Höφp y el secreto de amantes (II)

El doctor SԀӫꬶek y yo mantuvimos aquella conversión en oldeato antiguo. Un dialecto extinto de los poblados al suroeste de Tantumtorpaq. No por presunción académica, sino por motivos de seguridad. La revelación de secretos es un delito de pena mayor. Sin embargo, se cuentan con los dedos de una mano (y sobran) las sentencias que la han impuesto a lo largo de los últimos ochocientos años. La gente en Höφp respeta tango el secreto, que incluso guarda en secreto la revelación de uno.

Aurdionus tenía una clase luego de nuestro encuentro, así que me quedé en la cafetería completando mis notas. La amable señorita que nos había estado reponiendo nuestra dosis de café durante toda la tarde, se acercó una vez más para traerme la cuenta que le acababa de solicitar, y mientras escudriñaba en la bolsita de las monedas que llevaba al cinto para darme el cambio, me dijo sin apartar la vista: no le crea el viejo de la barba, La rey Arteolÿ no hizo eso por la guerra, lo hizo por miedo. Me lo dijo mi abuela y eso todo el mundo aquí lo sabe. Como veis, las lenguas muertas nunca mueren.

En tres minutos la señorita me doy dos pistas más y me dijo: usted averigüe y juzgue por sí mismo. En efecto, resultó ser otro de los orígenes del secreto de amantes, uno tan rocambolesco como el primero, y que según pude entender, representa el que creen a pies juntillas la otra mitad de los habitantes de la nación. Este origen se basa en la no documentada afirmación de que La rey Arteolÿ I era un ciclán. No se tienen muy claro si su caso de criptorquidia era de nacimiento o un accidente de juegos reales, lo que si es cierto es que es previo a su primer matrimonio. Ante la ausencia de descendencia con su primera esposa, sus asesores le recomendaron el repudio ya que estaba completamente amparado por el derecho consuetudinario del reino, pero dado que se había casado por amor, no le pareció digno, así que, también por amor, terminó fundando la institución del divorcio. Se casó tres de veces más sin lograr descendencia, hasta que el médico de la corte que acababa de volver de un periplo por oriente, le explicó crudamente la razón de su incapacidad reproductiva: Según su médico, la concepción requiere del trabajo conjunto de dos mitades de un macho que deben juntarse con dos mitades de una hembra. Ante la ausencia de su otra mitad, este prodigio de la naturaleza no se llevaba a cabo.

Según se cuenta, las deliberaciones fueron muy dolorosas para La rey, pero los asesores se mostraron unánimes y concluyentes. Se necesitaba la participación de otra mitad para mantener la estirpe. Así las cosas, La rey Arteolÿ I procedió de forma expedita: mandó a levantar un inventario general de los ciclanes del reino y promulgó el real decreto del secreto de amantes. Queda registro de que sus expertos en leyes no entendieron muy bien con qué fines hacía ésto último, pero el resto es historia. Tampoco está muy claro si su esposa eligió o no a su amante ciclán para complementar los limitados efluvios reales, o si sus encuentros tenían algún ritual de sincronización para que la predicción de la ciencia médica tuviera efecto, o si simplemente se dejaba a la naturaleza actuar libremente. Lo cierto es que a poco más de un año de aquellos rápidos movimientos estratégicos, la dinastía comenzó a alejarse del peligro de la extinción.