Arma de fabricación belga
30.03.04 15:13:27 4370.0 m.
Curiosidades, Bienestar, Nota Dominguera
30.03.04 15:13:27 4370.0 m.
Curiosidades, Bienestar, Nota Dominguera
Dejó caer el arma limpiamente ensamblada sobre el pañito rojo de la mesita de abedul. Lo hizo con el mismo gesto de manos-fuera, de aquellos veloces competidores de los concursos de cubos mágicos, muy populares en los años ochenta. Los responsables militares habían traído a este cabo primero, ganador del concurso local de ensamblaje de pistola, para que disertara sobre armamento, en la clase que tendría lugar esa tarde agobiante, en el cuartel del distrito, dentro del marco del programa piloto de instrucción pre-militar, que se impartía a los jóvenes de los dos últimos años de secundaria. Utilizado prematuramente el As del espectáculo, el cabo procedió a sucumbir ante una de las armas más letales, que los militares de todo el mundo emplean contra civiles indefensos: El caletre no interpretado.
El cabo, por “sugerencia” de su superior, memorizó la descripción del arma que figuraba en algún manual militar, sin por supuesto reparar en su compresión. Lo malo de la memorización en el adulto, es que deja al descubierto los fantasmas de la escuela, y el cabo no sería la excepción. Comenzó bien, aunque con un dejo melódico, al estilo de los niños-guía, que recitan historias de castillos coloniales. Ante todo buenas tardes. Hoy les vengo a hablar del arma de reglamento del loado ejército de la nación.
De un tirón agradeció la oportunidad que su teniente le había otorgado y manifestó su deseo artificial de que la charla fuera del agrado de la concurrencia. A pesar de su buena intención y de encomendarse a su honor, todo él se precipitó rápidamente hacia la inevitable aparición de la tartamudez de la memoria: Esta es un arma de fabricación belga... de fabricación belga... [sudor], muy.. de fabricación belga [globo ocular ligeramente elevado] ... muy ... :roll: esta es una arma de fabricación belga muy versátil, con modalidades tiro a tiro y de repetición ... [liberado].
Así se paseó por los insondables caminos del cargador, el seguro y los disparos por segundo, hasta que siguiendo el guión y cruzando los dedos, abrió el ciclo de preguntas. Un alumno avezado en cuestiones irónicas, se convirtió en el verdugo de la tarde, al soltarle sin aspaviento un Disculpe mi cabo, ¿me podría decir en que país las fabrican? :> Muy interesante su pregunta, respondió, usando la trillada muletilla de quien piensa sobre la marcha, para luego agregar. No estoy muy seguro, pero me imagino que en Estados Unidos. |-|
El cabo, por “sugerencia” de su superior, memorizó la descripción del arma que figuraba en algún manual militar, sin por supuesto reparar en su compresión. Lo malo de la memorización en el adulto, es que deja al descubierto los fantasmas de la escuela, y el cabo no sería la excepción. Comenzó bien, aunque con un dejo melódico, al estilo de los niños-guía, que recitan historias de castillos coloniales. Ante todo buenas tardes. Hoy les vengo a hablar del arma de reglamento del loado ejército de la nación.
De un tirón agradeció la oportunidad que su teniente le había otorgado y manifestó su deseo artificial de que la charla fuera del agrado de la concurrencia. A pesar de su buena intención y de encomendarse a su honor, todo él se precipitó rápidamente hacia la inevitable aparición de la tartamudez de la memoria: Esta es un arma de fabricación belga... de fabricación belga... [sudor], muy.. de fabricación belga [globo ocular ligeramente elevado] ... muy ... :roll: esta es una arma de fabricación belga muy versátil, con modalidades tiro a tiro y de repetición ... [liberado].
Así se paseó por los insondables caminos del cargador, el seguro y los disparos por segundo, hasta que siguiendo el guión y cruzando los dedos, abrió el ciclo de preguntas. Un alumno avezado en cuestiones irónicas, se convirtió en el verdugo de la tarde, al soltarle sin aspaviento un Disculpe mi cabo, ¿me podría decir en que país las fabrican? :> Muy interesante su pregunta, respondió, usando la trillada muletilla de quien piensa sobre la marcha, para luego agregar. No estoy muy seguro, pero me imagino que en Estados Unidos. |-|
La Señora que Canta
26.03.04 14:16:44 6600.0 m.
Reflexiones, Curiosidades
Hacia el final de la Guerra Fría, la campaña mediática anticomunista se vio incrementada en occidente. No sé. A manera de estocada final, digamos. Proliferaban los documentales que sacaban a la luz las “verdades” del estilo de vida comunista, en las repúblicas soviéticas. Los aspectos más destacados en artículos, documentales y libros no estaban ya ralacionados con la amenaza nuclear, sino con lo mal que lo pasaban los rusos con la falta de libertad de expresión y las colas a las cuales eran sometidos. Sí, las eternas compañeras de los ciudadanos soviéticos: Una cola para comprar pan, arroz, calzado y ropa, tramitar ayudas, comprar el periódico y llamar por teléfono. ¡Con aquel frío! Pobrecitos, decía el comentarista, menos mal que en occidente no pasamos por eso.
Mientras vía aquéllo, no salía de mi asombro al comprobar que, a pesar de vivir en un país democrático, las colas eran tan comunes para mí, como lo eran para los humanos del imperio del mal. En mi Caribe natal, recuerdo haber hecho colas en los bancos de hasta tres horas para cobrar un cheque o hacer un depósito. Colas de adeudos para pagar el teléfono, el agua y la luz. He hecho colas ante los teléfonos públicos y los cajeros automáticos. Para comprar la carne en el supermercado y en las cajas para pagar. Colas de divertimento, en las taquillas del cine y hasta dentro de mismo para entrar a las salas. También colas madrugadoras para sacar el pasaporte, la cédula (carné) de identidad, o el permiso de conducir. Aunque sin duda, las más curiosas para mí, eran las colas fogosas frente a los moteles de carretera, los días de enamorados y secretarias, y las colas masoquistas frente a discotecas racistas y restaurantes de élite.
