El hombre que confundió [lentamente] a su mujer con un sombrero.
30.04.05 12:20:34 5380.0 m.
Cuando tengan suficiente tiempo para leer con lentitud (un placer altamente recomendable) échenle un ojo a este libro de Oliver Sacks. Es ya un clásico, pero no me sentía preparado para leerlo, hasta que lo cogí los primeros días de enero y me lo comí a trocitos. Es un libro de historias clínicas de psiquiatría, que explora con una narración adherente y amena, las putadas que el cerebro le hace a los humanos (o a si mismo. según se mire) cuando existen funcionamientos aberrantes en la percepción.

Está divido en cuatro partes que abordan los casos clínicos según aquellos que representan singularidades por pérdidas, excesos, arrebatos y una sección especial para lo que Sacks denomina, los Simples. Lo que sorprende, es la capacidad del autor para narrar desde una perspectiva respetuosa las desgracias de los pacientes a los que hace referencia. Así como su tendencia a ir más allá del aspecto clínico y buscar en las profundidades de dichos desbarajustes, la esencia de la condición humana; aún para aquellos que no saben que lo son. (Humanos quiero decir.)

El otro libro, es un libro de periodista. No es que tenga nada contra los libros de periodistas, algunos son hermosos. Lo que pasa es que siempre me queda con ellos un sabor a soja en la boca, porque terminan escribiendo los libros más como reporteros que como periodistas. Es decir, con una "deformación" profesional hacia la imparcialidad que les deja con los libros a medio hacer. Desde mi humilde opinión, éste es más o menos el caso, sólo que la cantidad de información es tal que vale la pena. Se titula: Elogio de la lentitud y lo escribe un Canadiense de Londres llamado Carl Honoré. Lo cogí del estante porque últimamente estoy “acelerado” por el tema de la lentitud. Una noche, mientras cenaba en compañía de la tele, caí en cuenta que masticaba a toda velocidad, aún sin una presión aparente de hacerlo así. Me preocupé. La velocidad estaba mermando mi calidad de vida y eso era malo. Dejarse llevar por la presión inconsciente de la inmediatez hace que te enrutes hacia una necesidad insana que no te deja disfrutar de las experiencias que vives. El libro está lleno de referencias a las múltiples variantes del movimiento slow, sobre el que ya hablaremos en otra ocasión. Con respecto al trabajo y la velocidad, hay una cita bastante esclarecedora que sirve de guía para el espiritu del libro.
¿Por qué tantos de nosotros trabajamos en exceso? Una de las razones es el dinero. Todo el mundo ha de ganarse la vida, pero el apetito interminable de bienes de consumo significa que necesitamos más y más metálico. Así pues, en lugar de tomar los beneficios de la productividad en forma de tiempo libre, los tomamos como ingresos superiores.
Como me di cuenta de la cosa mientras comía, pues empiecen por el principio. Por aquí nació el movimiento slow. Aquí.

Ya saben que este tipo de notas las escribo con la intención de que no sean vinculantes.

Abrazos.

Acuarelas improbables.
21.04.05 15:53:49 4210.0 m.
Nemesio viste desgarbadamente de blanco, a juego con sus bigotes. La vida se lo gana haciéndole pintar acuarelas con escenas improbables, que la gente compra con admiración a pie de calle cautivada por su originalidad y rebuscamiento. Pero Nemesio no ve mérito en su arte; a veces, cuando está de humor, cuenta que se limita a reproducir lo que ve salir de la puerta.

Desde la acera de enfrente - cada viernes por la tarde – ayudado por la paciencia eterna del desesperanzado, adopta la postura del observador distante mientras contempla la puerta cerrada de una casa ajardinada con pensamientos morados y tulipanes naranja.

Mientras espera desdobla ocasionalmente un trajinado pañuelo turquesa y se seca la nostalgia que le escurre por la frente. Luego se aclara un ojo primero y otro después para no perder de vista la puerta. Cuando el tercer bostezo refleja la debilidad de su atención, la puerta se entreabre, como llamándole con el índice, y entonces Nemesio se prepara para acudir extasiado a los motivos que ha de pintar.

Hoy ha salido en primer lugar un quejumbroso y saturado esportillero, que carga con infinitos sacos aderezados de recuerdos, a la par que escucha en un viejo walkman sin baterías, el mantra de sus desdichas... Nemesio sólo alcanza a pensar. ¡vaya¡, se parece mí.

Después de un rato, cuando ya se ha hecho la distancia entre cata y cata, se asoma por la puerta una lección privada de francés, donde una alumna de indignación tierna le reclama a las vocales desconsoladas, el que bailen su pronunciación al son y conveniencia de las consonantes que le hacen compañía. Como los antojadizos senderos de los afectos, se dice a si mismo Nemesio.

Finalmente, y caminando con sus propias piernas, aparecen dos polímeras tazas de café acanelado, curtidas de ilusiones y auspiciadas por revelaciones alucinantes. Lo más parecido a la serenidad que Nemesio había visto jamás.

