Mecanógrafos Callejeros (next generation)
30.08.04 14:06:29 5710.0 m.
En la posguerra europea te podías ganar la vida con una máquina de escribir. De vez en cuando, se dejan caer por allí en viejas películas, escenas de un escriba mecanizado, recibiendo el dictado de un obrero de pantalón ancho y gorra estrujada entre manos. Los mecanógrafos callejeros servían de intermediarios o intérpretes, a analfabetos reales o de caligrafía menesterosa; urgidos de hacer llegar noticias a su familia, o amada(s) -así se decía antes- o dirigirse formalmente ante instituciones oficiales.

En general, el mecanógrafo callejero llevaba a cabo un ejercicio de estandarización epistolar, consultoría de imagen y hasta asesor jurídico. Todo basado en la acumulación de experiencias ajenas. Incluso, dejándome llevar por el romanticismo, imagino que en muchos casos eran capaces de exaltar los sentimientos dictados y adornar a los admiradores torpes, cual Cyrano De Bergerac. Vamos, que no eran meros transcriptores.

Después de tantas transformaciones sociales, también la telecomunicación se ha convertido en un hecho privado. Sobre todo en el primer y segundo mundo. Es muy raro, salvo que el comunicante así lo quiera –y de esos hay muchos- que alguien se pueda enterar de una comunicación ajena en plena vía pública. Y esa relación de confianza con el transcriptor, diciéndole en voz baja las partes embarazosas de la misiva, ha desaparecido.

Pensé en todo esto hace unos días, mientras visitaba mi país, ya que ha brotado de sus calles un nuevo tipo de servicio de comunicación, aunque esta vez con teléfonos a la intemperie que se alquilan por minuto.

Las similitudes entre este servicio, y el de los mecanógrafos callejeros de antaño es muy interesante: En esencia, se vuelve a una pérdida de privacidad, sobre todo ayudado por la mala calidad de las líneas. El operador, quien te presta el servicio, está al tanto de todo lo que dices. El cable del auricular es lo bastante corto para facilitarle la tarea y cuando bajas mucho la voz, notas como se ofusca. Pero lo más curioso, es la habilidad que tienen para realizar, al vuelo, su servicio de consultoría, completamente gratis. Así, si oye que el cliente le dice a su interlocutor, que no sabe dónde realizar un trámite, el teleoperador le interrumpe para decirle, por ejemplo, eso es en el Ministerio del Trabajo. Si se percata de algo como -No mi amor, llevé los papeles y me dicen que hasta el martes- el sujeto le suelta un: -Mire, vaya ahorita y pregunte por el señor Apolinar, él le habilita eso barato.- Pasando obviamente, por recomendar servicios complementarios de mensajería: -Ve, hablate con Juancho, que ayer llamó a su mujer y le dijo que iba pa’ Caraca.

El caso que me faltaba, el de un enamorado en apuros, lo recolecté en una estación de servicio de carretera, en una zona rural. En esta escena, la teleoperadora seguía la conversación entre el muchacho y su novia enojada por un teléfono auxiliar (a petición imagino). Y midiendo las reacciones de la muchacha en tiempo real, iba aconsejando al afligido llanero sobre lo que tenía que decir. Aunque tuve que esforzarme, todo hay que decirlo; porque como se sabe, a las novias enojadas, se les ha de hablar pasitico.



Los barrenderos de Madrid están cambiando de color
27.08.04 13:57:36 6840.0 m.
Los barrenderos de Madrid están cambiando de color. A pesar de haber oído mucho aquello de que los inmigrantes vienen a realizar trabajos que los nacionales no quieren asumir, notaba con curiosidad como el oficio de barrendero seguían siendo ejercido por nacionales. Yo respeto mucho a los barrenderos, porque es un oficio duro, como todos los que se realizan a pié y a la intemperie.

