Misión Washington
23.02.05 10:07:47 6460.0 m.
Todo poder con vocación absolutista siente una especial debilidad por las misiones. Le cautivan, no se conciben a sí mismos sin ellas. Pongamos por ejemplo a la Iglesia: Durante mucho tiempo monopolizó el concepto gracias al cual aseguró su expansión. El vínculo es tan estrecho que cuatro de las diez acepciones de la palabra misión que figuran en el DRAE están directamente relacionadas con ella.

Otro caso emblemático es el militar. Casi toda su operativa de define en misiones, con objetivos claros, planes de contingencia y un comprobado apego a su cumplimiento, al punto de que casi siempre la meta justifica los medios. Pero un ejemplo especialmente curioso, es el de las revoluciones jóvenes y de aquellos gobiernos que surgen de ellas, da igual que catapultados por la euforia, como los que florecen en la Europa del este, o como fruto de la frustración de los pueblos, como los que se expanden por el tercer mundo. En todo caso, éstos ven en las misiones una forma de actuación rápida, socialmente contagiosa y de supervisión desinhibida.

No me desagrada el concepto de misión. Recuerdo haber vivido y beneficiarme de ellas en mi infancia. Algunas resultaban intimidatorias, como aquellas de vacunación contra casi cualquier cosa, ante las que no había escapatoria porque nos hacían la emboscada en la escuela. Y otras especialmente estimulantes como las de alfabetización. De esta última me sabía hasta el himno de campaña, que terminaba con un inspirador colofón cantado a coro de cuatro voces: “¡acude, te estamos esperando!”

El gravísimo problema con las misiones es que se desvirtúan con asombrosa rapidez y se erigen como ineficiente representación de lo que debería ser la normalidad. Es decir, se olvida que la misión sólo mitiga una deficiencia estructural, no la soluciona. Algunas misiones llegan incluso a adquirir tal magnitud, que absorben y emplean ineficientemente más recursos de los que se necesitarían para corregir estructuralmente el problema por el que fueron concebidas. Pero es una tendencia harto difícil de revertir y que posee un fuerte anclaje social. En ese caso, lo sensato es intentar contribuir sugiriendo algunas misiones que aporten beneficios más duraderos.

He pensado en una que, sin intención provocadora, podríamos llamar Misión Washington. Tendría como objetivo el que, antes de que finalice esta década, hayamos creado una generación bilingüe Castellano-Inglés en los países latinoamericanos. Pensé en llamarla Misión Shakespeare, pero me sonaba un poco dramática, también se me ocurrió denominarla Misión Whitman, pero la poesía no está muy bien vista por estos días, además su tendencia homosexual podría engendrar rechazo en Latinoamérica; y finalmente Misión Hemingway, pero ya saben, no es buen ejemplo en el Caribe ese del suicidio. Así que MisiónGeorge Washington, cuya pronunciación es popular porque viene en todas las series de acción, me pareció adecuado. Este hombre fue un gran revolucionario sin vinculación partidista y claro defensor de la independencia y la libertad. Echando números, creo que se podría iniciar la misma con unos veinticinco mil nativos de habla inglesa en calidad de misioneros, por cada cuatro millones de estudiantes.

Sobra citar los beneficios que una generación bilingüe daría a Latinoamérica. Seríamos algo como una segunda India, en lo que respecta a la deslocalización de los Call Centers del primer mundo y los centros de producción de tecnología. Nuestro turismo se potenciaría superlativamente y que decir de la fluidez del intercambio comercial. Además, como beneficio colateral, podríamos por fin eliminar los molestos subtítulos con los que leemos las películas en versión original.

Eso.

