El derecho a la ignorancia
30.05.04 13:19:09 5650.0 m.
Me vi obligado a releer la noticia. Una alta funcionaria de educación de una comunidad autónoma de por aquí, defendía en unas declaraciones el derecho a la ignorancia. Resumidamente: el “derecho” de un niño a no querer estudiar. Aunque se refería específicamente a los niños de inmigrantes ilegales y otros de etnia gitana. Entre otras cosas afirmó: el que ha cruzado en patera [balsa] no ha venido a estudiar 3º de ESO [Educación Secundaria Obligatoria]. Además, a mí me crea un conflicto en clase porque ese niño no quiere estar ahí, añadiendo luego: Algo parecido ocurre con los gitanos. El niño lo que quiere es ir con su padre con la fregoneta [furgoneta, vehículo de reparto] al mercado a vender fruta.

Obviamente, no voy a entrar en el análisis de la política educativa interna. Sólo me limitaré a comentarles la reflexión-reflejo que me vino a la cabeza, que no fue otra que la de los países del tercer mundo; donde nos hemos acostumbrado a ver la ignorancia como un derecho y también cómo un deber.

Siempre me sorprendió descubrir, como un alto porcentaje de la deserción escolar durante mi infancia, estaba claramente identificaba en la propia voluntad de mis compañeros. Muchachos hijos de campesinos que no le veían -con razón- utilidad alguna a la Historia del Arte y mucho menos a los polinomios y sucumbían antes de las vacaciones de diciembre a las tentaciones de lo tangible. Esto, sin la menor resistencia de sus padres. De hecho, escuchaba las mismas declaraciones: Y que voy a hacer si el muchacho no me quiere estudiar. Aunque también he de admitir haber escuchado frases de contención, de boca de padres responsables, dignas de aparecer en una antología sarcástica: Yo te traje a este mundo y yo te puedo sacar de él si no te gradúas de bachiller. ¿Está claro?

Lo cierto es que el grave problema de la pobreza endémica de los países del tercer mundo, es que somos un pez social que se muerde la cola. ¿Quién convence a un padre, -mejor madre, que nuestra pobreza es matriarcal- que el estudio puede mejorar el futuro de su hijo? ¿Cuáles son los ejemplos a los que puede recurrir en su argumentación? ¿Cómo se convence a sí mismo, que el bienestar está en que su hijo sepa de fracciones y en leer a Homero? En la pobreza extrema y sin esperanza, da la impresión que la paternidad responsable justifica el no enviar al niño a la escuela y enseñarle en su lugar, el arte de la supervivencia. Deber y derecho.

Desde el punto de vista de la familia en pobreza extrema, el “gasto” en un modelo educativo que no provea a sus hijos, al alcanzar su edad laboral, de un oficio con el cual ganarse la vida, es definitiva y absolutamente un desperdicio. Y miren que no soy asiduo a lo taxativo.

Este es el tipo de nota que no me gusta escribir. En el que me quedo seco de conclusiones constructivas y viendo como lo que se le enseña hoy en día a un joven, no le servirá siquiera como fuente de ese extraño placer del conocimiento.

La papisa Juana.
26.05.04 23:00:03 4700.0 m.
Esta no es una nota. Es una sugerencia no vinculante. He terminado de leer un librito irreverente y sabroso, de esos que lees pidiendo que no se termine. Va sobre el papa Juan VIII, que propablemente no fue papa sino papisa. Está narrado con una ingeniosidad refinada y localizado en una época tan oscura (siglo IX) y dominada por la religión, que cuando habla con seriedad de los rituales, te vez obligado a una pausa para hacer espacio a la sonrisa. Fue publicado originalmente en mil ochocientos ochenta y seis por el griego Emmanuel Royidis, que además fue hombre de un sólo libro. Como era de esperarse fue prohibido por los ortodoxos, pero muy bien aceptado en Francia. El que he leído es una traducción excelente -mérito alto por que es muy difícil traducir la irreverencia- realizada por Lawrence Durrel.

