La bici, el perro y el móvil.

man-791540_1920Unos de los múltiples inventos derivados del Estado del Bienestar es la crisis de los cuarenta. Forma parte de esos fenómenos sociales que no existían por falta de auspicio y que se han popularizado a lo largo de los años en las clases medias de Occidente. Incluso, se han transformado a medida que el propio Estado del Bienestar ha sufrido su propia crisis. Analicemos hoy la parte masculina del asunto en su versión hombre-casado-padre-de-familia.

Junto con el aumento de la esperanza de vida y los avances tecnológicos en el pulido de los espejos de baño, el hombre comenzó a experimentar una inquietud relacionada con el envejecimiento y sus señas distintivas, a saber, no verse joven (y su correlato).

La primera generación de víctimas comenzó por realizar algunos cambios en el atuendo, dejar de peinarse para atrás y hacerlo hacia adelante y cositas varias. Siendo pluriempleados no había tiempo para mucho. Algunos más desahogados se lanzaban a la tontería de buscarse una chica más joven  y, con distintos niveles de desatino, normalmente sucumbían a la ridiculez. Se confundían: A las mujeres le gustan los hombres que las hacen reír, no los que dan risa.

La segunda generación introdujo elementos de sofisticación en la parte estética, principalmente para recuperar la dignidad perdida producto de la falta de experiencia de sus padres. Pero no contentos con ello, añadieron algún artilugio compensatorio de la libertad abandonada: la moto para la mayoría y el descapotable para unos pocos.

En este continuo, las mujeres fueron muy cautelosas y condescendientes. Normalmente sentían pena y seguían la corriente mientras la cosa no se desmadrara. Lamentablemente, no tenían muchas opciones. Eran otros tiempos. Sin embargo, aún hoy es todo un poema la cara que la mujer moderna adopta cuando observa a su marido cuarentón ataviado de Valentino Rossi para salir a darse una vuelta en su Yamaha. (Aunque luego sonríe en secreto mientras su contrario se queja de las agujetas.)

A esta altura es importante destacar que esta crisis se experimenta, es decir, que esos impulsos se tienen, aunque no pasen de deseos. De eso viven, por ejemplo, las revistas de coches, aunque resulten algo anacrónicas.

Con el advenimiento del la crisis del Estado de Bienestar; la incorporación de la mujer al mercado de trabajo (aunque en condiciones desventajosas); la inducción del hombre en las responsabilidades domésticas y, finalmente, las nuevas tecnologías, ha surgido una nueva generación de hombres que expresas su crisis de formas más acordes con los tiempos. En común con sus antepasados sólo mantienen una súbita inquietud estética, porque sus artilugios de libertad ahora son otros: La bici, el perro y el móvil.

La gallardía la expresan con la bici, pidiéndole al cuerpo más de lo que puede dar en alguna travesía dominguera, eso sí, con todos sus implementos. El perro ha sido una falsa excusa didáctica para inculcar responsabilidad en los hijos, pero éstos dejaron de sacar al perro  tres días después de su llegada y le arrogaron al padre un huerto de libertad nocturna, en la que pasea al Bichón Boloñés con una mano, mientra con la otra deshoja el móvil con el pulgar como si fuera una margarita lumínica.

La crisis.

Bochinche trémens

Decía el Doctor Sacks, en un pasaje de alguno de sus libros:

“Todos necesitamos tomarnos unas vacaciones de nuestros lóbulos frontales.”

Lamento citarlo sin su contexto, pero muy probablemente estaba relacionado con los casos que tan respetuosamente trató a lo largo de su obra. Sin embargo, fue la frase, a secas y aislada, la que quedó albergada en la memoria. Era una de sus habilidades como narrador, lanzarte flechas directo a la memoria a largo plazo.

El que seamos capaces de vivir de forma civilizada, contener los impulsos, crear y respectar valores o concebirnos a través de una proyección mental, se debe a la forma en la que han evolucionado nuestros lóbulos frontales.

Lo que me escuece de vez en cuando, es que no hayamos superado como especie la peligrosa costumbre de tomarnos muy largos periodos de vacaciones de nuestros lóbulos y dejar que las cosas se desmadren observando con apatía. Y sólo entonces, en medio del caos, abordar los desastres desde la resaca de los impulsos y la tendencia chic del síndrome posvacacional.

Basta leer la red.

Los arrepentidos

dog-601216_1280En la crónica de todo movimiento político totalitario yace una figura que compite en olvido con los ganadores del Oscar al mejor vestuario: el arrepentido. Esa persona con tribuna que desde un principio fue todo vehemencia e ilusión, que por la causa convirtió en enemigos a sus amigos, que dejó de asistir a la bodas y bautizos para no toparse con ellos y que terminó entronando al líder en el altar de su fe.

Los arrepentidos van consumiendo su cuota de dignidad a medida que los procesos se consolidan, hacen caso omiso a las advertencias del sentido común, de la historia y sólo advierten el peligro cuando ya es demasiado tarde. El destino de las personas que son éticamente superiores a las causas que apoyan es, inevitablemente, caer en desgracia. Ser utilizados a conciencia y desechados como pendejos. Y si nos ponemos, ni lo de la ética, bastará con que intenten pensar levemente diferente.

Siempre me ha intrigado el proceso mental que se lleva a cabo para abrazar lo descabellado, lo que a todas luces tiene un tufo a despotismo cautivo. No me refiero al proceso colectivo, que ya ese es otro enigma, sino al personal, al que hace el individuo consigo mismo para defender y apoyar aquéllo que, hasta hace unos días, formaba parte de sus líneas rojas. Qué pasa, por ejemplo, en la mente de un brillante científico para que abrace el totalitarismo; que pasa en el corazón de un docente para que defienda a pie juntillas el adoctrinamiento sectario; qué sucede en la mente de un optometrista jubilado para que olvide separar lo que está bien de lo está mal; qué se atrofia en el razonamiento de un periodista para que deje de desconfiar de la naturaleza humana, a escudriñar en los motivos y a denunciar la falta de veracidad.

El problema con el proceso de arrepentimiento es que casi siempre se alarga demasiado, como aquellos matrimonios fallidos que encadenan segundas oportunidades y que al final siguen estando juntos por los muchachos, creyendo que con ello logran una crianza aséptica, hasta que, a la altura en la que el mal ya está hecho, alguno de los dos dice basta.

Lo peor del asunto es que el arrepentido tiene una dualidad perpetua: para los amigos, esos que simplemente se limitaron a esperarlo, se defenderá como un engañado, pero para la causa, siempre será un traidor.

En todo caso, arrepentirse es un hecho intelectualmente más exigente que confiar en el mito de los salvapatrias. Reconocerse como un equivocado sólo tiene valor si dicha condición se exhibe con el mismo ímpetu con el que se defendió la estafa.

Lo único que se puede pedir, dado que vulnerables somos todos, es que el proceso de arrepentimiento comience cuanto antes, que no se dejen pasar los primeros síntomas porque en los populismos y los totalitarismos, las culpas se enquistan.