Salvo el frío, todo lo demás era igual. Bueno, realmente no. La diferencia era –no sé si todavía es- la libertad de expresión. Aunque no le importara a nadie lo que dijeras, ni fuese eso a cambiar en nada tu situación, podías expresar tu descontento, como catarsis. Por ejemplo, en la cola del banco, decir que el “servicio” era una mierda, que el cajero era una tortuga, o gritar cuando alguien se ha colaba.
Soportar una cola es un arte. Hay gente que sencillamente se resigna, resopla de hastío de vez en cuando, mantiene los brazos cruzados y asumen avances de treinta centímetros como victorias bélicas, que defienden cual si estuvieran sitiados. Vamos, como los rusos de los documentales. Existen otros que hablan y hablan. Cuentan su vida a desconocidos con la misma naturalidad de quien habla con la familia. Por esta vía me he enterado de anónimas preñeces precoces, operaciones de cálculos geológicos, infidelidades morbosas y hasta los tratamientos más efectivos para las hemorroides.
Pero hay una técnica que ha permanecido hasta ahora oculta en la Tierra Media: Cantar en voz alta. Técnica excéntrica, donde las haya, pero es justo decir, que nunca llegué a ver a su practicante estresada ni molesta. Hasta daba los buenos días a quien la atendía al final de la espera. Me topé con esta Señora muchas veces en muchas colas. Y salvo su costumbre colera, no podía intuirse en ella nada anormal. Cantaba de todo, poseía un gran repertorio. Todos los rusos la miraban con desconcierto y hasta se apartaban en previsión de un ataque repentino. Diría que preferían ver a un chino en la cola del banco, que a la Señora que Canta. Nunca la conocí, ni le di las gracias por hacerme más llevadera las colas eternas y ayudarme a reírme de mis desgracias. A modo de homenaje le dedico esta nota.
26.03.04 14:16:44 6600.0 m.
Reflexiones, Curiosidades

Mientras vía aquéllo, no salía de mi asombro al comprobar que, a pesar de vivir en un país democrático, las colas eran tan comunes para mí, como lo eran para los humanos del imperio del mal. En mi Caribe natal, recuerdo haber hecho colas en los bancos de hasta tres horas para cobrar un cheque o hacer un depósito. Colas de adeudos para pagar el teléfono, el agua y la luz. He hecho colas ante los teléfonos públicos y los cajeros automáticos. Para comprar la carne en el supermercado y en las cajas para pagar. Colas de divertimento, en las taquillas del cine y hasta dentro de mismo para entrar a las salas. También colas madrugadoras para sacar el pasaporte, la cédula (carné) de identidad, o el permiso de conducir. Aunque sin duda, las más curiosas para mí, eran las colas fogosas frente a los moteles de carretera, los días de enamorados y secretarias, y las colas masoquistas frente a discotecas racistas y restaurantes de élite.
Salvo el frío, todo lo demás era igual. Bueno, realmente no. La diferencia era –no sé si todavía es- la libertad de expresión. Aunque no le importara a nadie lo que dijeras, ni fuese eso a cambiar en nada tu situación, podías expresar tu descontento, como catarsis. Por ejemplo, en la cola del banco, decir que el “servicio” era una mierda, que el cajero era una tortuga, o gritar cuando alguien se ha colaba.
Soportar una cola es un arte. Hay gente que sencillamente se resigna, resopla de hastío de vez en cuando, mantiene los brazos cruzados y asumen avances de treinta centímetros como victorias bélicas, que defienden cual si estuvieran sitiados. Vamos, como los rusos de los documentales. Existen otros que hablan y hablan. Cuentan su vida a desconocidos con la misma naturalidad de quien habla con la familia. Por esta vía me he enterado de anónimas preñeces precoces, operaciones de cálculos geológicos, infidelidades morbosas y hasta los tratamientos más efectivos para las hemorroides.
Pero hay una técnica que ha permanecido hasta ahora oculta en la Tierra Media: Cantar en voz alta. Técnica excéntrica, donde las haya, pero es justo decir, que nunca llegué a ver a su practicante estresada ni molesta. Hasta daba los buenos días a quien la atendía al final de la espera. Me topé con esta Señora muchas veces en muchas colas. Y salvo su costumbre colera, no podía intuirse en ella nada anormal. Cantaba de todo, poseía un gran repertorio. Todos los rusos la miraban con desconcierto y hasta se apartaban en previsión de un ataque repentino. Diría que preferían ver a un chino en la cola del banco, que a la Señora que Canta. Nunca la conocí, ni le di las gracias por hacerme más llevadera las colas eternas y ayudarme a reírme de mis desgracias. A modo de homenaje le dedico esta nota.
Catadora de Dedos
23.03.04 22:13:54 5000.0 m.
Curiosidades
23.03.04 22:13:54 5000.0 m.
Curiosidades
Le habló sin rodeos, como buen Escorpio, aunque haciendo esfuerzos por obviar el calor de agobio de la habitación. Le pidió que relajara la mano, para que ella pudiera guiarla con facilidad, y a pesar de sentirse vulnerable así lo hizo, pues no tenía opción. Primero le tomó el dedo índice, suavemente pero con firmeza, y lo humedeció una levedad a fin de facilitar el rastro. Luego, lo dirigió con pericia adonde hacía falta, ejerciendo una sutil presión durante el tiempo justo, hasta que obtuvo el resultado deseado. Finalmente, haciendo alarde de porrista urbana, barajó el resto de los dedos, uno a uno, hasta completar la mano, dejando escapar junto a un suspiro de calor, una sonrisa mecánica, mientras le acercaba una toallita húmeda para que se limpiara.
Esta escena ramplona - que parece haber sido extraída de una revista porno barata, de esas trajinadas y amarillentas, que yacen en las guanteras de los camioneros - esta escena decía, es tan real como cotidiana: La llevan a cabo mecánicamente, decenas de funcionarias públicas, que laboran tomando las huellas dactilares de los tramitantes de documentos de identidad: Las Catadoras de Dedos.