De vuelta a su taller, Nemesio pinta como si estuviera descubriendo un dibujo oculto en las entrañas de la cartulina, sin cerrar los ojos, dejando que su mano reproduzca lo improbablemente visto. Esas escenas que hacen de sus acuarelas objetos de culto a pie de calle, mientras él sólo ve mérito en vestir desgarbadamente de blanco, a juego con sus bigotes.


- - -
Esportillero: Mozo que estaba ordinariamente en las plazas y otros lugares públicos para llevar en su espuerta lo que se le mandaba.


M.

Los Metálicos
17.04.05 13:39:12 6220.0 m.
Los Metálicos son un excelente conjunto musical. Alguna vez había escuchando piezas sueltas de su trabajo, pero como quién se ve obligado a padecer los gustos musicales de los choferes de los transportes públicos del Caribe. Los adjetivos que afloraban desde mis prejuicios iban de estridencia, rebeldía sin causa e irreverencia.

A medida que he ido envejeciendo, me he topado (sin trascendencia) con Metallica en otras ocasiones, principalmente a través de la tutela inconsciente de mi amigo cyberf; hasta que hace unos días, a través de un inocente intercambio de vídeos musicales – yo le dejé el concierto de Queen Live At Wembley Stadium y él el documental Some Kind of Monster de Metallica – se podría decir en términos llanos que, he visto la luz.

Obviamente, no se trata de comprender de la noche a la mañana lo que significa Metallica, que probablemente jamás lo sienta, pero si de quedar gratamente sorprendido por otro aspecto que me fascina: El proceso creativo.

El documental sigue a Matallica en el proceso de creación del disco St. Anger, que les tomó cerca de tres años y les cogió en medio de una crisis de crecimiento en la que, como les sucede a los matrimonios añejos, los problemas de convivencia superaron al amor, y casi los llevó a la disolución. Para interpretarles el protocolo de las angustias, contrataron al Dr. Phil Towle, un terapista y Performance Enhancement Coach (¡que bonito suenan estas cosas en inglés!)

No se trata de contarles el documental, sino dos cosas que vi una y otra vez, para cogerles la esencia: La primera, fue descubrir que Metallica compone casi todas las piezas desde la perspectiva netamente músical, desde la exteriorización a la que les lleva el dejarse intuir a si mismos por los sonidos, por los acordes que grita una guitarra o tartamudea un bajo. Me refiero a esa forma de exteriorizar sin palabras, de expresar limpiamente con música una intencionalidad, a veces consciente, a veces no. Una aproximación similar a la que podría encontrarse en un compositor sinfónico, pero con la limitación de ceñirse sólo a cuatro instrumentos.

La segunda fue apreciar cómo detrás de unos humanos estigmatizado por los medios, se hayan artistas más amplios, completos y sensibles de lo que se puede uno imaginar. Artistas que sufren, son padres y esposos, padecen y hacen pupú. Como James Hetfield, la voz líder del grupo, a quien le escuché cosas como Hay mucha ira desaprovechada en el mundo... que a mucha gente le ha surgido en el momento equivocado, incluidos nosotros. O Lars Ulrich, el baterísta, de quién tomo el resumen de lo que creo que es Metallica: Hemos demostrado que se puede hacer música agresiva sin una carga negativa...

La luz de la que les hablaba al principio, es haber entendido que la música no debe ser sólo para expresar aquellos sentimientos políticamente correctos, como el amor, la felicidad, la tristeza o la resignación, (a los que casi todos solemos asociar personalmente un tipo de música) sino los muchos otros que viven en nuestros tuétanos y a veces nos carcomen, como la ira, la frustración, la agonía o el agobio.

Metallica: ¡Chapó!

Si quieren leer una sublime cata del disco St. Anger, déjense llevar por éste post de mi amigo cyberf. En la foto no figura el bajista actual, Robert Trujillo, sino Bob Rock, el productor, quien tocó el bajo en St. Anger. (Primero a la izquieda, seguido de Lars, James y el domador de egos Kirk Hammet)



llevaba puesta faldita roja y blusa marrón,
13.04.05 19:57:57 2060.0 m.
A mi libreta de notas le repatea como escribo. Es una amante cruel que se esconde cuando estiro mi mano urgida, como insinuándome. La llamo, me camino la casa mirando por los rincones, apretándome las ganas mientras ella me observa de perfil, apilada entre los papeles movedizos de la mesita de noche.

No le gusto, vive conmigo por necesidad. Ve como un sacrificio cada nuevo apunte que le propino. Me saca en cara - siempre que puede - que me ha entregado las mejores hojas de su juventud, para que yo las desperdiciara en conatos de notas que no llegan a ninguna parte. Me dice que se siente libreta-objeto, mientras sólo me deja pequeños huecos en las hojas impares donde escribo afanosamente mientras ella mira al techo.

¡Que mala que eres libreta! le digo exhausto de pena. Si tu me conoces como nadie. Tratas de tu a mis fantasmas y caminas de la mano con mis miedos inconfesables. Mas transparencia imposible.

