Los ecos del Gran Fustigador

«Desgraciadamente, el problema de Venezuela no fue de recursos, que los tuvo de manera casi ilimitada, sino de utilización de los recursos, que en gran parte fueron malbaratados, mal dirigidos, despilfarrados en costosas empresas estatales y al final de lo cual el país entero presenta un cuadro de fracaso económico y social.»

Varias generaciones de venezolanos, incluida la mía, crecieron fustigadas por un señor de sonrisa opaca a quien todos llamaban por sus dos apellidos. Uslar Pietri.

Yo oía sus artículos y leía sus programas de televisión con la misma sensación de estar ante esos padres poco cariñosos y estrictos que tienen la convicción de que sus hijos son incapaces de hacer algo a derechas. De esos que no tienen miramientos en decirte a la cara que eres un mantenido, parásito y despilfarrador, para ver si así, en un arranque de amor propio, se te revuelve algo por dentro y reaccionas. Un hombre que se pasó toda la vida señalando las anomalías de un Estado que nadie veía, o más claramente, que nadie quería ver1.

El extracto que encabeza esta nota no es un artículo-diagnóstico de un sesudo analista contemporáneo. Más bien, la dolorosa descripción de nuestro sino, publicada por Uslar Pietri, una mañana de mil novecientos setenta y siete (1977) bajo el título La dimensión de un fracaso. Ya ven ustedes lo tozudo que hemos salido como país. Ese al que le siguen aplicando los mismos regaños paternos después de viejo y que miraba al suelo haciendo arcos con la punta del pie mientras soñaba que hacía, de cuando en cuando, la revolución: Esa forma tan criolla con la que toda la vida hemos denominado al flagelo del caudillismo.

La prueba del algodón de una verdadera revolución (además de no etiquetarse como tal) debe ser la de imposibilitar que sigan siendo desgarradoramente válidas en el presente, las críticas vertidas sobre el orden de cosas al que, supuestamente, se pretendía superar. Porque sino, estamos condenados a repetir la historia, a hacer vigentes los mismos reclamos con los que continuaba Uslar: «… no solamente hemos malgastado alegremente el dinero que debía destinarse a construir una nación moderna, sino que hemos creado un Estado inmensamente interventor, ineficiente y torpe.»

No intento colar una trampa en la extrapolación histórica. Estamos hablando de nuestro mismo país y de sus males endémicos hipertrofiados cuarenta años después. De un país que ahora, completamente exhausto de sus decisiones, necesita repensarse, reinventarse y reencontrarse a sí mismo desde la estación base de un duro viaje de reconstrucción. Que necesita desempolvar, como quien vuelve de la vorágine, las cosas buenas de su idiosincrasia originaria.

Por justicia social y respeto a sus juramentos originarios, quienes ahora han caído en los errores de siempre – creyendo que eran aciertos – deberían tener el mismo sentido político y coherencia democrática que aquéllos a los que Uslar Pietri criticaba duramente(*); y permitir, sin ambages (o con ellos), que sea la nación quien decida lo que viene después. Es oportuno recordar que en un plazo de doce (12) meses, a finales del siglo XX, las instituciones del pacto de Punto Fijo – que precedió a actual régimen y que también dieron la espalda al país – organizaron y llevaron a cabo (a pesar del refunfuño) una elección presidencial, un referendo constituyente, una elección de representantes a una asamblea constituyente y otro referéndum de aprobación constitucional que sabían, a priori, perdidos. No hay excusas logísticas para evitar que los ciudadanos decidan. Es la base de la soberanía y la esencia de la paz democrática. Cualquier otra cosa es más caída, y el vacío no tiene redes.

Finalmente, creo que ese viaje de reconstrucción podría comenzar desechando un lastre maligno que ha fungido de mito generacional y que nos ha hecho pensar siempre de forma errónea sobre nosotros mismos: No. Venezuela no es un país rico. Simplemente, es un país pobre al que le ha tocado la lotería, que es una cosa completamente distinta.


1.- ¿Qué podía estar haciéndose mal en el Estado de una democracia joven, que hacía puentes, carreteras, centrales hidroeléctricas, centros educativos, hospitales y nacionalizaba el petróleo? Precisamente eso, que no hacía nada para que no nos carcomiera en silencio la maldición del síndrome holandés.

*.- Sentido y coherencia que luego perdieron en la figura de un golpe de estado.