Pero hace unos días, mientras caminaba por la Gran Vía, me topé con un barrendero africano. El carrito de la basura iba guiado, a medias, entre el barrendero y un niño exultante de unos ocho años. Como una versión pedestre de aquella imagen infantil en la cual conducimos el carro de papá, sentados en sus piernas. Al otro lado estaba la madre del niño, de la mano (más bien del dedo) de su barrendero e intercambiando las miradas cómplices del amor. Arriesgando su puesto claro está, porque eso de llevar el amor al trabajo puede ocasionar una sanción disciplinaria. En fin, déjenme especular sobre las probabilidades de que fuese una familia. La familia en cuestión era mixta, además el niño no parecía ser hijo biológico del barrendero, dada su aparente juventud, y además madre e hijo eran blancos. Blancos de aquí.

Una escena como esta no me hubiese dado para más, ya que me resultan normales. Pero en ese momento iba leyendo en mi periódico (si, a falta de mover las oreja, puedo leer mientras camino) una noticia sobre las declaraciones de un político muy respetado que, exponiendo sus ideas con libertad -como debe ser- decía que la integración de los inmigrantes estaba muy bien, pero sin necesidad de llegar al mestizaje, pues podría ser el fin de su país.

Me puse a reflexionar sobre cómo el mestizaje puede acabar con un país. Y sólo se me ocurrió un vago argumento: Que la idiosincrasia se modifique drásticamente, a peor. Me quedé allí parado pensando, sin lograr digerirlo muy bien: A ver, las naciones no son estructuras estáticas. Cada generación, basada en los acontecimientos sociales vividos, va modificando la forma de ser del colectivo, pero no por ello perdiendo su identidad. Que por consecuencia también es dinámica. No niego que ciertas experiencias muy traumáticas condicionen a generaciones enteras, pero en esencia ese sentido de pertenencia asociado a tu país, se mantiene. Hay países enteros que se han hecho a base del mestizaje. Concepto que por cierto, no es únicamente racial. Y que en todo caso indica mezcla, no destrucción.

Latinoamérica es un ejemplo de ello, sobre todo las naciones más ricas, que recibieron muchísima inmigración a mediados del siglo pasado. Los italianos, por ejemplo, que hacían su vida en algún país de allí, tenían hijos mestizos. Y curiosamente, la idiosincrasia del país se enriquecía con ellos, no se escoñetaba. (Estoy feliz desde que la RAE aceptó esta palabra, aunque la califique de vulgar.)

De hecho, para mi los europeos en general eran admirables. Capaces de criar hijos biculturales, y transmitirles la cultura, el idioma y los valores de su propio país en armonía con los locales. Y eso en casi todo caso, mejoraba la forma de ser de la nación de acogida.

Pero eso no quiere decir que sus hijos fuesen italianos. Ni siquiera el idioma sería igual, porque ensañarían el anclado en su generación. En pocas palabras, se perdían la evolución de la idiosincrasia de su nación, pero no por ello la esencia.

Cuando ya estaba a punto de hacerme con una idea clara, el niño perdió el control y me dio un toque con el carrito. Menos mal, como me había quedado allí, corría el riesgo de convertirme en una obstrucción reflexiva en la mitad de la acera... así que decidí continuarla con ustedes hoy.

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Disfunción eréctil y Good bye Lenin.
24.08.04 09:27:29 6070.0 m.
Los emigrantes nos llevamos una foto instantánea del país cuando partimos. Como por instinto. Ésta tiene el doble propósito de servirnos para contrastar las diferencias cuando volvemos de visita, y también como nevera donde conservar adecuadamente un convaleciente arraigo.

Pero a veces pasa el tiempo, y en una de esas vueltas varias veces pospuesta, uno se sorprende al descubrir ciertas singularidades (para hablar en términos cósmicos) que contrastan demasiado con aquella instantánea. Tal vez por eso Alberto, un gallego en cuyo negocio almorcé regularmente cerca de cuatro años, me decía que aunque quisiera, él no podría volver a "España", porque cuando la veía por la televisión, ya no le parecía lo fue. No la reconocía en su foto. Había desaparecido.