Cristina se ha vuelto loca
17.02.05 21:49:17 5610.0 m.
Cristina tiene veintiocho años y se ha vuelto loca. Luego de dos semanas sin poder digerirle las palabras, a causa del cabreo monumental que cogió por mi pequeña incursión exploratoria a lo “think & broadcast”, en la que, según ella, la traté de modo denigrante... después de dos semanas, decía, se vino a pasar el fin de semana en el piso. Me estuvo mirando a destiempo con un aire temeroso-reflexivo, cocinó mi plato preferido, me cortó las uñas de los pies y los pelitos asomados por la nariz, me sacó algunas espinillas y me aceitó los codos porque a según, los tenía resecos. Y en una de esas, cuando ya había dejado de extrañarme la situación, ¡zas!, me apuñaleó a traición mientras me bebía un café volcánico a sorbitos. ¿Sabes qué? – me dijo – creo que deberíamos formalizar lo nuestro.

Seguí sorbiendo como para disimular, pero como los hombres no podemos sorber café y pensar simultáneamente, no alcancé a fraguar una contra-defensa inteligente. Así que con ademán desenfadado le pregunté: ¿A qué te refieres con formalizar, cariño? (ese “cariño” actúa como sufijo atenuante en la mayoría de los casos) ¿Qué más va a ser, pues? respondió (ese “pues” con retintín, actúa como reproche implícito ante la ausencia de una respuesta harto evidente) formalizar... enseriarnos, completó.

La cosa más compleja que se ha inventado con el lenguaje hablado, es la metáfora afectivo-vinculante. Aunque viéndolo detenidamente, no inventamos nada, lo que hizo el homo sapien fue trasladar pelo a pelo, la intencionalidad difusa de las señas y los gestos de cuando no tenía aún desarrollado el aparato fonador, a un conjunto de frases y palabras sobre las que se espera que la contraparte haga interpretación. Es decir, lo que Cristina deseaba evaluar era si yo interpreto formalizarse y enseriarse de la misma forma que ella.

Tengo un amigo colombiano en el trabajo, y de él tomé prestado un comodín aclaratorio, que antes me ha funcionado muy bien. Dejé la tacita vacía encima del posavasos y le pregunté: Amor, ¿¡cómo así!? (ese “Amor” ya no sirve de nada ante tanta rehuída, pero bueno, lo usé por si colaba). Se incorporó serena del sofá, y mientras recogía la tacita para llevarla de vuelta a la cocina, me dejó una frase, dicha mirando hacia atrás con vocación de lapidaria. Cariño, yo te comprendo, pero deberías ir pensado en desprenderte de ese miedo al compromiso, típico de todos los hombres... y siguió, desde la cocina, con un tratado de madurez y sentido de la vida, del cual perdí la pista luego de haber entrado en shock.

¡Por la ceguera de Borges! Cómo puede decirme que le tengo miedo al compromiso, si he firmado una hipoteca con ella por los próximos treinta años y que gracias a eso, vivo una vida de riesgo limpiando cristales todos los días. Definitivamente, en el diccionario van a tener que hacer hueco para otra acepción, porque el compromiso, al menos en el protocolo de los afectos, se ha convertido más bien, en un estado de ánimo íntimamente ligado a las expectativas del ego.


Alone at the movies (how to)
13.02.05 19:08:57 4020.0 m.
A mi compadre le resulta antinatural salir del cine y que aún haya luz del día. Por eso mi costumbre de asistir al cine en función de tarde se le antoja anacrónica. Reminiscencia de la infancia, en el mejor de los casos. Pero él no sabe lo que se pierde, contimás si le añadimos otra excentricidad: La de ir solo.

Ir al cine solo es una catarsis. Sirve para achicar la mente inundada de realidad. Uno va a ver historias imposibles, porque es imposible hacer cine de gente normal, promedio, de a pie. El guión de cualquier película y la esencia narrativa, exige que los personajes sean, invariablemente desempleados. Si así no fuese, todas las tomas tendrían que ser nocturnas, de sábado tarde o domingueras, porque son los únicos momentos que las personas normales, con vida laboral, tendrían para sufrir, reír o pensar de forma trascendente, como ocurre en las películas. Así pues, el cine ayuda a curar las frustraciones que al occidental promedio no le cura el consumismo.

Si va usted solo al cine, no importa ya a qué función, llegue un poco antes, sitúese en un lugar estratégico del hall y observe cómo, los que como usted esperan para entrar, se convierten en excelentes teloneros de la función. Allí se cuentan también seductoras historias: cada cara, cada gesto y expresión hablan de muchas más cosas de las se puede uno imaginar. Se ven amores aburridos, que han hecho de la salida al cine también una rutina. Se descubren fácilmente los que acuden juntos por primera vez, aún con las inseguridades y las celebradas torpezas del cortejo; los viejos amigos que se hacen compañía y también... los solos como usted.

Entre los solos se produce una situación curiosa. Ocurre cuando las miradas aparentemente inadvertidas de éstos se cruzan de repente y se reconocen. Como mirándose reflejados en un espejo y a la vez haciéndose los no vistos. A veces me gusta imaginar que, inconscientemente, les aflora una expresión sináptica, junto con una mueca oculta, de esas que imaginas pero no fraguas, algo así como un pensamiento desinhibido mientras se llevan una amorfa cotufa a la boca y dicen para si mismos: “que tipo tan raro ese, viene al cine solo...”

Hablemos claro
11.02.05 18:23:22 1180.0 m.
Modo de empleo: Con la cabeza inclinada hacia atrás, separar hacia abajo el párpado inferior e instilar las gotas en el saco conjuntival mientras se dirige la mirada hacia arriba.
A veces pienso que debería regularse por ley la redacción del modo de empleo de los medicamentos. No todo el mundo tiene un diccionario a la mano.

Igualmente, me asombra la invitación a la desconfianza de algunos de estos productos. Es como si estuvieran redactados para evitar demandas judiciales, entrando en ridículas contradicciones. Siguiendo este mismo ejemplo cito:
Propiedades: Solución de uso ocular que calma y refresca los ojos.
Efectos secundarios: Ocasionalemente, irritación e inflamación de los ojos.


Eso.

Bestiario
06.02.05 17:12:26 5960.0 m.
Hoy les hablaré de un tema un poco más aburrido que los habituales: La perfección. Esa cualidad de perfecto, según el DRAE, que igual vale para un roto que para un descosido. Una percepción de las cosas que sirve tanto para hablar de un crimen redondo, que no deja huellas, como de un trabajo bien hecho, una obra muy bien lograda, o un perfecto idiota. La perfección suele verse como virtud cuando se alcanza y como defecto cuando se busca.

Lo que más me curiosea de la perfección son aquellos trastornos sicológicos que incluyen o se basan en la búsqueda incesante, ya no de lo suficiente, sino de lo perfecto, perdiendo de vista completamente las imperfecciones colaterales que se generan en el camino. La anorexia o la vigorexia son buenos ejemplo, el síndrome de Superwoman también, e incluso uno sobre el que leía hace unos días, el síndrome del ama de casa, “...un trastorno psicológico que padecen tres de cada cien mujeres: la afectada limpia y ordena una y otra vez para sentirse en paz, pero cualquier atisbo de suciedad o desorden la desequilibra.”(1)

Al parecer todos estos síndromes se desarrollan porque suministran respuestas placenteras a la víctima en algún momento de su evolución, pero la cosa rara es que se centren en algo tan antinatural para el humano como la perfección.

Me gusta definir la perfección, como creo que lo hace la mayoría de la gente, tomando en cuenta el contexto. Me gusta verla como un convenio del inconciente colectivo donde más que un atributo de las cosas, es una medida: el grado en el que cualquier mejora no representa una diferencia sustancial.

Antes que buscar la perfección, que como vemos es un camino muy tortuoso, prefiero toparme con ella, disfrutar cuando me la encuentro de casualidad por allí y dejar que me deslumbre. Los matemáticos de seguro se cruzan con ella todos los días y en general los que trabajan en áreas dominadas por las teorías. Pero existen otros lugares en los cuales, si se está atento, se le puede encontrar. En los cuentos por ejemplo.

Traigo a colación los cuentos porque, dada su limitada extensión, no tienen el colchón que otorga una novela u otros géneros generosos, para elaborar extensamente. El cuentista tiene que esforzarse por lograr la concreción, sin sacrificar la belleza narrativa. El buen cuento, debería ser simple, llanito. Al menos para mi gusto.