Por eso te escribo esta nota, para pedirte que vuelvas, que aparezcas de repente en la nevera, en la revistera-bidé o debajo del televisor. ¡Que te extraño mi karma!, que no puedo escribir sin ti.

Eso.

Nota del Cartero: Se ofrece recompensa.

El Señor Yamamoto
09.04.05 23:37:46 4830.0 m.
El Señor Yamamoto es propietario de una floristería muy particular. Enamorado y respetuoso de su profesión de forjador de sonrisas – como figura en su tarjeta - se niega a preconfeccionar arreglos florales y a exponer sus fotografías en un catálogo. Yamamoto argumenta que su establecimiento no es un Burguer, donde la gente señala con el dedo a un menú para saciar un instinto. Insiste en que las flores deben ser un mensajero cómplice y no un pretexto. Así las cosas, quien desee enviar flores con el Señor Yamamoto, debe concertar una cita.

Su taller derrocha minimalismo y está pintado con esos colores extraños que no tienen nombres propios, sino que los toman prestados de la naturaleza, como lila, malva o melocotón. Luego de ofrecerte una infusión de te verde y guardar un incómodo silencio de confesor benevolente, te dedica una mirada con el gesto inconfundible de quien otorga la palabra.

Eh... sólo quería enviar unas flores a una chica, Señor Yamamoto, es la obviedad con la que empiezan todos sus clientes primerizos. Él reacciona asintiendo respetuosamente con la cabeza y moviendo sus manos lentamente hacia adelante, como si estuviera en una sesión de tai chi, que fácilmente se interpreta como un: Vale, háblame de ella. El Señor Yamamoto no te quita la mirada mientras a sorbitos se bebe la infusión. Cuando te estancas ya en las simplezas, coge una flor, le acorta el tallo y comienza a preparar un ramo a medida, ataviado con una serenidad contagiosa. Mientras sigues hablando va agregando detalles, en los cuales comienzas a ver reflejados los sentimientos que describes. Si te detienes, también interpreta tu silencio, recoloca una rosa, columpia un tulipán o espolvorea una ramita de eucalipto.

Cuando no atinas a decir nada más y sólo quedan los gestos, el arreglo floral alcanza su esplendor y te quedas turulato. A veces el Señor Yamamoto no se mueve. Algunos clientes se confunden porque sienten que no se dan a entender, pero él les mitiga la incertidumbre invitándoles a continuar. Al cabo de un rato, cuando se quedan sin palabras, mirando al suelo, Yamamoto toma una rosa, la peina con suavidad y se las ofrece como producto terminado, con aquella gestualidad milenaria que prescinde de palabras: Ella sabe todo lo que deseas decir.

Pero lo que deja perplejos a quienes recurren a el Señor Yamamoto por primera vez, no es su destreza para la floristería, ni la atmósfera de su establecimiento, o lo excéntrico de su técnica, sino las disculpas condescendiente de la recepcionista, mientras te toma los datos para realizar el envío: Espero que no se haya sentido incómodo señor, lo que pasa es que el Señor Yamamoto no entiende ni pizca de Castellano.


Querido Lector.
06.04.05 19:08:31 960.0 m.
Por estos días, los cálidos vientos de compomente sur arrean desde el oeste, y no me siento emocionalmente habilitado para publicar la segunda nota de la semana.

He descubierto con sorpresa que la lista de notas-colchón que suelo reservar para ocasiones como éstas está vacía. Así que por razones de higiene narrativa, prefiero no publicar por publicar (ya saben, por lo del respeto) y recomendarles (temerario que soy) un paseo por el archivo (abajo y a la izquierda), que alguna cosa medianamente aceptable habrá para leer.

Nos vemos el sábado.

Besos.






estoy preñada
02.04.05 15:04:06 2460.0 m.
Soy madre soltera mucho antes de haber quedado embarazada. En mi familia no hay madres casadas desde que mi bisabuela lo prohibió en un arranque de escozor emocional; arreglándoselas – nadie sabe cómo – para que todas las niñas le cumpliéramos. Que conste que los hombres nunca nos han engañado, sólo desaparecen una mañana y ya está. Sin notita expresa, sin besitos durmientes, sin la cinematrográfica rosa roja en la almuhada de su asuencia; ni siquiera unos cuantos billetes dobladitos y sudurosos en la mesita de noche, que por cierto, no vendrían nada mal.

El amor lo vivimos a través de las comedias románticas y espiando los amapuches ajenos de las parejas ilusas del parque. Lo bueno del amor es que es producto de la imaginación y que se pueden recordar cosas sin necesidad de que hayan existido. Así mentimos con propiedad cuando le contamos a las niñas, a medida que van creciendo, quién fue su papá, cómo lo conocimos y cuándo se murió. Porque eso si, todos deben ser irremediablemente amores de muerto porque es una nostalgia para la que no hace falta desarrollar resignación.

Pero me ha tocado a mi. El doctor dice que no hay duda y que puedo estar tranquila, que todo está en order. ¡Si él supiera! Cómo le digo yo esta noche, al ánima de mi bisabuela, que estoy preñada de varón.

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