No quiero hablar de esas grandes diferencias, no es para tanto, sino de las pequeñas, que curiosamente pueden surgir de un día para otro. De las que se toman nota y ya. La primera es la proliferación, a veces angustiosa, de los anuncios de las farmacéuticas para el tratamiento de la disfunción eréctil. Si estas empresas publicitan sus productos de manera tan omnipresente, es porque hay mercado. Y esta catástrofe masculina, a pesar de la sonrisa del anunciante, tendría que haber alcanzado proporciones endémicas. Yo hasta esperaba los partes de la campaña anti-disfunción por parte del Ministerio de Sanidad. En mi foto, el único que figuraba, era un tímido Pelé, con una sonrisa panorámica, que te aconsejaba consultar con tu médico. Pero vamos, como entre dientes, despreocupadamente. ¡Coño compadre, tranquilo que esa vaina se cura!

También están los anuncios de algo llamado medicina sistémica. Admito que no me quedó muy claro, pero a partir de lo que leí en los potecitos, son como la versión moderna de los antiguos yerbateros. Aparecen testimonios y todo, como en los anuncios de los adelgazantes. Con gráficas y eso. Una vez más, lo más parecido a curas milagrosas que llevaba en mi foto, eran unos señores del Brasil, que a grito limpio le ordenaban a la gente: ¡pare de sufrir!

Tanta cosa y mira que las paperas se siguen curando con un collar de limones verdes y unas hojas de mango impregnadas con aceite de oliva y sal. O la lechina, que si no se baña uno con hojas de mata ratón, no se cura. O la culebrilla, que al igual que el mal de ojo, si no se reza, no hay nada que hacer. A ver cuando Bayer saca una pastillita para el mal de ojo y revoluciona la industria. ¿Ah? Cómo es posible que en el tercer mundo tengamos que seguir curando estas enfermendades, con métodos de la colonia.

No digo que estas cosas sean buenas ni malas. Sólo digo que son diferentes. Que no me mojo, porque esta es una dispersa nota de verano. Y ya.

Todo esto me trae a la memoria una película que hacía tiempo quería recomendarles. Aunque no sé si fue exhibida en Venezuela. (o de donde sea el querido lector) Es Good Bye Lenin. En ella estas situaciones alcanzan el paroxismo, y mantienen un constante que pasaría si de lo más entretenido. Es la primera película alemana que he visto y pues, no sabía que los alemanes podían hacer un cine así. Mira de lo que se pierde uno por la "dictadura" de los paradigmas y la "democracia" de hollywood.

Eso.

Si Bolívar hubiese tenido email
22.08.04 22:08:43 8070.0 m.
La correspondencia es inviolable – artículo sesenta y tres - dijo la maestra. Esto quiere decir que si una carta no está dirigida a ustedes, no deben abrirla y si lo estuviera, no la deben leer. Esa forma de explicar las cosas, equiparaba la Constitución a las normas de urbanidad: como lo de sacarse los mocos en público o hablar con la boca llena.

Mientras terminaban de anotar, la maestra preguntó. ¿Y por qué no se debe leer la correspondencia ajena? Como de costumbre nadie contestó, porque bien era conocido que la ley no se objetaba... entonces explicó. No se debe hacer eso, porque se tiene que respetar la privacidad de las personas. Al ver la cara de nebulosa de la clase agregó: La privacidad son como secretos personales que sólo ustedes deciden a quién contar.

Moravia, la fea de la clase, se quedó pensando, y un rato después, cuando ya se estaba hablando de la asociación con fines lícitos - artículo setenta - levantó la mano e interrumpió: entonces seño, ¡Bolívar no tenía privacidad!

La reflexión de Moravia tenía sentido. Nos machacaban semanalmente con sus pensamientos, decretos, cartas y un sin fin de correspondencia privada, y que se sepa, él no dejó dicho que hacer con ella. Técnicamente se estaba violando su privacidad. Es como si ésta sólo tuviese validez mientras estamos vivos, vamos, que una vez muertos, pueden hacer con nuestra privacidad un sancocho. Algo parecido le ha pasado a Neruda por estos días, ya que ha aparecido una carta, en la cual deja clara la tirria que le tenía a otro poeta de su generación.

Si Bolívar hubiese tenido email y dada la ingente producción epistolar de éste hombre, los herederos de su disco duro la hubiesen tenido muy fácil. Todo estaría clasificado en carpetas, y sólo bastaría con buscar en los emails enviados por educación, economía o sexo, para saber su pensar sobre el asunto.