Va de una heroína que llegó a ser Papa, sin que nadie sospechara nada. Hay crónicas que hacen referencia a ella, pero la iglesia lo niega. Es un asunto bastante confuso, pero que deja tantos espacios para la duda razonable, que no puedes decir tajantemente que no fue verdad. Aquí les dejo un estracto para que se hagan una idea del tono de la narración:
Entre los pasajeros del barco estaba un viejo rabino de nombre Isahar, quien, para matar el tiempo, decidió hacer proselirismo con los dos jóvenes monjes [Juana y su amante Fumencio]. Aquel viejo usurero sin principios intentaba cobrar en almas el precio del viaje. Hizo primero un resumen de los mitos talmúdicos, según los cuales Jesús era simplemente un hábil hechicero que, enseñado por una especie de taumaturgo llamado Juan el Bautista, había prometido a la hija del emperador Tiberio hacerla madre sin intervensión masculina. La muchacha, siguiendo sus instrucciones, consiguió únicamente dar a luz una gran piedra, y esto enfureció tanto a Tiberio que ordenó a Pilatos crucificar al fraudulento profesor de magia. Según esta versión el cuerpo de Jesús fue luego enterrado cerca de un acueducto, y las aguas lo arrastraron una noche que se desbordaron, dando origen de este modo a las creencias nazarenas respecto a la resurrección.

Cuando voy a las librerías me dejo llevar, con la esperanza que los libros me busquen a mí y no al contrario. Éste me hizo señas de saltos y silbidos, desde una estantería abarrotada en la última feria del libro antiguo de Madrid.

Como no voy de crítico literario, les recuerdo que es sólo una sugerencia, que no una recomendación, y que no me hago responsables por los daños y perjuicios que pueda su lectura ocasionar.

Para saber más:
La papisa Juana
Unos comentarios interesantes

Política de Gestos
22.05.04 12:32:20 5670.0 m.
De pequeño, mi madre me obligaba a vestirme con algún regalo de mi abuela -por mucho que me desfavoreciera el ánimo- cada vez que íbamos a visitarla. En correspondencia, mi abuela siempre usaba el perfume repetido con el que yo la obsequiaba cada día de las madres, el mismo que me producía una alergia de antología.

En mi pueblo de pobres, las familias dejaban lo que no tenían para celebrar las primeras comuniones de sus hijos. Me resultaba curioso ver cómo mis compañeras de clase, habitualmente ataviadas con la modesta simpleza de la necesidad, se convertían de pronto y por única vez, en esa especie de novias infantiles o monjas prematuras –si había de por medio alguna promesa que cumplir- con guantes blancos, a pesar del sopor y pulcros zapatos de charol.

Para las bodas era algo parecido. Y aunque no me resultaban atractivas, ante cada nueva invitación, mi madre nos volvía a disfrazar. A mí, con mi único traje de mayor, adaptado de uno de mi padre, y a mi hermana con un hermoso vestido de tafetán. Con los funerales pasaba lo mismo. Yo los odiaba. Sin embargo mi madre insistía, siempre alegando dos razones. Las mismas por las que me vestía con los regalos de mi abuela, por las que íbamos a bodas, y por las que siendo pobres desafiabamos la encases: Primero, porque no hacerlo era un mal gesto y eso era casi como un pecado; y segundo, porque todas esas celebraciones eran las mejores oportunidades para entablar y mejorar las relaciones sociales (e institucionales) y desperdiciarlas, si que era, con toda seguridad, un pecado.

No voy de monárquico con esta nota, espero sepas entenderlo querido lector. Pero si la política exterior hispanoamericana estuviese en manos de mi madre, ésta no hubiese errado en la política de gestos, desatendiendo a la invitación que el Jefe de Estado español, Juan Carlos I, hizo personalmente a todos los Presidentes de Hispanoamérica para que asistiesen a la boda de su hijo Felipe, curiosamente, una de las pocas personas que puede decir, que ha asistido –desde los quince años- a la toma de posesión de todos los actuales –y pasados- presidentes de nuestro continente. Quien ha escuchado, como el pueblo, una y otra vez las mismas promesas, ha visto accidentarse Rolls-Royces en explanadas suntuosas, y hasta ha sido testigo de juramentos sobre constituciones moribundas.

Sólo los de El Salvador, Panamá, Ecuador y Colombia se han apersonado. Los demás, se han inventado la falta de flux, la alergia a las colonias y la presión de la escasez. Excusas tangentes, porque ni siquiera Nelson Mandela, un tembloroso octogenario de bastón, le ha hecho un feo, y ha tomado un vuelo comercial, de catorce horas, para sonreírle al mundo con sonrisa de su pueblo, que es el gesto clave, con el que se hace política en estos actos.

