Esperar es de humanos

La espera en una cola es uno de esos inventos donde se concentra la verdadera naturaleza humana. Siempre lo he visto como un impuesto directo que sólo afecta a los que menos ganan; que sólo eres realmente rico cuando no tienes necesidad de hacer colas y puedes claramente evadir ese impuesto. La cola como metáfora está regida por lo que hay al final de la misma. A veces no sabes lo que hay pero la haces por esperanza. Hay gente que espera en una cola para comprar o rogar comida, otros para comprar lotería. Están las colas para ejercer derechos, desde el voto hasta un subsidio de desempleo; la cola en la consulta del médico, del banco o del transporte, y un montón de colas invisibles que los expertos llaman listas de espera. Las hay muy crudas, en las que incluso la gente muere de esperar.

En las colas la gente ejercita sus caras de hastío, la mala leche, desconfianza mutua y el despellejar los infortunios de la vida. Eso aplica por igual a los que esperan y a los que atienden. En las colas no se piensa, se siente. Y en este apartado, están las colas del miedo, donde se lucha por salvar la vida. Las colas de exilio, las colas de la huida.

Así que no tengo claro si lo experimentado esta semana es una alineación planetaria o simplemente la Navidad que nos sugestiona en Occidente. He hecho varias colas esta semana. Colas sin transcendencia y habitualmente cortas. Me he visto en la tesitura de tener que acercarme a realizar varios trámites en la Realidad Real, como se hacía antes. Mandar algunas cartas en la oficina de correos, hacer una gestión en una tienda de telefonía, solicitar información (la cola inútil por excelencia) y otras cositas así. Pasé por varias establecimientos de distinta naturaleza, traté con distintas personas y en cada uno comprobaba con asombro que el patrón se repetía: Todos, los compañeros de espera y los dependientes al final de la cola me trataron bien. Incluso en sitios de agobio, éstos fueron amables, comprensivos y con trato “humano”, sin sobre actuar. No todas tuvieron final feliz, pero no parecía que este comportamiento estuviera influido por la resignación.

Todo un contraste Navideño.

La cláusula de la sonrisa

Mauricio es un chico normal, pero muy tímido, y lleva una semana sumido en la angustia. La chica más guapa del mundo le llama por su nombre, se saluda cuando le ve, le desea buen día y le sonríe con todos los dientes. Me dice que no había visto nada igual, salvo en las pelis, y que esas siempre terminan en boda. Mauricio se ha hecho ilusiones, de las sinceras, porque es un buen chico. Me dice que le ayude, que no sabe cómo entrarle a una chica de la ciudad, tan sofisticada, con tantos dientes perfectos, con tanto pelo brillante. Me cuesta verle así, pero lo entiendo. Viene de un pueblo digno, pero pequeño, de esos que envejecen a la velocidad que les puede imprimir el abuelo más optimista y donde Mauricio ostentó, durante más de 18 años, el calamitoso honor de haber sido el último en nacer… y contando. Su condición también le ha negado el privilegio del mal de amores a una edad prudente. Le he dicho la verdad hace una media hora y aquí lo tengo, de despecho, en la barra, como en las pelis. ¡Parecía tan real!, me gime. Es dependienta en una cafetería Mauricio, le dije con el mayor tacto posible, y cumple con una cláusula que le obliga a sonreír y ser amable. Es como las modelos pero al revés, porque a esas se lo prohíben… que como sonrían, malo, tan malo como que engorden. Mauricio lo entiende al vuelo; ser de pueblo no le quita lo Millennial, pero se había hecho ilusiones el pobre.

 

Computer science for managers

apple-librosAbrí el correo a primera hora de un martes y… mal empezamos, pensé. En la radio habían dicho por la mañana que nos preparásemos para una ola de calor, una de las gordas, con ese efecto pegajoso que sólo se consigue al caminar en pleno julio sobre el asfalto de Madrid.  Para completar el dramatismo, aquella antigua empresa a donde me había llevado la fortuna me informaba que estaba apuntado a un sospechoso curso de formación “para el éxito” titulado: Finanzas para no financieros. Estábamos en el apogeo de los noventa, con Clinton y Mónica a la cabeza, la economía con viento a favor y las empresas con ganas de ser pretenciosas. Yo había pasado por situaciones similares con títulos como esos. Recordé en ese momento una asignatura con tufo despectivo de cuando hice la carrera, se llamaba Contabilidad para Ingenieros. También recuerdo ahora otra que, aunque no lo parecía, escondía mucho sarcasmo en el temario y respondía al nombre de Legislación y ética. Todas se impartía con ese aire compasivo de que quien cree estar civilizando al buen salvaje y haciéndolo por su bien, como si fueran el rey Leopoldo II de Bélgica.

Mira que no es cosa del otro mundo aprender a leer un Balance, una cuenta de resultados, saber lo que es el EBIT, el ratio de endeudamiento, etc. De hecho son cosas que los jóvenes deberían aprender en el bachillerato, de donde lamentablemente salen como analfabetas económicos y sin siquiera tener claro cosas tan básicas como el TAE; unas siglas con las que terminaran topándose irremediablemente en sus vidas. A pesar de aquel calor, asumí el curso con tranquilidad, porque el saber no ocupa lugar y siempre es algo positivo conocer algunos conceptos clave en el diálogo con gente que no habla tu idioma. Pero desde entonces me he quedado con la espinita… ¿Y por qué los managers no aprenden algunas cositas básicas de la naturaleza del software, por ejemplo? ¿Aunque sea por culturilla? Creo que eso ayudaría mucho a que todos fuésemos más felices, a mantener conversaciones racionales y sobre todo, a hacer más rentables a las empresas que dirigen. Muchas veces los ingenieros nos sentimos como turista con exiguo inglés en el metro Londres: que poco esfuerzo hace el anglicanos medio por entender al católico… es desesperante. Los managers sin formación técnica están convencidos de que no necesitan saber nada sobre tecnología, y cuando les intentas convencer, vuelven a sacar de la manga la exitosa gesta de Lou Gerstner, un vendedor de galletas que sacó a IBM del foso de los ocho mil millones de pérdidas en 1993 sin tener ni idea de lo que era un Byte.

Creo que todo llegará. Creo que hay un momento en el que la realidad empezará a pasar la factura de la ignorancia y que las nuevas generaciones de gestores empresariales se verán obligados a entender con respeto las consecuencias que para el negocio pueden tener decisiones basadas en el desprecio a lo que desconocen. Es probable que la excusa del “error informático” dejará de funcionar y no sirva en adelante para ocultar  las responsabilidades de muchas vacaciones frustradas por reservas que se pierden o de cargos duplicados en las tarjetas de crédito. Espero también que se enseñe, en una hipotética asignatura de Historia de las tragedias tecnológicas, por ejemplo, que el Challenger o el Arian V no explotaron sin que hubiera, al menos, un incomprendido ingeniero desgañitándose por advertir que, en aquéllas condiciones, esos ingenios no debieron haber  continuado, irresponsablemente, con el procedimiento de despegue, sin que nadie le hiciera ni… caso.

En fin. Lo que nos ahorraremos cuando en las escuelas de negocios también se enseñe algo de Computer science for managers.