La privacidad post mortem parece no existir. Y así como en USA hay casas especializadas en deshacerse de los bártulos de los difuntos, subastando hasta cartas de amor, - para lucro de los deudos, claro está - veo venir algo parecido para la correspondencia electrónica en cuentas muertas. (o en efecto de muertos)

Nuestra generación, gracias al email, escribe y recibe muchísima más correspondencia personal, que la de nuestros padres. Y a diferencia de éstos, no la protegemos en una caja de zapatos en el fondo del escaparate, sino con una clave. Mientras no haya legislación al respecto, nos podemos morir haciéndolos sufrir por la curiosidad. (si es que no tenemos un nieto cracker.) Pero en el ámbito de los servicios gratuitos de email, no tardará en surgir la necesidad de legislar sobre el asunto. (incluso a nivel internacional.) ¿Qué pasará con el rastro epistolar de la gente que abandona cuentas o se muere? ¿Qué pasará con la que se intercambia bajo múltiples identidades o en anonimato? ¿Crearán un cementerio digital para cartas o terminarán siendo de dominio público?... ¿eh? (odio las preguntas tan largas, pero bueno.)

De momento, nuestras cajas de zapatos digitales, no dicen nada al respecto. Los acuerdos de privacidad suponen que somos eternos y que lo que escribimos no es trascendental. Así que, la próxima vez que escriba o reciba un email, juzgue el atentado contra su privacidad imaginando que está muerto. O pida que lo cremen con su disco duro y sus sidís, cual guerrero enterrado con sus armas.

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Nota del Cartero:

Ni cuando uno da una orden para proteger su privacidad ésta se respeta después de muerto. No importa importancia del muerto.

En el testamento de Bolívar, el punto nueve dice: Ordeno: que los papeles que se hallan en poder del señor Pavageau, se quemen. Bueno, en las memorias de su médico aparece:

"Entre los papeles que por disposición testamentaria mandó El Libertador a que se quemaran me fue enseñado uno, el único que el señor Pavageau apartó para sí, y era un acta o representación de varios sujetos, cuya firma recuerdo muy bien y tal vez conocida por los contemporáneos de la época si estuvieran vivos, en la cual proponían al Libertador que se coronase. Bolívar rechazó la tal proposición en estos términos: Aceptar una corona, sería manchar mi gloria; más bien prefiero el título de primer ciudadano de Colombia. Estas palabras, afirmo como hombre de honor, haberlas visto estampadas en ese documento, que no se publicó para cumplir con las órdenes del Libertador, [si, claro] y también por no comprometer las firmas de los autores de la proposición".

Échame un cuento
20.08.04 01:48:02 4340.0 m.
Mi madre quería un hijo pelotero, como se llama en el Caribe a los jugadores de béisbol. Pero pronto la realidad le pudo y en lugar de bates y guantines me compró una colección de cuentos infantiles. La pagó a plazos eternos y fue el último lujo que nos permitimos antes del dieciocho de febrero del ochenta y tres, día en el que todos los habitantes de mi país pasamos a ser oficialmente pobres.

Junto a los cuentos venía otra colección. Se llamaba el Nuevo Tesoro de la Juventud, la cual no toqué cuando pequeño, porque no tenía dibujitos. Además decía de la juventud y no de los niñez, y esas cosas había que respetarlas. Los cuentos eran delgaditos, de tapas amarillas y olían a libro infantil: De papel de oblea, rebosante de chocolate, migas de amarillo número cinco y con marcas de sucio de uñas, por esa manía de subrayar con el dedo el renglón, típica de quien comienza a leer.

Pasaba unas tardes de agujero negro releyendo los cuentos, ya me los sabía de memoria y era tan riguroso en su reproducción, que siempre cometía los mismos errores juntando las sílabas y cantando los acentos. También me imaginaba los personajes y los cotejaba con los que el ilustrador ponía en el cuento. Casi siempre me hacía mi propia idea, modificaba en mi imaginación las caras y recreaba las voces y los detalles de los protagonistas. En resumen, ejercitaba mi imaginación.