Personalmente me resulta una labor fastidiosa, equiparable a la que debe sentir un operario de una cadena de montaje. Me gusta pensar que este tipo de empleados, deben de ejercitar mucho su capacidad de fantasear, a fin de combatir el tedio extremo de sus responsabilidades. En el caso de la toma huellas, estoy seguro que alguna funcionaria, de la división de extranjería de Madrid, habrá ya comenzado a escribir un libro, titulado por ejemplo, “Dedos del Mundo”. Y es que en especial por esta área, pasan dedos de casi todas las nacionalidades.
Una catadora de dedos experta, podría identificar la nacionalidad o la raza de una persona con sólo verle las manos: Los chinos por ejemplo, tienen dedos pequeños y puyúos, al igual que cierta raza de negros impuros que poseen dedos de ET. Hay dedos de tubería industrial, como la de hombres y mujeres nórdicos, y dedos de cochinillo, regordetes y breves. Hay dedos perfectos, elegantes y firmes. O cruelmente mutilados por mala suerte o ajuste de cuentas de la mafia. Los hay también con uñas comidas, cuidadas o sucias. Y hasta algunas manos clandestinas, que poseen dedos de terodáctilo.
También podrían aventurarse como esotéricas aficionadas, harto más lucrativo que eso de escribir. Leyendo los dedos, podrían adivinar el pasado tortuoso o feliz del dedohabiente. Si labran la tierra o lavan los platos. Si están expuestas a las calderas de las cocinas o a los improperios de las oficinas. Y no me pueden negar que de entrada eso impresiona.
Carpinteros, albañiles, modelos, usureros, estudiantes, choferes y contables. Todas las profesiones se delatan en la forma, textura, deformaciones y cicatrices de los dedos de la mano. Sólo hay que mirar con detenimiento.

Personalmente me resulta una labor fastidiosa, equiparable a la que debe sentir un operario de una cadena de montaje. Me gusta pensar que este tipo de empleados, deben de ejercitar mucho su capacidad de fantasear, a fin de combatir el tedio extremo de sus responsabilidades. En el caso de la toma huellas, estoy seguro que alguna funcionaria, de la división de extranjería de Madrid, habrá ya comenzado a escribir un libro, titulado por ejemplo, “Dedos del Mundo”. Y es que en especial por esta área, pasan dedos de casi todas las nacionalidades.
Una catadora de dedos experta, podría identificar la nacionalidad o la raza de una persona con sólo verle las manos: Los chinos por ejemplo, tienen dedos pequeños y puyúos, al igual que cierta raza de negros impuros que poseen dedos de ET. Hay dedos de tubería industrial, como la de hombres y mujeres nórdicos, y dedos de cochinillo, regordetes y breves. Hay dedos perfectos, elegantes y firmes. O cruelmente mutilados por mala suerte o ajuste de cuentas de la mafia. Los hay también con uñas comidas, cuidadas o sucias. Y hasta algunas manos clandestinas, que poseen dedos de terodáctilo.
También podrían aventurarse como esotéricas aficionadas, harto más lucrativo que eso de escribir. Leyendo los dedos, podrían adivinar el pasado tortuoso o feliz del dedohabiente. Si labran la tierra o lavan los platos. Si están expuestas a las calderas de las cocinas o a los improperios de las oficinas. Y no me pueden negar que de entrada eso impresiona.
Carpinteros, albañiles, modelos, usureros, estudiantes, choferes y contables. Todas las profesiones se delatan en la forma, textura, deformaciones y cicatrices de los dedos de la mano. Sólo hay que mirar con detenimiento.
Suricato bituminoso
22.03.04 12:27:03 3220.0 m.
Inmigración, Injusticias
Si alguna vez visita Madrid, no se inquiete si por el rabillo del ojo, ve venir una sombra en estampida, con cara de susto y mantas-bulto en las manos. Son los suricatos bituminosos. Ciudadanos de países africanos, que huyendo de un tipo de miseria, llegan a Madrid, para experimentar otra.
Para las autoridades policiales, representan el último eslabón de la cadena del top manta, la venta de copias ilegales de discos compactos (cidis) y dvdes: Para mi represenan mucha tristeza. Detrás, como siempre, están las mafias, que casi nunca pierden. Los africanos en cuestión, ni siquiera hablan castellano, y todo en ellos es ilegal: el hambre de la que huyen, la situación de su residencia, y lo que venden para mal vivir.
Para evitar ser capturados, utilizan la estrategia del suricato, que seguro habrá usted visto, en algún documental de “nuestra fauna salvaje”. Hay uno de ellos que otea el horizonte. El especialista en reconocer la cara de los policías de civil (paisano), que les persiguen. Entre todos le pagan, para que les alerte ante la amenaza del algún depredador. En cuyo caso, recogen su manta cruzada por cuerdas, y escapan a toda velocidad, mirando a sus espaldas, y aguantando la carrera, sólo cuando ven desaparecer el peligro. Ver que otros de tu especie huyen y tu no... afecta. Es como si se tratase de una amenaza selectiva.
No justifico la falta o delito que presuntamente, como suele decirse, estarían cometiendo. Eso no se discute. Sólo me preocupan sus caras de miedo perenne. Me preocupa que su léxico en castellano esté compuesto, principalmente, por el nombre de los cantantes de moda. Me ahoga mirar sus ojos de víctimas y que nadie piense en una solución más sofisticada y humana que capturarles y expulsarles. Me sacude en fin, que ningún cantatautor, les dedique una canción.
22.03.04 12:27:03 3220.0 m.
Inmigración, Injusticias

Para las autoridades policiales, representan el último eslabón de la cadena del top manta, la venta de copias ilegales de discos compactos (cidis) y dvdes: Para mi represenan mucha tristeza. Detrás, como siempre, están las mafias, que casi nunca pierden. Los africanos en cuestión, ni siquiera hablan castellano, y todo en ellos es ilegal: el hambre de la que huyen, la situación de su residencia, y lo que venden para mal vivir.