Además de políticos que hablen Inglés, como decía Janet Kelly, nos faltan madres rigurosas en el protocolo exterior, de esas que te dicen que no señales, que no te saques los mocos en público y que cierres la boca que pareces tonto. En fin, esas expertas en apaciguar el orgullo inútil y evitar los pecados por desperdicio.

Onomatopeya de las cosquillas
16.05.04 20:38:55 3990.0 m.
Algunas palabras son plurales por definición; y cosquillas es una de ellas. En cierta ocasión he pensado que el principio del fin de la infancia, comienza cuando una buena sesión de cosquillas en familia ya no resulta agradable. Pero este último es un comentario al margen, que se ha escrito solo, porque esta nota no va de un tratado sobre las cosquillas, sino sobre un aspecto de éstas que me resulta muy curioso: No se dan en silencio. Sino acompañadas de una onomatopeya muy diversa y particular.

Desde madres haciendo cosquillas a sus hijos, hasta parejas de amantes en una guerra retozona de cosquillas cómplices, un domingo por la mañana; todos emplean un sonido especial y hasta personalísimo, para aplicarlas. Incluso, existen personas en extremo sensibles, a las que el solo sonido con el que le suelen aplicar las cosquillas, les es suficiente para experimentarlas.

Reproducir estas onomatopeyas suele costar el adentrarse en el ridículo. Pero yo estoy muy curtido en el asunto y allá voy. Existen algunas variaciones compuestas por sonidos de cascabel, y sobrecargados del dígrafo "Ch"; como cuchu-cuchu, chiqui-chiqui y chucu-chucu. También están los dominados por la letra "t" más un original fonema "consonántico oclusivo, velar y sordo.” Ejemplo de éstos pueden ser tiqui-tiqui, tuco-tuco, y así por el estilo. ¡Ah! y casi siempre pronunciados en grupos de cuatro y en entonación aguda. Cosa muy importante ésta: Al parecer los tonos graves son incompatibles con las cosquillas. Accesoriamente, se suelen incorporar preguntas incontestables, cuyas respuestas no salen por la risa.

Hay cosquillas más adultas, que bueno, no sé, a mí parecen ser una prolongación torpe de las infantiles, que nos permiten explorar las vulnerabilidades del otro y que sólo después de algún tiempo, adoptan una intención lúdica. En ese caso, las onomatopeyas tienden a desaparecer y pasan a formarse frases obstruidas, también en tono agudo, en las que cada envestida cosquillera suele terminar con un signo de interrogación.

Para mí estos sonidos terminan por ser uno de las pocas ocasiones en las cuales utilizamos para expresarnos, nuestras cuerdas vocales complementariamente con el tacto. Y es una lástima. Porque de hecho, en la rutina de la vida cotidiana, las otras candidatas, como las peleas, las caricias y el sexo, suelen ser particularmente silenciosas.

Crisis Religiosa.
11.05.04 10:56:20 6950.0 m.
La duda había ascendido a certeza: Los mormones eran agentes de la CIA. Su apariencia los delataba. Nadie en el pueblo podía tragarse el cuento ese, de que eran evangelizadores de una religión. Todo en ellos olía a espía: Comenzando por sus estratosféricas dimensiones, que forzaban a levantar el cuello más de cuarenta grados para darles los buenos días. Una tez de dentera, ojos de colores y un cabello indómito. Viajaban siempre en parejas, como en las películas, con uniforme impoluto, mochila de misión selvática y además, no sudaban ni una gota en semejante sopor. Pero lo que terminó por confirmar las sospechas, fue esa plaquita negra de letras blancas con su nombre -falso por supuesto- que llevaban expuesta en el bolsillo. Hasta el más tonto sabría que era un teléfono manos libres en miniatura, que a un toque les comunicaba con la sede de la central de inteligencia.