En condiciones normales, eso haría de forma natural cualquier niño. Los he visto ejercitarse con los cuentos y aproximarse a las cosas del mundo. El bien y el mal (Caperucita Roja), los distintos tipos de personalidad (Los Siete enanitos, Los Tres Cerditos), la envidia (La Cenicienta), la soberbia (La gallinita de los huevos de oro), la estupidez (El traje nuevo del emperador) y así, pues. Eran conceptos complejos explicados muchas veces con recursos que, probablemente, no pasarían adecuadamente la clasificación por edades de hoy. Y que sin embargo, facilitaban el aprendizaje de valores a través del esfuerzo imaginativo.

Pero hoy los niños ven los cuentos, no (se) los leen. Y en eso hay una diferencia: Los ejercicios de la imaginación dejan de ser tutelados por la exigencia mental de los cuentos. Se entregan decapitados de esfuerzo, con menor variedad aleccionadora y faltos de heterogeneidad imaginativa. Tal vez lo único bueno, es que llevan canciones.

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Para hacer memoria

Cuadros de Gente Famosa
15.08.04 21:50:43 5380.0 m.
En plena sala, en la casa de mi bisabuela, había un cuadro ecuestre de Simón Bolívar. Bueno, técnicamente era un afiche, pero eso no importa. Personalmente nunca me resultó extraño, porque las imágenes de otras gentes famosas estaban repartidas por toda la vivienda: Una estatuita de José Gregorio Hernández en la entradita, una Santa Cena de Da Vinci mirando de reojo y haciendo guardia en el comedor, y alternativamente, la Virgen María o Jesús crucificado, en las partes posteriores de las puertas, o en las cabeceras de las camas.

Pero si que había un cuadro que me llamaba la atención. Estaba en un lateral de la sala. Era el de un hombre presumiblemente bajito, de nariz egocéntrica, pipa topográfica y unos lentes a lo Renny Otolina, que parecía que había nacidos con ellos. Las mujeres le llamaban Rómulo y los hombres Betancourt.

Lo que esa generación de venezolanos sentía por sus políticos, se me antoja lo más parecido al adulterio en un pueblo. Lo digo por el respeto colectivo que inspira esta institución. Todos esos políticos provocaban una admiración ganada a pulso. Rafael Caldera, Jóvito Villalba y Gustavo Machado entre otros, habían trajinado durante años, en la clandestinidad o el exilio, para instaurar la democracia en Venezuela y aunque lo que vino después fue otra historia, esa relación especial que mantenían con el pueblo, definitivamente posibilitó en gran parte el logro de sus objetivos.

Conversando con la gente de esa generación, he descubierto que las cualidades admiradas, - si bien las realidades eran otras – estaban centradas en la inteligencia, la astucia, la honradez y la preparación para ejercer la política. No recuerdo que nadie haya hecho referencia a su garra o cualidad vengadora, si bien es cierto que las circunstancias lo hubiesen justificado.

Parecía una responsabilidad ciudadana, eso de elegir a un buen hombre, educado, correcto y probo, aunque ya sabemos, se relajó groseramente con el paso de los años.

Eran relaciones de simpatías también. Al no cargar con ningún lastre de gobierno, el tender por uno o por otro político, era una cosa más de feeling, que de ideales. Ante la falta de datos sobre su capacidad de gestión, el venezolano elegía como por intuición, y poniéndoles colores distintivos, como herencia caribe del periodo federal.

¿Existe esa intuición colectiva? Sé que corro el riesgo de perderme en la subjetividad, pero intuyo que sí. Lo que pasa es que sólo parece aflorar en los momentos decisivos, en los puntos de inflexión, en ocasiones estelares, en las cuales las sociedades necesitan aclararse un poco los pensamientos, estirar las piernas, y preguntarse por donde seguir.

Escasos ya de políticos políglotas, gente sin rabo de paja y sobre todo, faltos de bisabuelos sabios, hoy mi país está pasando por una de esas jornadas que templan el carácter. Me aferro a su intuición colectiva y a los ángeles y a los Santos. Lo que diga la mayoría, es lo que vale.


