se parecen a nadie. De corriente, ve uno tan pocos daneses por la calle que podría resultar más familiar una serie china o india. Pero en la manera en la que plantean los grandes dramas de la vida, se parecen mucho más a la sociedad de un pueblo caribe profundo que al estereotipo nórdico. Bueno, si lo ves bien, son el más sureño de los países nórdicos; y como dicen, no importa dónde, el sur siempre es el sur.

¡No saques conclusiones anticipadas!, oigo a voces en mi consciencia. Es verdad. Ni que hubiese visto todas las series danesas o convivido con ellos. Me podrían estar engañando como hacen los gringos, que monopolizan la ficción y no son como dicen que son en las series… que parece que no cagan nunca. Pero soy tan propenso a no generalizar, que debo hacerlo de vez en cuando para llenar los pulmones de aire fresco.

De momento hay dos cosas en claro: Las danesas no lloran. De hecho, en una serie tan breve como ésta, con cuatro capítulos de una hora, no se derrama ni una lágrima en los primeros tres. Por otro lado, y por muy raro que pueda parecer, no importan si están en el Caribe o en Namibia: Todos los hombres son iguales.

Salud.


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Amar a dos mujeres (a la vez).

Un servidor bordearía los diez años. En la tele había dos mujeres y un hombre, y todos lucían compungidos. Las mujeres eran guapas, pero una más joven que la otra. En ese momento la menos joven conmina al hombre, su marido, a hablar: ¡decídete pues! —le espeta. Una especie de ultimátum, de último recurso para zanjar el doloroso asunto; de desesperación, porque resulta que la más joven era la amante del marido. El hombre pone cara de aún más compungido y cuando va a contestar, luego de un dramático silencio… termina el capítulo y hasta el día siguiente. ¡Ah! eterno dilema. Y eterno tema. Tan recurrente que a cualquier compositor de historias le da miedo adentrarse por esos derroteros, pues parece que se cuela por uno muy manido y poco original, ya que fue absolutamente cubierto de forma magistral y voluminosa por su excelencia María del Socorro Tellado López, Corín Tellado. Sin embargo, como dilema, sigue funcionando. La cosa está en que luego de explorar las subtramas para alargar la cuestión, el capítulo del día siguiente termina con la respuesta del marido, que les dice: ¿Y no me puedo quedar con las dos?

Aquel día se suspense, mi cerebro ya había trazado una sinapsis con una canción que cantaba Antonio Machín y que a veces ponían en la radio. Le dije a mi madre: —Ese le va a decir que las quiere a las dos, ya verás. Entonces puso un tone de medio regaño y dijo: —Esas cosas no se dicen, hijo, son cosas de los mayores. Ya verás, alcancé a pensar, porque lo dice la canción.

Veamos el caso: En la aproximación al tema a que hago referencia, el autor de Corazón Loco utiliza el recurso del diálogo interno, lo cual manifiesta una delicadeza en el tratamiento del tema y en el que aún reserva sus sentimientos al ámbito privado. A lo secreto. Es decir, era público y notorio que un hombre podía tener dos mujeres, pero ¿las podía querer a las dos o simplemente era incapaz de querer a ninguna?

Corazón loco.

Richard Dannenberg.1970

El autor le pregunta a su corazón:

Yo no puedo comprender,
cómo se pueden querer
dos mujeres a la vez,
y no estar loco.
Merezco un explicación,
porque que es imposible seguir
con las dos.

 

Y el corazón le contesta:

Aquí va mi explicación,
pues me llaman sin razón,
corazón loco.
Una es el amor sagrado,
compañera de mi vida,
esposa y madre a la vez.
La otra es el amor prohibido,
complemento de mis ancias,
y a quien no renunciaré.
Y ahora ya puedes tu saber,
cómo se pueden querer
dos mujeres a la vez,
y no estar loco.

Como veis, no tenía que ser un niño prodigio para adelantarle el desenlace a mamá. Cuando ella escuchó la respuesta del marido al día siguiente,ni siguiera se dignó a darme el crédito del constructo, sólo dijo serenamente: — ¡Todos los hombres son unos sinvergüenzas!

Motón de años después, a medidos de los noventa, escuché una canción de Eros Ramazzoti sobre el mismo tema y me dije, allí está otra vez. Pero en ese caso el compositor lo abordaba de una manera más cruel y tosca, incluso antiestética con ese tono nasal de éxito contra pronóstico (además del rupturismo rebelde de una rima suigéneris).

Pero ella. (1996)

E. Ramazzoti, V. Tosseto, Cogliati.

Aquí la cosa es más cruda. Un tío segurísimo se sí mismo, le habla directamente a la mujer que, no es la otra. Vamos, la versión grosera de Corazón Loco.

Estoy bien entre tus brazos,
yo no puedo lamentarme, no.
Sin cadenas y sin lazos,
no se puede pretender ya más,
no es posible, de verdad.
pero… pero…
ella tiene algo que tú no.
[…] te estoy diciendo que no lo comprendo aún.
Y si te tengo que elegir
yo no sabré, yo no querré,
mi problema es ella una y otra vez.Y si quiero tener hijos,
es contigo con quien los tendré.
Si un consejo necesito,
es el tuyo siempre el que espero,
porque es sincero, sí, pero… pero…
ella tiene algo que tu no.
Que le ví, no sé decirlo,
algo que no se explica.
[…]Pero tu…, no eres igual.