Para evitar ser capturados, utilizan la estrategia del suricato, que seguro habrá usted visto, en algún documental de “nuestra fauna salvaje”. Hay uno de ellos que otea el horizonte. El especialista en reconocer la cara de los policías de civil (paisano), que les persiguen. Entre todos le pagan, para que les alerte ante la amenaza del algún depredador. En cuyo caso, recogen su manta cruzada por cuerdas, y escapan a toda velocidad, mirando a sus espaldas, y aguantando la carrera, sólo cuando ven desaparecer el peligro. Ver que otros de tu especie huyen y tu no... afecta. Es como si se tratase de una amenaza selectiva.
No justifico la falta o delito que presuntamente, como suele decirse, estarían cometiendo. Eso no se discute. Sólo me preocupan sus caras de miedo perenne. Me preocupa que su léxico en castellano esté compuesto, principalmente, por el nombre de los cantantes de moda. Me ahoga mirar sus ojos de víctimas y que nadie piense en una solución más sofisticada y humana que capturarles y expulsarles. Me sacude en fin, que ningún cantatautor, les dedique una canción.
Va de Himnos
19.03.04 15:19:37 6100.0 m.
Reflexiones, Curiosidades
19.03.04 15:19:37 6100.0 m.
Reflexiones, Curiosidades
Una mañana, de aquel año tortuoso de mil novecientos ochenta y tres, la maestra nos comunicó, que el comité de tortura histórica del colegio, había resuelto organizar un acto cultural, en el cual se interpretarían los himnos nacionales de todas las repúblicas libertadas por El Libertador. Cada clase cantaría uno, y a nosotros nos había tocado el de Bolivia. La tarea incluía, claro está, investigar desde la letra hasta la música. Cosa encomiable, dada la recóndita localización geográfica de mi pueblo. A los del último curso, se les encomendó además, la interpretación del himno nacional de España, como gesto de reconciliación con la Madre Patria: eso incluía su música y su “letra”.
Por curiosidad le pregunté a la maestra-monja, sobre el origen de los himnos. Ella me soltó una respuesta muy ecuménica: Eran las canciones que nuestros soldados, cantaban para darse ánimo antes de las batallas por la libertad. A mí eso me impactó. Siempre había visto a los soldados, como los chicos que eran obligados a hacer el servicio militar porque no habían querido estudiar. Y mi maestra me los presentaba como cultos combatientes de léxico enrevesado. Las letras de los himnos incluían unas palabras que jamás había escuchado, y cuyo significado había que buscar en el diccionario: Hado, loor, inmarcesible, lid, cerviz, empíreo.
Todos los himnos iberoamericanos, encierran lógicamente un grandísimo contenido “anti-imperialista”, recuerdo histórico y aura revanchista. Incluso algunos de ellos como el de Chile, por ejemplo, recibieron ajustes de letra, para no resultar tan antiespañol. Todos ellos necesitaban explicación y siempre en los exámenes había una pregunta del tipo, cual es el significado de las estrofas del himno nacional. Ese que cantábamos todos los días antes de clase.
Luego de la difícil labor de conseguir la letra del himno de Bolivia, pudimos localizar la música, a través de un radioaficionado, padre de un compañero de clase, que hizo que un boliviano exiliado se lo cantara por radio. Había incoherencias de letra, pero eso no importaba. Mientras, los “adultos” de sexto, se desesperaban faltando unos días para el acto, porque no encontraban la letra del himno español, sin entender la socarrona sonrisa de la madre superiora, cada vez que se los topaba. Tenían la música en un disco de 45, encontrado en la radio, pero de la letra ni rastro. Como último recurso, decidieron pedir hablar con los curas, ambos españoles, que con toda seguridad se las darían. Cuando les contaron el motivo de su visita, uno de ellos les dijo que con mucho gusto, y comenzó a cantar una canción que empezaba con el verso Sereno y alegres, valientes y osados, ante lo cual el segundo interrumpió, claramente indignado, para aclararnos que el himno de España no tenía letra. Ya de mayor caí en cuenta que lo que el cura aquel había entonado, era el Himno de la República, que había desaparecido luego de la guerra civil.
El día del acto llegó, y todos las clases cantamos en formación coral, excepto los del último curso, que una vez formados, se pusieron la mano en el corazón en señal de respeto, mientras un tocadiscos del programa de alfabetización, reproducía las notas del himno de España, ante la atónita mirada de los representantes, que detrás de cada compás, permanecían expetantes para escuchar la letra.
Por curiosidad le pregunté a la maestra-monja, sobre el origen de los himnos. Ella me soltó una respuesta muy ecuménica: Eran las canciones que nuestros soldados, cantaban para darse ánimo antes de las batallas por la libertad. A mí eso me impactó. Siempre había visto a los soldados, como los chicos que eran obligados a hacer el servicio militar porque no habían querido estudiar. Y mi maestra me los presentaba como cultos combatientes de léxico enrevesado. Las letras de los himnos incluían unas palabras que jamás había escuchado, y cuyo significado había que buscar en el diccionario: Hado, loor, inmarcesible, lid, cerviz, empíreo.
Todos los himnos iberoamericanos, encierran lógicamente un grandísimo contenido “anti-imperialista”, recuerdo histórico y aura revanchista. Incluso algunos de ellos como el de Chile, por ejemplo, recibieron ajustes de letra, para no resultar tan antiespañol. Todos ellos necesitaban explicación y siempre en los exámenes había una pregunta del tipo, cual es el significado de las estrofas del himno nacional. Ese que cantábamos todos los días antes de clase.
Luego de la difícil labor de conseguir la letra del himno de Bolivia, pudimos localizar la música, a través de un radioaficionado, padre de un compañero de clase, que hizo que un boliviano exiliado se lo cantara por radio. Había incoherencias de letra, pero eso no importaba. Mientras, los “adultos” de sexto, se desesperaban faltando unos días para el acto, porque no encontraban la letra del himno español, sin entender la socarrona sonrisa de la madre superiora, cada vez que se los topaba. Tenían la música en un disco de 45, encontrado en la radio, pero de la letra ni rastro. Como último recurso, decidieron pedir hablar con los curas, ambos españoles, que con toda seguridad se las darían. Cuando les contaron el motivo de su visita, uno de ellos les dijo que con mucho gusto, y comenzó a cantar una canción que empezaba con el verso Sereno y alegres, valientes y osados, ante lo cual el segundo interrumpió, claramente indignado, para aclararnos que el himno de España no tenía letra. Ya de mayor caí en cuenta que lo que el cura aquel había entonado, era el Himno de la República, que había desaparecido luego de la guerra civil.
El día del acto llegó, y todos las clases cantamos en formación coral, excepto los del último curso, que una vez formados, se pusieron la mano en el corazón en señal de respeto, mientras un tocadiscos del programa de alfabetización, reproducía las notas del himno de España, ante la atónita mirada de los representantes, que detrás de cada compás, permanecían expetantes para escuchar la letra.
Pretérito perfecto
17.03.04 00:01:00 5000.0 m.
Reflexiones
Aquí, las referencias al pasado están monopolizadas por el pretérito perfecto compuesto. Tranquilos, que no voy de clase de gramática, sino de temperamentos. Veamos: Si un caribe de a pie, pisa accidentalmente una concha de plátano y se cae, luego de los sagrados improperios, relatará lo acontecido haciendo uso, casi exclusivamente, del pretérito perfecto simple: ¡Me caí! Si esto mismo le sucede a un españolito medio, casi con toda seguridad, relatará su accidente en pretérito perfecto compuesto: ¡Me he caído!
Me parece que, a veces, la forma de hablar denota mucho nuestra forma de pensar. Estos dos tiempos verbales tienen, gramaticalmente, usos distintos. El pretérito perfecto compuesto, (¡Me he caído!) se usa para referirse a una acción ya terminada, pero cuyas consecuencias existen aún en el presente. Con nuestro ejemplo, resulta que quien se cayó, aún le duele, lo tiene presente, fresco, aún le importa. Se le suele llamar también de una forma muy sugerente, digna de la serie Star Trek: antepresente. Por otra parte, el pretérito perfecto simple (¡Me caí!) se usa para referirse a una acción ya terminada y que no tiene vinculación con el presente. Lo que pasó, pasó.
Me resulta tentador imaginar que esto tenga relación con el temperamento. El Caribe, descuida mucho el pasado y casi no dedica energía a reflexionar sobre él. De hecho, lo considera como una pérdida de tiempo. Así, el pasado lo cuenta siempre lejano, aunque se esté refiriendo a lo acontecido hace cinco minutos. Incluso desde pequeños, cuando estamos aprendiendo a caminar y nos caemos, los mayores nos animan a que nos levantemos, a que no lloremos, que eso no duele, que ya pasó. De mayores lo mismo: Me quedé dormido esta mañana, llegué tarde al trabajo y el jefe me miró feo. ¡No pasa nada, pa’lante!. Esto podría resultar una excelente terapia psicológica, pero a su vez, una soga al cuello cuando se trata de cosas transcendentales, como la política y el amor. Por eso, es probable que también seamos poco propensos al rencor colectivo. No sé. Somos como desconfiados para lo cotidiano pero ingenuos para lo trascendental.
Por el contrario, el español medio, distingue en el hablar –creo que más por costumbre y de forma inconciente- la influencia del pasado en su presente. Y mantiene vivas aquellas cosas que le condicionan su actualidad. Algunas no las llegan a olvidar nunca, y reacciona ante ellas con reflejos condicionados.
Todo esto lo traigo a colación, ya que por estos días, hay una pregunta-lema colectiva que se hace en pretérito perfecto compuesto: ¿quién ha sido? Y hasta yo la digo así. La intuición de la respuesta tiene alarmas encendidas por toda Europa y le ha dado la vuelta política a un país, que se encontró con la infamia, en las vías del ferrocarril.
17.03.04 00:01:00 5000.0 m.
Reflexiones

Me parece que, a veces, la forma de hablar denota mucho nuestra forma de pensar. Estos dos tiempos verbales tienen, gramaticalmente, usos distintos. El pretérito perfecto compuesto, (¡Me he caído!) se usa para referirse a una acción ya terminada, pero cuyas consecuencias existen aún en el presente. Con nuestro ejemplo, resulta que quien se cayó, aún le duele, lo tiene presente, fresco, aún le importa. Se le suele llamar también de una forma muy sugerente, digna de la serie Star Trek: antepresente. Por otra parte, el pretérito perfecto simple (¡Me caí!) se usa para referirse a una acción ya terminada y que no tiene vinculación con el presente. Lo que pasó, pasó.
Me resulta tentador imaginar que esto tenga relación con el temperamento. El Caribe, descuida mucho el pasado y casi no dedica energía a reflexionar sobre él. De hecho, lo considera como una pérdida de tiempo. Así, el pasado lo cuenta siempre lejano, aunque se esté refiriendo a lo acontecido hace cinco minutos. Incluso desde pequeños, cuando estamos aprendiendo a caminar y nos caemos, los mayores nos animan a que nos levantemos, a que no lloremos, que eso no duele, que ya pasó. De mayores lo mismo: Me quedé dormido esta mañana, llegué tarde al trabajo y el jefe me miró feo. ¡No pasa nada, pa’lante!. Esto podría resultar una excelente terapia psicológica, pero a su vez, una soga al cuello cuando se trata de cosas transcendentales, como la política y el amor. Por eso, es probable que también seamos poco propensos al rencor colectivo. No sé. Somos como desconfiados para lo cotidiano pero ingenuos para lo trascendental.
Por el contrario, el español medio, distingue en el hablar –creo que más por costumbre y de forma inconciente- la influencia del pasado en su presente. Y mantiene vivas aquellas cosas que le condicionan su actualidad. Algunas no las llegan a olvidar nunca, y reacciona ante ellas con reflejos condicionados.
Todo esto lo traigo a colación, ya que por estos días, hay una pregunta-lema colectiva que se hace en pretérito perfecto compuesto: ¿quién ha sido? Y hasta yo la digo así. La intuición de la respuesta tiene alarmas encendidas por toda Europa y le ha dado la vuelta política a un país, que se encontró con la infamia, en las vías del ferrocarril.
Sin bandera y con paraguas
13.03.04 11:05:15 3530.0 m.
Reflexiones
Al llegar me di cuenta que no llevaba bandera. Había salido del trabajo directo a la manifestación y lo único que llevaba en las manos era la botella de agua, unas notas, y el periódico del día. Pero ayer tarde no hacía falta, era la tarde de los paraguas y ese sí que lo llevaba, más como amuleto meteorológico, que como destartalada herramienta de protección.
Nunca había permanecido tanto tiempo bajo la lluvia. Nadie se movía, y eso me hizo pensar que probablemente los paseos de Recoletos y El Prado se quedarían cortos. Los helicópteros batían con sus hélices las nubes, que no paraban de llorar. A esa hora toda España hacía lo mismo, dejando a un lado las diferencias políticas del día anterior, la campaña electoral de la semana anterior, la desconfianza mutua del mes anterior y manifestando realmente unidos ante una infamia.
Después de Tiananmen , nunca había visto a un chino manifestando y ayer lo vi. Con una pancarta de la asociación de empresarios chinos. Y vi negros azules y rumanos transparentes y suramericanos tristes, más tristes que nunca. Y achacosas ancianas con zapatos de monja estéril y velas impermeables. Y parejas con sus niños. Todos con paraguas. Todos forasteros, porque en Madrid, casi nadie es de Madrid. Los muertos y víctimas de los trenes que llavaban los números 17.305, 21.431, 21.435 y 21.713 eran y son una muestra más que representativa de los habitantes de esta ciudad. Sólo entre los muertos hay once nacionalidades distintas. El gobierno ha decidido adoptarlas y ha otorgado la nacionalidad española a todas las victimas extranjeras y sus familiares, como gesto de solidaridad.
Volví a casa empapado, drenado y con bandera. Una de luto en pegatina, que un espontáneo me colocó en la solapa. Fue una tarde húmeda, una conspiración de la naturaleza para disimular las lágrimas de un pueblo, del que ya me voy creyendo aquello, de que no está hecho para el desaliento.
13.03.04 11:05:15 3530.0 m.
Reflexiones
Nunca había permanecido tanto tiempo bajo la lluvia. Nadie se movía, y eso me hizo pensar que probablemente los paseos de Recoletos y El Prado se quedarían cortos. Los helicópteros batían con sus hélices las nubes, que no paraban de llorar. A esa hora toda España hacía lo mismo, dejando a un lado las diferencias políticas del día anterior, la campaña electoral de la semana anterior, la desconfianza mutua del mes anterior y manifestando realmente unidos ante una infamia.
Después de Tiananmen , nunca había visto a un chino manifestando y ayer lo vi. Con una pancarta de la asociación de empresarios chinos. Y vi negros azules y rumanos transparentes y suramericanos tristes, más tristes que nunca. Y achacosas ancianas con zapatos de monja estéril y velas impermeables. Y parejas con sus niños. Todos con paraguas. Todos forasteros, porque en Madrid, casi nadie es de Madrid. Los muertos y víctimas de los trenes que llavaban los números 17.305, 21.431, 21.435 y 21.713 eran y son una muestra más que representativa de los habitantes de esta ciudad. Sólo entre los muertos hay once nacionalidades distintas. El gobierno ha decidido adoptarlas y ha otorgado la nacionalidad española a todas las victimas extranjeras y sus familiares, como gesto de solidaridad.
Volví a casa empapado, drenado y con bandera. Una de luto en pegatina, que un espontáneo me colocó en la solapa. Fue una tarde húmeda, una conspiración de la naturaleza para disimular las lágrimas de un pueblo, del que ya me voy creyendo aquello, de que no está hecho para el desaliento.
Asesinados
11.03.04 14:48:33 3350.0 m.
Injusticias
11.03.04 14:48:33 3350.0 m.
Injusticias
Llevábamos detenidos en la vía cerca de diez minutos. Pero en hora punta suele ser normal. El pasaje ya había comenzado a realizar esa curiosa rutina de nado sincronizado: mirando el reloj mientras mueven la pierna sentada. Eran las siete y cuarenta y cinco de esta misma mañana. En un silencio de "paso de ángel", el maquinista activó la megafonía interna y reportó con una neutralidad suiza, el sucinto mensaje: Todo el servicio de trenes de cercanías se encuentra detenido, motivado a un atentado terrorista en la estación de Atocha. Disculpen las molestias. Esta vez, el léxico del maquinista fue contundente. No dejó la duda que dejan los tecnicismos. Fue claro como para dejar el tren en silencio, disculpando en la incertidumbre, las molestias de la muerte.
En la cara opuesta a la ruta de mi tren, en la estación-colmena de Atocha, la más transitada de toda la red, y en otras tres de la zona sur-este de Madrid, el terrorismo había hecho estallar las vidas de adormilados hombres, mujeres e infantes, que se dirigían a sus trabajos en obras de construcción, almacenes por departamentos y pupitres de metacrilato.
Mientras escribo esta nota, para drenar la consternación, los muertos ya alcanzan los ciento setenta y tres, y setecientos once los heridos. Atentar en un tren, es como hacerlo en varios aviones. Un convoy como los atacados, abarrotado en hora punta, puede llevar cerca de mil cuatrocientas personas. La vileza quería asegurarse, y colocó una bomba por vagón.
Terrorismo es una palabra que muestra la contundencia de su significado, cuanto más cerca nos grita al oído. Lo de hoy en Madrid, ha sido un estruendo, al menos para mi. Porque aunque no me gusten las grandes ciudades, ni la amargada premura de la metrópili, tampoco soporto verlas sufrir, ni sangrar, ni peregrinar con sus (nuestros) muertos y heridos, por las pantallas de la televisión.
Ánimo Madridz.
En la cara opuesta a la ruta de mi tren, en la estación-colmena de Atocha, la más transitada de toda la red, y en otras tres de la zona sur-este de Madrid, el terrorismo había hecho estallar las vidas de adormilados hombres, mujeres e infantes, que se dirigían a sus trabajos en obras de construcción, almacenes por departamentos y pupitres de metacrilato.
Mientras escribo esta nota, para drenar la consternación, los muertos ya alcanzan los ciento setenta y tres, y setecientos once los heridos. Atentar en un tren, es como hacerlo en varios aviones. Un convoy como los atacados, abarrotado en hora punta, puede llevar cerca de mil cuatrocientas personas. La vileza quería asegurarse, y colocó una bomba por vagón.
Terrorismo es una palabra que muestra la contundencia de su significado, cuanto más cerca nos grita al oído. Lo de hoy en Madrid, ha sido un estruendo, al menos para mi. Porque aunque no me gusten las grandes ciudades, ni la amargada premura de la metrópili, tampoco soporto verlas sufrir, ni sangrar, ni peregrinar con sus (nuestros) muertos y heridos, por las pantallas de la televisión.
Ánimo Madridz.
Postales Públicas.
09.03.04 00:15:39 4880.0 m.
Curiosidades, Bienestar
09.03.04 00:15:39 4880.0 m.
Curiosidades, Bienestar
Un día, estaba intentando averiguar para qué servía el botón con las siglas SW, del radio de la casa. Tendría unos doce años recién cumplidos. Esa edad en la cual la ingenuidad comienza a ser castigada y los adultos te prueban para ejercitarte. Un tío loco, ufólogo aficionado, me dijo que servía para escuchar a los marcianos. Y pues, cuando comencé a mover el dial y a escuchar sonidos como “de otros mundos” palidecí.
Afortunadamente, unas rayitas más adelante me topé con algo que sonaba familiar, una tal Radio Netherlands, dónde hablaban holandés en perfecto castellano. Y fue así como entré en una adolescencia auspiciada por el diexismo.
Estaciones como éstas te invitaban a reportar sus transmisiones a través de una postal, cuya recepción acusaban en sus programas. Que ilusión. En mi vida había enviado una carta y menos una postal, pero me animé. Para mí fue una aventura de incredulidad.
Compré una amarillenta postal del amazonas, porque no había de otra. El espacio para el mensaje se me acabó después que escribí el inapropiado “Me dirijo a ustedes...” y la sensación de inutilidad de la misiva salió a relucir inmediatamente. Fui disminuyendo el tamaño de la letra hasta que logré decirles en cual dial los recibía, y no quedó espacio ni para contar el programa que más me gustaba. Puse la dirección en el lugar indicado y me asusté al ver que también incluía un espacio para la estampilla. ¡Coño!, me dije, como que esto viaja desnudo.
Que desgracia. Resulta que las postales son un atentado oficial contra la privacidad. Me negué. Y a pesar de la explicación-burla del señor del correo, compré un sobre “para postal” y así la envíe. No me encontraba cómodo con la idea que alguien pudiera leer mi correspondencia. Jamás escuché la recepción de la misma, pero si que me enviaron en respuesta una postal desnuda. Que pena.
Todo esto viene a cuento, porque un domingo de éstos, mientras vagaba por un popular mercado de segunda mano de Madrid, me topé con una curiosidad postal: Un gitano que vendía tarjetas postales usadas a veinte céntimos. No me aguanté y escogí tres al azar. Todas con al menos treintas años de antigüedad y variados saludos típicos de postales. Las primeras que he comprado, no hacen más que fungir de testigos de viaje y tienen la vocación transparente de inspiradoras de envidias. Los destinatarios son cualquier Juan Pérez y sus direcciones y mensajes de dominio público. Vamos, que en contra de mis principios estoy atrapado por un voyeurismo postal. Algo me dice que ocultas en su desnudez, se deben hallar un montón de buenas historias.
Ver más: Historia de la postal
Afortunadamente, unas rayitas más adelante me topé con algo que sonaba familiar, una tal Radio Netherlands, dónde hablaban holandés en perfecto castellano. Y fue así como entré en una adolescencia auspiciada por el diexismo.
Estaciones como éstas te invitaban a reportar sus transmisiones a través de una postal, cuya recepción acusaban en sus programas. Que ilusión. En mi vida había enviado una carta y menos una postal, pero me animé. Para mí fue una aventura de incredulidad.
Compré una amarillenta postal del amazonas, porque no había de otra. El espacio para el mensaje se me acabó después que escribí el inapropiado “Me dirijo a ustedes...” y la sensación de inutilidad de la misiva salió a relucir inmediatamente. Fui disminuyendo el tamaño de la letra hasta que logré decirles en cual dial los recibía, y no quedó espacio ni para contar el programa que más me gustaba. Puse la dirección en el lugar indicado y me asusté al ver que también incluía un espacio para la estampilla. ¡Coño!, me dije, como que esto viaja desnudo.
Que desgracia. Resulta que las postales son un atentado oficial contra la privacidad. Me negué. Y a pesar de la explicación-burla del señor del correo, compré un sobre “para postal” y así la envíe. No me encontraba cómodo con la idea que alguien pudiera leer mi correspondencia. Jamás escuché la recepción de la misma, pero si que me enviaron en respuesta una postal desnuda. Que pena.
Todo esto viene a cuento, porque un domingo de éstos, mientras vagaba por un popular mercado de segunda mano de Madrid, me topé con una curiosidad postal: Un gitano que vendía tarjetas postales usadas a veinte céntimos. No me aguanté y escogí tres al azar. Todas con al menos treintas años de antigüedad y variados saludos típicos de postales. Las primeras que he comprado, no hacen más que fungir de testigos de viaje y tienen la vocación transparente de inspiradoras de envidias. Los destinatarios son cualquier Juan Pérez y sus direcciones y mensajes de dominio público. Vamos, que en contra de mis principios estoy atrapado por un voyeurismo postal. Algo me dice que ocultas en su desnudez, se deben hallar un montón de buenas historias.
Ver más: Historia de la postal
¡Ay San Francisco!
05.03.04 00:01:00 5500.0 m.
Reflexiones
05.03.04 00:01:00 5500.0 m.
Reflexiones
No sé que pasa esta semana, pero todas las notas han comenzado con citas. Y hoy no será la excepción. A continuación unas palabras de Gavin Newsom, Alcalde de San Francisco (el de California) en una rueda de prensa:
A ver. Esto que se hace en SF no es una unión civil bajo una ley especial, como ya se hace en otros países europeos. Sino un matrimonio en toda regla, con los mismos derechos de los matrimonios de toda la vida. El grito al cielo –nunca mejor dicho- lo han dado las distintas religiones, incluidos los partidos políticos, en defensa del “Sagrado matrimonio” y de la “familia”, base fundamental de la sociedad, según los antiguos libritos de educación moral y cívica. Incluso en España, el clero se ha atrevido a decir, que el matrimonio entre homosexuales, podría quebrar la seguridad social.
Yo sigo observando, y más allá de la curiosidad mediática de ver en la tele las bodas donde hay dos chicas vestidas de novia o dos chicos vestidos de frac, a mi lo que me resulta interesante, es la extraña relación que adquieren en el debate las palabras familia y matrimonio.
Usaré la cultura popular para soltar generalizaciones: En el mundo occidental uno de cada dos matrimonios no se llega a convertir en familia, pues se divorcian antes de cumplir los dos años de convivencia. Los que sobreviven, lo hacen con hijos de por medio, que tarde o temprano terminan viviendo en directo, la separación de sus padres. Esto contrasta con las estadísticas al vuelo que se han levantado entre los cuatro mil matrimonios que se han realizado ya en SF, desde el doce de febrero de este año. Ellas indican que el tiempo promedio de convivencia de las parejas contrayentes es de seis años. Hasta hay parejas maduras que llevan quince años juntas.
Quiero decir: El matrimonio no hace familias, ni siquiera es un requisito para ellas. Para mi, el matrimonio no es más la herramienta jurídica que se ha inventado la sociedad para gestionar mejor los divorcios.
Los homosexuales son una minoría más, como las muchas que hay. He leído en alguna parte que suelen ser, biológicamente, el diez por ciento de la población. Como todas las minorías, son iguales ante la ley. Me siento incapaz entonces de percibir (necesito ayuda) cuáles son los desastres sociales que podría ocasionar el que tengan el derecho de gestionar mejor sus divorcios, asegurarse la patria potestad de la prole, acceder al régimen de visita de los niños y decidir como todo el mundo, quien se queda con el vehículo y quien con la casa.
Ver también:Los hijos del mariquita
Perdonen, pero se lo quiero repetir: en 16 estados de este país, [USA] no hace mucho –los 36 años que tengo- no permitían que los blancos se casaran con los negros o con asiáticos. Todo cambia. Y creo que es hora de que practiquemos lo que predicamos, y eso hay que extenderlo al lazo que se establece entre dos personas que lo único que quieren es tener los mismos derechos que los demás.

Yo sigo observando, y más allá de la curiosidad mediática de ver en la tele las bodas donde hay dos chicas vestidas de novia o dos chicos vestidos de frac, a mi lo que me resulta interesante, es la extraña relación que adquieren en el debate las palabras familia y matrimonio.
Usaré la cultura popular para soltar generalizaciones: En el mundo occidental uno de cada dos matrimonios no se llega a convertir en familia, pues se divorcian antes de cumplir los dos años de convivencia. Los que sobreviven, lo hacen con hijos de por medio, que tarde o temprano terminan viviendo en directo, la separación de sus padres. Esto contrasta con las estadísticas al vuelo que se han levantado entre los cuatro mil matrimonios que se han realizado ya en SF, desde el doce de febrero de este año. Ellas indican que el tiempo promedio de convivencia de las parejas contrayentes es de seis años. Hasta hay parejas maduras que llevan quince años juntas.
Quiero decir: El matrimonio no hace familias, ni siquiera es un requisito para ellas. Para mi, el matrimonio no es más la herramienta jurídica que se ha inventado la sociedad para gestionar mejor los divorcios.
Los homosexuales son una minoría más, como las muchas que hay. He leído en alguna parte que suelen ser, biológicamente, el diez por ciento de la población. Como todas las minorías, son iguales ante la ley. Me siento incapaz entonces de percibir (necesito ayuda) cuáles son los desastres sociales que podría ocasionar el que tengan el derecho de gestionar mejor sus divorcios, asegurarse la patria potestad de la prole, acceder al régimen de visita de los niños y decidir como todo el mundo, quien se queda con el vehículo y quien con la casa.
Ver también:Los hijos del mariquita
Santiago de León (de Caracas)
02.03.04 00:01:00 5260.0 m.
Bienestar
Gabriel García Márquez escribió la crónica de la cual he tomado este extracto. La tituló el Clero en la lucha. Lo contado lo cuenta, con la propiedad del testigo que fue, cuando residió ilegalmente en Caracas entre los años 1957 y 1958. Junto con otros excelentes artículos se armó un compendio que publicó bajo el título. “Cuando era feliz e indocumentado.” Yo guardo mi ejemplar como un tesoro, porque los artículos son tan específicos, que tan sólo tiene significado histórico para una generación, que ya casi ha perdido las ganas de leer. Lo reproduzco hoy, tal vez con la misma ilegalidad de antaño del Gabo, y sólo como una reflexión restrospectiva, de una realidad cotidiana, en la cual, cambiando apropiadamente el perfil de las víctimas, los métodos siguen siendo aterradoramente similares. Algo básico se ha dejado de aprender.
02.03.04 00:01:00 5260.0 m.
Bienestar
Monseñor Carrillo no podía renunciar a su deber. El martes 21 un poco antes del medio día, estaba diciendo su misa ordinaria cuando una manifestación de médicos se refugió en su Iglesia. En la confusión la misa fue interrumpida, y agentes uniformados y civiles irrumpieron en el recinto, armados de fusiles y ametralladoras. En un instante la Iglesia de Santa Teresa se impregnó de gases lacrimógenos, pero los policías impidieron la salida de las 500 personas – hombres, mujeres y niños – que se asfixiaban en el interior. Una bomba estalló a pocos metros de Monseñor Carrillo. