La Inopinión

Hoy en día, el ejercicio de formarse una opinión, es como un deporte de alto riesgo. La complejidad que a veces alcanza la realidad, hace que sea difícil fijar posición sobre determinados temas.

Siempre han existido mecanismos para dificultar la opinión, pero hoy el proceso está rodeado de un aura de desconfianza. Solía basarme en la confiabilidad de las fuentes para luego hacerme una idea de las cosas, pero dicha confiabilidad varía de fuente en fuente, dependiendo del tema. Además la confianza es otro tipo de esperanza y ésta a su vez es un estado de ánimo… como se complican las cosas ¿no?

No es solamente que se manipule la información – que es la materia prima para la opinión razonada – es que además se omita alguna cara de la “realidad” a fin de favorecer cierta postura. Si, esto siempre ha existido, pero la escala actual hace que comparativamente con otras épocas de la historia, las consecuencias sean más drásticas, sobre todo por su velocidad.

Todo esto provoca que surjan, a mi juicio, varios efectos colaterales: i) que se facilite la formación de posturas extremas, por lo simples que son. No hay posiciones intermedias. Es el estilo de los buenos contra los malos. Este es el más extendido, ii) que se asuma la opinión que se espera que tengas, por tu contexto social, y iii) que se asuma una posición de indeferencia, de las del tipo incapacitante. Creo que ésta última es la peor de todas, porque imposibilita la utilización del dialogo interior como herramienta de ajuste. Sencillamente no me importa.

Yo esperaría que la libertad de expresión y la multiplicidad de medios de información regule, por contraste, el desequilibrio, pero eso no siempre sucede. Obviamente la libertad de expresión es esencial para lograr el equilibrio, pero no siempre se logra.

Por último, está el punto del diferencial de velocidad: Tarde o temprano, podría llegar a formarme una opinión sobre algún tema, porque para eso tiene uno el cerebro. La catástrofe ocurre cuando la realidad se desarrolla a una velocidad tal, que hace que para cuando te haz formado una opinión, ya es demasiado tarde y ésta no sirve para nada.

Es en ese punto cuando sigo el consejo-jedi  que dice que me deje guiar por el instinto… uf… el problema es que lo hago con la sospecha de que el instinto no sea más que un reflejo de nuestras opiniones más profundas…

 

¡Muérase Tranquilo!

En España, el negocio de las transferencias de remesas internacionales de inmigrantes, representó en el año 2002, 775 millones de euros.

Casi todos los emigrantes adquieren grandes deudas en sus países de origen para “partir”. Cuando encuentran empleo, trabajan como posesos para pagar esas deudas. Después de unos años, los que tienen éxito comienzan a estabilizarse, enviar dinero a su familia con regularidad, y aspiran a los normales créditos al consumo de las sociedades primermundistas: comprarse un coche de segunda mano, mejorar sus condiciones de vida, etc. Históricamente los bancos se pierden de excelentes cliente por simples prejuicios, dado que el extranjero paga religiosamente, porque se juegan su permanencia en ello.

Recientemente, los bancos están descubriendo el mercado inmigrante, y aunque aún faltan años luz para que los empleados de las agencias se sientan a gusto atendiendo a los diferentes; los departamentos de nuevos productos están trabajando a toda máquina para captar los ahorros y las comisiones del envío de las remesas. Los primeros en intentarlo son los bancos con inversiones en Latinoamérica y las ideas varían desde bajas comisiones, otorgar tarjetas de débito a los familiares en los países de origen para facilitar las transferencias, hasta centros integrales, atendidos por inmigrantes, donde se puede enviar dinero, llamar por teléfono, mantener una video conferencia y así por el estilo. Hasta ahora existen sólo pruebas pilotos.

Pero el producto que más me ha llamado la atención, y que probablemente se convierta en estándar en los próximos años, es el Seguro de Repatriación de Cadáver. Imaginen el anuncio: Domicilie su nómica con nosotros y muérase tranquilo, que lo empaquetamos y lo devolvemos a su país, sin costo alguno para sus familiares.

Aunque suene un poco macabro, pienso que es un seguro muy útil, porque morirse en España es un poco caro, entre 2600 y 3000 euros “por vez”. Irónicamente, una cantidad parecida a la deuda que un emigrante del tercer mundo adquiere para venir a buscarse la vida, sólo que esta vez le deja la deuda a su familia. Aunque los banqueros son muy listos, y seguro que un día de éstos, por la tarde, inventan alguna forma de hacer transferencias desde el más allá…

La tozudez de la dilación.

Algunas lunas atrás, mi buen amigo cyberf, publicaba en su blog una nota titulada Que no quiero dormir, donde argumentaba sobre las bondades que aportaría el no necesitar del sueño. Es una excelente nota del tipo “que pasaría si”.

Inicialmente le rebatí indignado, sin una especialmente elegante argumentación, el que intentara asomar beneficios en la supresión del último bastión – después del sexo – de las conquistas de la naturaleza: El sueño. Pero sus repercusiones sociales eran las que más me llamaron la atención.

Su aproximación era esencialmente física, una pastilla que haga que no necesitemos dormir y que eso no afecte nuestras capacidades mentales. Con los días seguí reflexionando sobre el tema – quesque soy muy lento – e intuía que el gran pero, estaría en factores que no tenían que ver con la parte física. La mayoría de la gente que comentaba la nota asumía una, tan simpática como utópica, voluntad de hierro para aprovechar mejor cualquier tiempo extra disponible: sacar dos carreras, pluriempleo, entre otros, pero aún así no me cuadraba. La conclusión a la que he llegado es que el “pero” es psicológico: La tozudez de la dilación humana.

Los seres humanos postergamos la acción hasta que se cumplan ciertas condiciones, que usualmente están relacionadas con la inminencia del cierre de su ventana de realización. Vamos, sino el adagio no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy hubiese pasado de moda. Postergamos casi todo y por eso creo que siempre nos falta tiempo para hacer las cosas. No estimo que se trate de una postergación intencionada, sino – a especular se ha dicho – algún mecanismo de la evolución humana, para garantizar el que sólo empleásemos energía en aquellas acciones que, priorizadas en último momento, fuesen esenciales para la supervivencia. |-|

Mi conclusión es que no sabríamos que hacer con tanto tiempo disponible, porque todas las cosas que podríamos hacer las postergaríamos de forma natural. De hecho, de forma libre sólo hacemos inmediatamente aquéllas que nos ponen bien cerca del placer o bien lejos del dolor… … … y dormir es un placer, por lo tanto impostergable.