Lo cierto es que al final de aquella tele novela1, la protagonista (la guapa menos joven), sale victoriosa. El autor usó el giro del divorcio, temerario para la época, en lugar de optar por la resignación femenina habitual del mundo real de entonces. Un aterrizaje al pueblo llano de los elevados debates del feminismo. Ella pudo reconstruir su vida, económica primero y sentimental después, sin necesidad de ser “la señora de”, moraleja pues de aquel cuento. ¿Y que fue del marido? Éste no terminó contestando el viejo truco de esperar si alguna respondía por él, pero tácitamente dejó claro que se iría con la más joven, como en efecto hizo. Sin embargo, aquello duró un ná y a la postre la muchacha lo mandó pal’ carajo también.


1.- La señora de cárdenas, de José Ignacio Cabrujas, 1977.

 

Pago en especie

1

😉

Casarse con un muerto de hambre no es un problema. Al menos en las primeas de cambio de una relación, cuando la dopamina hace extraordinariamente bien su labor y se está dispuesto a todo. El problema viene después, con el desamor, con la violencia inherente a toda separación. Incluso aquellas que se etiquetan con el eufemismo de “común acuerdo” y que alcanza visos tormentosos si, además, la mujer no tiene independencia económica y hay hijos de por medio. Si en ese momento el muerto de hambre lo sigue siendo, el trance para la mujer se asemeja más a quitarse un peso de encima. Algunos ni siquiera tienen la hombría de bien para afrontarlo y simplemente desaparecen —más difícil hoy en día—; mientras otros, atrapados por el valor potencial de su propia imagen futura, necesitan expiar sus culpas. De este último grupo me interesan, sobre todo, aquellos hombres que brillan por su intelecto, que han logrado ganarse la vida especialmente bien sólo con pensar; que han creado pequeñas o grandes revoluciones cada uno en su campo, pero que tienen en común la rara tendencia a pagar sus divorcios en especie.

A mí no me gusta meterme en la vida de nadie; ni siquiera para ejemplificar. Pero con los personajes públicos, que de alguna forma también han hecho pública su vida, digamos que podemos analizarlo bien documentados y desde una perspectiva que se aleja del simple morbo. En esta línea hay dos casos que destaco porque los protagonizan dos hombres desde dos fronteras distintas: Mario Vargas Llosa, desde la creación literaria y Albert Einstein desde la científica.

Cuando a los diecinueve años Vargas Llosa se casa con su tía política Julia Urquidi, ésta tenía diez años más que él. Fue, como registran los protagonistas en varias fuentes, un amor sincero, con oposición y vibrante. La tía Julia fue la mujer que ayudó a Mario a pasar el puente que separa el querer ser escritor de realmente llegar a serlo; la que ayudó a disciplinar su talento, la que estuvo con él cuando no tenía dónde caerse muerto y no había demostrado nada. Luego de publicar con éxito de crítica y ventas su primera novela, Mario sigue escribiendo y en medio de ello, se enamora de su prima Patricia, ocho años menor que él, y que se había ido a vivir con la pareja en el compacto apartamentico que tenían alquilado en París. Le pide el divorcio a una dolida Julia y al año siguiente se casa con su prima. Como compensación del acuerdo de divorcio, Mario le cede a Julia los derechos de por vida de La ciudad y los Perros, su primera novela; pero Julia tuvo más que problemas para cobrarlos como era debido y decidir sobre el devenir de la explotación de la novela. Las editoriales la ninguneaban y la cosa terminó siendo tan tortuosa, que acabó devolviéndoselos a Mario años después. Un proceso que obviamente tuvo más matices que los que la extensión de una nota como esta puede cubrir, como en el caso siguiente.

Tal vez sea el más conocido. El de físico teórico Albert Einstein y la matemática serbia Mileva Marić, su primera esposa. Más especial aún por la casi certeza de la omisión de las más que probable contribución de Mileva en los trabajos del científico. Mileva estuvo allí en el annus mirabilis de mil novecientos cinco y en todo el proceso anterior; crio a sus dos hijos arreglándoselas con los ingresos inestables de un doctorando y luego con el trabajo que su marido había conseguido en la oficina de patentes. Cuando Einstein ya es controvertidamente famoso y accede a trabajos más estables y mejor remunerados, la relación era prácticamente inexistente. A la postre, luego de diecisiete años de matrimonio le pide el divorcio para casarse con su prima Elsa, a su vez divorciada y con dos hijas. Mileva se negaba a darle el divorcio. Su situación no era sencilla. Eduard, su hijo menor, requería de cuidados especiales pues sufría de esquizofrenia. Einstein intenta varias aproximaciones, casi siempre por carta. Ofrece distintos acuerdos económicos, especialmente el compromiso de la pensión y los aportes para el fondo educativo de su hijo Hans Albert y los cuidados de Eduard, pero Mileva no se fiaba y no salía de un círculo de crisis nerviosas. Y es aquí entonces donde vuelve a salir el asunto del pago en especie. Einstein le ofrece a su mujer en el acuerdo de divorcio la totalidad de la dotación económica del premio Nobel, mucho dinero, incluso hoy. Un gesto que visto así, deja absolutamente claro el desprendimiento del científico y su buena fe. Salvo por un detallito: ¡Aún no había ganado el Nobel! Rizando el rizo de esta práctica, pagó con una promesa, pero como le decía por carta a Mileva, estaba más que seguro que algún día lo ganaría.

Mileva aceptó pulpo1 y salió bien… pero cuatro años después. Me imagino a la pobre pendiente de las noticias a principio de cada Octubre y el sobresalto que experimentaría cada vez que se lo ganaba otro. Pero en 1922 salió su número. Tapó unos huecos y se compró tres pisos en Zürich.


1.- Aceptamos pulpo.

Bibliografía de referencia:
a) La tía Julia y el escribidor. Mario Vargas Llosa. 1977.
b) Einstein: His Life and Universe. Walter Issacson. 2007.
c) Lo que Varguitas no dijo. Julia Urquidi. 1983.