Michael Ducler
11.08.04 17:46:05 6120.0 m.
Michael Ducler es solo. Es solo como se suele decir en los pueblos, para referirse a las personas que llevan su vida con el apoyo de nadie. Es un uso curioso del verbo ser, pero que aplica tanto a las madres solteras, que crían a sus hijos íngrimas en su sacrificio -Ella es sola pa’ todo- como a esos hombres ya ancianos, que han sido olvidados por sus hijos y son acompañados ahora por sus fantasmas.

Pero la soledad de Michael es más afortunada. Es un reto hablar de su vida, porque sólo tengo tres puntos para trazar esta nota. Pero más lo es, el rellenar esos blancos sin caer en el dramatismo antológico de los artículos de Selecciones de Reader’s Digest.

Conocí a Michael hace unas semanas. Más bien, me lo presentaron. Había llegado a Santa Ana de Coro, en el Caribe venezolano haría unos quince años, digamos que de polizón, -para ponerlo fácil- procedente de Haití, su depauperada tierra natal. Michael era conocido en Coro, porque trabajaba, hasta hace unos días, como bombero (expendedor de combustible) en una concurrida estación de servicio. Y porque hablaba un español atropellado, con un dejo de colono francés, y porque era negrito. Que es mucho decir en una tierra de negros.

De pequeño yo también quería ser bombero, pero no de los que apagan incendios, sino de éstos que expenden gasolina. Mi padre siempre decía que tenían mal aspecto y olían a mono, pero a mí lo que me impresionaba era la faja de billetes que sacaban para dar el vuelto. ¡Eran millonarios! Obviamente, luego me llevé la gran decepción, como también me pasó con los cajeros de los bancos. Aclarado que un bombero gana muy poco, cualquiera observador externo llegaría a la conclusión de que Michael, como muchos otros bomberos, trabajaba para sobrevivir, pero eso era una verdad a medias. Lo hacía para algo más extremo y arriesgado todavía: Para estudiar.

Eso todo el mundo lo sabía en el pueblo, y lo respetaba, aunque con cierta incredulidad. Ya saben, no fueran a ser puros cuentos del muchacho.

Pero en el Caribe desistimos rápidamente de la envidia y los malos pensamientos, cuando las evidencias son tan contundentes, y más bien nos convertimos en respetuosos testigos y admiradores del esfuerzo ajeno. Por esta seña de identidad, es que puedo explicar el que una mañana de finales de julio, todo un teatro, lleno de familiares de graduandos ataviados de zamuro, rompiera la monotonía de los aplausos de protocolo, y se pusiera en pié para aplaudir a Michael Ducler, mientras le era otorgado el título de Médico Cirujano, después de años persiguiendo en solitario su sueño, pagado con la humildad de quien llena tanques, mide el aceite y limpia los parabrisas.

Como a lo largo de su vida, su familia tampoco pudo ser testigo de la proeza de este Haitiano tozudo, pero me consta que muchos padres corianos, aprovecharon el momento, para soltarle a su hijo el del pircing, el del tatuaje, el del chicle, junto con una miradita lateral, como de becerro: Fíjate bien muchacho e’l coño, pa’ que cojas ejemplo.

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Nota del Cartero: He asumido aquí, que su nombre se escribe como suena. Días después, intenté entrevistarme con él, pero fue infructuoso. No le parecía que hubiese nada especial en su vida, como para merecer un trato distinto al resto de sus compañeros de promoción.

Aflicción reconfortante
08.08.04 18:58:06 8990.0 m.
Roberto Gómez Bolaños (Chespirito) solía colocar una nota al inicio de sus programas que decía más o menos así: “Como una forma de respeto al público, este programa no contiene risas grabadas”, haciendo referencia a la ausencia de ingeniería humorística para resaltar las escenas teóricamente chistosas. Pero a mí lo que más me cautivó, fue el concepto de respecto al público.