De este último tipo de perfección me gusta mucho uno plasmado en el cuento Casa tomada, del compendio de cuentos Bestiario, de Julio Cortázar. Es acerca de la introducción de un personaje, la parte de cualquier novela o cuento en el cual el escritor dedica un esfuerzo para perfilar a un protagonista, o secundario. En las novelas, este ejercicio puede llevar varias páginas, hasta que el escritor considera que ha transmitido al lector una idea aproximada del perfilado. En el cuento, Cortazar necesita introducir un personaje complejo y muy peculiar, que le hubiese requerido un cuento aparte. Sin embargo, logra la perfección (en mi humilde y poco calificada opinión) cuando resuelve el reto en menos de diez palabras, tan significativas y suficientes que le dicen a uno todo lo que necesita saber sobre el carácter del personaje, dice: Irene era una chica nacida para no molestar a nadie.

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Nota del cartero:
(1) Fuente: 20 minutos bajo licencia Creative Commons.


Yo trabajo en una línea erótica ¿y tú?
01.02.05 21:09:56 5350.0 m.
Cuando un hombre experimenta una erección tiene dificultades para hablar, oír o conducir y por eso no suele hablar mientras mantiene relaciones sexuales... Un hombre puede perder la concentración (y la erección) cuando una mujer le habla durante la copulación. En ese momento el hombre está utilizando el hemisferio cerebral derecho y los escáners cerebrales demuestran que está tan inmerso en la actividad, que está prácticamente sordo.

Tomado de Why men don't listen & Women can't read maps por Allan y Barbara Pease

Aparte de resaltar eso de la sordera erótica masculina, a mi lo que me causa mucha impresión, es lo difícil que debe ser hacer el amor mientras te hacen un scaner en el cerebro. ¡Todo sea por la ciencia! Bueno, si la cosa es como dice la cita que encabeza esta nota, que podría ser - porque estas personas han hecho un esfuerzo por plasmar de forma amena, un cúmulo de investigaciones al respecto - lo que no me explico es cómo el negocio de las líneas eróticas puede funcionar.

Es un tipo de estimulación auditiva, que teóricamente obstaculiza la consecución del placer en el hombre, pero sin embargo resulta altamente popular como vía para conseguirlo. Adicionalmente, representa una fuente de empleo relacionada con el entretenimiento sexual que se presenta, digamos, bastante aséptica: No hace falta ni preservativo ni jabón azul. Aunque hay que ser honestos: Si una chica le dice a su padre, como quien no quiere la cosa: Papá, conseguí trabajo en una línea erótica, lo más probable es que el hombre piense que su hija se ha metido a puta.

Pero los tiempos cambian y los empleos se desmitifican. Por eso me encanta este curioso aviso. Tan limpio, formalito, sonriente y sin tetas que busca gente como tú, para trabajar en una línea erótica.

Lo más pasmoso, es que ¡no exigen experiencia previa! y lo califican como un trabajo entretenido y sencillo. Bueno, ésto último puede ser, porque total, si el cliente no te está escuchando, ya puedes decir misa (con perdón). Además, ofrecen unos beneficios laborales (Seguridad Social, opción de media jornada, turnos a elegir) con los que ni siquiera sueñan las pobres prostitutas explotadas por las mafias, en un país como España, donde esta actividad está penalizada.

La única explicación que he encontrado a esta paradoja científica, se remonta a mediados de los ochenta. Diógenes, un amigo de la adolescencia y el rico del pueblo, acababa de regresar de un viaje a Estados Unidos que sus padres le habían regalado. Entre todas las aventuras fantásticas que contaba, nos habló de las líneas calientes. Luego de un relato pormenorizado del procedimiento (para las guarrerías los adolecentes son muy detallistas) se me ocurrió preguntarle. Pero Diógenes, ¿como carajo le entendías, si tu no hablas inglés? Eso no importa mi hermano, me dijo en actitud arrogante, lo importante no es lo que te dicen, sino cómo te lo dicen, pa'que así te las podáis imaginar.

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