Pero lo más desestabilizador resultó ser su doctrina. No por fantástica, sino por reciente. Afirmaban que Dios se había manifestado a su fundador hacía menos de ciento cincuenta años. ¡Que barbaridad! Ese agravio comparativo conmocionó al resto de las religiones del pueblo, que desde hacía aproximadamente dos siglos vivían sin noticias de Dios. Los evangélicos afirmaban que venían contra ellos, ya que el cura, en descarada guerra sucia, había hecho circular la especie de que el don de hablar en lenguas que les caracterizaba, era una estafa ejecutada por agentes políglotas infiltrados por la KGB. Además, de confirmarse el reciente contacto divino, quedarían obsoletos los cientos de carteles, que cual señales de tránsito, advertían sucintamente que “Cristo viene.”, dejando a la imaginación de los destinatario la magnitud de su cólera.

Los Testigos de Jehová, también se defendían. Estaban convencidos que estos recién llegados venían del imperio de norte a investigarles, a causa de un rumor engendrado por los evangélicos, quienes les involucraban en un gigantesco delito de evasión fiscal, llevado a cabo a través de su emporio editorial y de distribución puerta a puerta, que publicaba entre otros prospectos la archiconocida Atalaya.

Pero el más aterrorizado era el señor cura. Las vocaciones sacerdotales estaban en vilo. Las familias pobres reconsideraban el enviar a sus hijos al seminario, porque los mormones les resultaban más atractivos. Primero, confiaban en una mimetización milagrosa de los muchachos, siempre y cuando les iniciaren antes del desarrollo. Les ilusionaba eso del aclaramiento de la piel y una mirada tierna de uva verde. Además, aprenderían a hablar inglés, lo cual les abriría más puertas, que el difunto latín con el que serían torturados en el seminario. Finalmente, según Rubén, el agnóstico del pueblo -que curiosamente predicaba a gritos en la plaza la imposibilidad humana de verificar la existencia de Dios- no sólo estarían libres para siempre del celibato, sino que además, si eran de los ortodoxos, podrían tener todas las mujeres que quisieran, por la gracia de Dios.

Fue precisamente Rubén, quien resolvió la primera crisis religiosa de la localidad: Dado que no era creyente, todo el mundo creía en él: Contó en la plaza que los catires no tomaban café, ni te, que no tocaban el tabaco y aborrecían el alcohol. Y allí acabó todo. Sin guerras, ni muertos. Sin muros de vergüenza ni discriminaciones obscenas. Ya que al pueblo, semejantes restricciones les resultaban escandalosamente incompatibles con la fe.


Nota del Cartero: Esta es mi nota número cien. Sólo quería usarlo como excusa para agradecerles por leerlas y por su participación a través de sus comentarios. Disfruto mucho al escribirlas. Siempre he tratado de hacerlo con atención, intentando incoporar elementos suficientes para que les resulten entretenidas y cuando quepa, que inviten a la reflexión. Aunque espero seguir contando con vuestra benevolencia, en las múltiles ocasiones en las cuales no atine.

...y plantar un árbol.
07.05.04 16:05:01 4280.0 m.
El año pasado se editaron en España, sesenta y cuatro mil quinientos cincuenta y seis libros. Sin tomar en cuenta las reimpresiones. En total se imprimieron más de doscientos treinta y ocho millones de ejemplares. El sector en el cual se ha generado mayor cantidad de nuevos títulos, es el de “Literatura, historia y crítica literaria.”, con el treinta por ciento del total.

Siempre comienzo a leer los libros en las propias librerías. A veces en varias visitas. Y hasta que no me convenzo del todo, no termino comprándolo. No es una costumbre excéntrica, en lo absoluto. Es una vulgar consecuencia de la escasez de la infancia, que me obligaba a afinar las compras de casi cualquier cosa. En la pobreza, errar en una compra es un lujo muy caro.

Por eso, a mí me sorprende que haya lectores para tantos libros. O, tantos escritores para tan relativamente pocos lectores. Bueno, a decir verdad, esto último no me sorprende tanto. Realmente se escribe sobre casi cualquier cosa y la tirada media por título tiende a ser baja. Cerca de tres mil ejemplares. Además, sólo basta echar un vistazo a las librerías para darse cuenta por qué se abultan tanto las cifras:

Hay biografías sobre jóvenes futbolistas, y sobre casi cualquier actor o cantante medianamente famoso. Libros de fotos de películas y tratados sobre cocina celta. Abundan también los títulos que comienza por un “Cómo” o un “Qué”. A mí me entretiene pasarme por esa sección, aunque casi siempre la capacidad creativa del escritor se esfuma después del título. Veamos algunos de estos libros, sin menospreciar su contendio, claro está. Que por no haberlos leído, no puedo opinar. El directo: Cómo dejar de hacerse pajas mentales y disfrutar de la vida. El estratégico: Cómo defenderse de los ataques verbales. El sofisticado: Metrosexual: guía de estilo. Y el excelso: Manual de ejercicios tántricos pleyadianos.

Yo no me meto, porque hay gustos para todos. Mi única preocupación es ecológica. Porque detrás de cada libro está el sacrificio de varios árboles. Y si yo fuese árbol, a juzgar por algunos libros, me sentiría indignado de morir en balde. Además, sacando mis cuentas, que para eso soy malo, llego a la triste conclusión de que aunque hay mucha gente que ya tiene un hijo, son muchos más los que escriben libros que los que plantan árboles. Vaya déficit.

La máquina democrática.
02.05.04 20:03:48 5700.0 m.
La Rockola era una máquina que propiciaba el ejercicio de la tolerancia y la convivencia democráticas. Por eso fue víctima de un complot internacional, que la ha llevado a vivir en cautiverio, escondiendo sus voluptuosas dimensiones y su cabellera Art Deco, en reconditos pueblos asolados por la nostalgia. De hecho la Rockola, como ejercicio democrático, es mejor que el voto. Que por poco frecuente, agobiante y aburrido, sólo nos deja el equivalente emocional, de esas molestias musculares que sufrimos cuando volvemos torpemente al gimnasio. Raccionarios. Después que una mañana adulta, nos redescubrirmos sosos ante el espejo.

Con la Rockola se estudiaba comportamiento democrático con una frecuencia saludable. En primer lugar, se aprendía el respeto por las preferencias ajenas. Por los, a veces desesperantes, gustos del prójimo. Si queríamos escuchar nuestra canción, teníamos que escuchar también la de los demás. En ocasiones nuestros gustos coincidían, y en otras no. Pero todos aceptaban las reglas del juego. Asimismo, se ejercitaba el concepto de alternancia en el poder, dado que cada quien tenía su momento de gloria, cuando la máquina tocaba su selección.

Las sociedad estaba perfectamente representada, incluso se garantizaba el respeto a las minorías. Las máquinas menos avanzadas podían albergar hasta doscientos vinilos de cuarenta y cinco revoluciones. Eso daba cabida a todas las corrientes de opinión; suficiente como para que todos se sintieran representados. Recuerdo de pequeño haber escuchado sesiones tan eclécticas, que incluían los aullidos de Yolanda del Río, goteando veneno en una copa de vino; a unos Abbas traslúcidos interrogando a una Chiquitita; o a unos Beatles minimalistas que enseñaban a decir ayer en inglés. Colateralmente, con la Rockola los ciudadanos aprendían otras normas cívicas, como esperar el turno y tener paciencia, elemento básico de la democracia, dada su poca fascinación por los apuros justicieros.

En plena época dorada, existían unos modelos muy sofisticados que incluían mecanismos para evitar las tiranías y respetar la disidencia. Para repeler a los tiranos, incorporaban una opción que evitaba que se pudiese programar una canción más de tres veces seguidas; y para garantizar los derechos de los disidentes, incorporaban una funcionalidad maestra, hermosa a mi juicio, que permitía comprar silencio. Debo este dato a mi querido amigo Restituto, que me contaba como metía su moneda y seleccionaba tres minutos de silencio, para tomarse el café en un ambiente sosegado. En calma.

Como hicimos en su momento con el picó (philco) para los tocadiscos, o el paper mate para los bolígrafos, los caribeños adoptamos una marca para denominar a todos los coin-operated phonographs, también conocidos como jukebox. David C. Rockola, un canadiense emprendedor, nombró así a su compañía (Rock-Ola), una más en un ambiente otrora competitivo.

A mi juicio, la contribución de la Rockola a la democracia, hubiese sido maravillosa. Ejemplar. Pero la humanidad camina hacia el individualismo estandarizado, que le vamos a hacer. En todo caso simpre sorprende ver, como la vocación pluralista de la Rockola contrasta enormemente con la dictadura sonora en los locales de hoy día, en los que la música sólo figura como un calculado elemento del ambiente, que se elige a juego con la decoración.

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