¡Es la inteligencia, estúpido!

La inteligencia se aprende. Y punto. No se nace inteligente. Se llega a ser. Es una de las poquísimas cosas en la vida que no dependen totalmente del azar, aunque lo parezca, pues la capacidad de aprender la inteligencia es innata. Lo que nos puede hacer más o menos inteligentes viene determinado, casi siempre, por lo que se aprende y cómo se aprende.

Y doy fe. Entre 1979 y 1984 hubo en Venezuela un ministerio para el desarrollo de la inteligencia. Antes de que el vaivén político acabará con él, se llevaron a cabo una buena cantidad de actividades a gran escala, orientadas tanto a los no nacidos, como a niños de primaria y secundaria. Éstas buscaban, inicialmente, enseñarles a pensar, a inculcarles un método.

Aquello era rompedor, porque eran “asignaturas” que no tenía exámenes, donde no había cosas correctas o incorrectas y donde nos forzaban continuamente a usar la imaginación, no a memorizar. Vi cómo compañeros retraídos y distantes, que se aburrían como gallinas, empezaron a participar en las otras clases y, sobre todo, a hacer preguntas. Tal vez no generamos grandes científicos o poetas, pero sí muchos niños felices de aprender.

Años después, tuve la fortuna de conversar con el señor ministro que lo puso en práctica: Luis Alberto Machado. La verdad, tal vez la única vez que he hablado con un genio que, entre otras cosas, consideraba la inteligencia como un derecho. Lo hice para pedirle consejo, pues la empresa que había fundado para vender programas de desarrollo intelectual para jóvenes no terminaba de arrancar. Lo primero que me preguntó fue: ¿se burla la gente de usted o de su idea? Cuando le dije que sí, hizo un silencio y agregó: Entonces va por buen camino, aunque lo más probable es que se estrelle unas cuantas veces. Y así fue, hasta que lo dejé por otra cosa. Soy débil. Los prejuicios sobre el desarrollo de la inteligencia son tan fuertes, que rara vez salen adelante proyectos relacionados con ella.

Sin embargo, por muy aburrido que parezca, sigo pensando que, o hacemos un gran esfuerzo mundial por fomentar el desarrollo de la inteligencia o terminaremos con tal dosis de infelicidad, que acabaremos con nosotros mismos antes incluso de que lo haga el cambio climático.

🙁

Halla paz*

Como cada verano, las campañas para evitar muertes en las carreteras se hacen omnipresentes. Por más que las autoridades intenten tirar de creatividad, se siguen centrando en dos o tres puntos básicos, normalmente dirigidos al conductor y rara vez a los otros ocupantes del vehículo: i) si bebes alcohol no conduzca ii) no corras iii) no te distraigas, lo cual en estos tiempos se traduce en un, no uses el teléfono móvil al volante.

Sin embargo, creo que hay una advertencia que se deja fuera y puede estar causando más muertes que las anteriores: el cabreo.

Por ejemplo: Las estadísticas indican que la mayoría de los divorcios se producen luego del verano. Se conoce que eso de estar juntos hace daño. Por tanto, en el verano se han de dar muchas discusiones y reproches mutuos, especialmente en aquellos sitios donde la contraparte no pueda huir, como por ejemplo, un coche a ciento veinte kilómetros por hora.

Lo peligroso del asunto es que se parte del principio de que el cabreo, aunque sea constreñido, no afecta a la conducción, pero creo que alguien en dicho estado puede presentar peores síntomas peligrosos al volante que los producidos por el alcohol, la velocidad y el móvil juntos.

Así que espero ver el próximo año algún mensajito al respecto en los carteles luminosos de las autovías: “Si estás cabreado, no conduzcas.” Y de paso, uno a los acompañantes, para que, obviamente, no cabreen al conductor.

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* Sí, de hallar.

Longitud

Cuando termino un libro que me ha atrapado, suelo ponerme en pie mientras leo su última página. Cada cual tiene sus rituales de respeto, este es uno de los míos. No siempre tienes tiempo para dedicarte a las cosas que más te gustan, pero es de agradecer cuando la vida pone en tus manos algunos de estos libros hechos con cariño y con la concreción suficiente para que puedas leerlos de una sentada.

Me acaba de pasar con Longitud, de Dava Sobel, quien narra de forma breve y apasionada la interesante historia de cómo se llevó a cabo el descubrimiento de la forma de medir la longitud en el mar. Una delicia en poco más de ciento sesenta páginas en su edición en español.

Para los marinos de hace tres siglos conocer la latitud no era un problema, pero la mayoría de las veces, no tenían ni idea de la longitud. En términos generales, la mayor parte del tiempo se encontraban perdidos en medio del océano. Si me apuran, muchos de los grandes descubrimientos geográficos, empezando por el continente americano, tuvieron un gran componente supeditado al azar. En esas estábamos cuando (simplificando mucho) un rey inglés ofrece un jugoso premio a quien encuentre un método para medir la longitud de forma fácil y precisa. Para hacer una idea de tamaña empresa, sólo os adelanto que pasaron unos setenta años antes de ser otorgado. En medio, la aventura de un relojero sin formación contra la crema y nata de la astronomía.

Mi problema de siempre es que estas cosas no me suelen suceder con publicaciones de la actualidad, sino con las añejadas por el tiempo y especialmente con las descatalogadas. Con lo cual, el proceso no comienza por las vías habituales pero casi siempre vale la pena, porque también parece que lees con menos años, los que tenias en la fecha de la edición.