Esa es la razón por la cual, nunca he escrito, directamente, sobre la situación de mi país, aunque en muchas ocasiones sintiese la necesidad de hacerlo. Consideraba una falta de respecto a mis lectores venezolanos, hablar sobre algo que no estaba viviendo de primera mano, sino por relatos familiares, prensa y televisión. Pero he tenido la oportunidad de visitar mi país luego de casi dos años, y lo he hecho entre otras cosas con la esperanza de que no fuera cierta la imagen de deterioro que en tan poco tiempo me fueron contando. Principalmente porque una situación tan depauperada sólo se da de forma tan rápida en periodos de guerra.

Como todo lo que pasa en el Caribe, su realidad me ha dejado el contrastante y dual sentimiento de quien se siente afligido y reconfortado a la vez.

La aflicción me viene por el lamentable monopolio de la politiquería –que no política- en la cotidianidad de mi país. En el discurso vacío de contenido, que se enfoca más en la apuesta por “mi gallo”, y alienta el deterioro de los valores que representan el pilar de cualquier sociedad. Puedo hablar con propiedad, y no es retórica barata, porque he tratado de tú a la pobreza desde que tengo uso de razón y sólo he podido hacerlo, por dos o tres valores básicos que me enseñaron en la infancia.

Hago referencia a los valores, porque en estos días he visto a personas pobres, que escasamente tiene para comer, portando teléfonos celulares, que pueden costar hasta tres salarios mínimos, no sé, como en un intento de falsamente parapetearse la autoestima. Porque he visto el refuerzo de la informalidad laboral que ya se venía gestando desde hace más de quince años. Porque ya hay más loterías que telenovelas, que sortean hasta dos triples por día cada una. Pero principalmente, porque no nos sentimos seguros entre nosotros mismos. Porque mueren a manos de la criminalidad en un solo fin de semana, lo que en España en todo un año. Porque hay que desconfiar de cualquiera, porque asaltan en el transporte público, en las panaderías y en la calle concurrida. Y porque ahora, eso, es lo normal.

Económicamente la situación es aun peor. Mi país tiene, creo yo, la mayor cantidad de teleoperadores del mundo. Uno en cada esquina, que revenden, al cobijo de una sombrilla playera, las llamadas hasta un cincuenta por cierto más baratas que las que se puede hacer de un teléfono particular. Creo que es por ellas, que la mayor operadora móvil de Venezuela, espera facturar este año sobre los mil millones de dólares.

He comprobado que en esencia, aquella forma de pensar a la que siempre me opuse se ha magnificado y que nuestra vulnerabilidad ante la manipulación, es sorprendente. Me encontré a un señor en una cola, que me comenzó a hablar sobre imperialismo y la dignidad nacional, creo que alentado por un comentario mío en contra de una declaración de la oposición. Antes de decirle nada, luego de su extendida exposición, le mostré el mapamundi, que estaba al final de mi agenda y le pedí que me ubicara a los Estados Unidos y me apuntó al norte de Europa. De nada sirvió mi argumentación sobre la poco beneficiosa posición de confrontación y de cómo eso lo que hacía era ir en contra de los intereses de la población. Le hice ver que desde el celular que llevaba, pasando por la pastilla para su tensión, hasta el desodorante que se ponía eran “imperiales”, pero fue inútil. Me pasó muchas veces, y por eso la aflicción. Porque el futuro se diluye en un ambiente de deshonesta y constante pelea, que no hace más que beneficiar y perjudicar, respectivamente, a los mismos de siempre.

A pesar de todo, la otra cara de la moneda, la reconfortante, ha sido la oportunidad de tocar nuevamente el Caribe, hablar en mi idioma, ser escuchado y entendido. Dejarme querer por la gente que es experta en ello, -mi familia y mis amigas- y entablar conversación con desconocidos a los cuales me une una idiosincrasia y mi única forma de ser. Después de darle muchas vueltas, creo que en esa idiosincrasia está nuestra salvación, pero no en sus matices extremos, el de barriobajero y el de elitista estilográfico, sino en ese centro coherente, que aunque echador de vaina, busca que sus hijos coman primero y que no tolera que le lleguen con juguetes ajenos.

Esto quedó más largo que de costumbre y probablemente lleno de la cruz de cada día de mis lectores... pero me hacía falta contarlo.

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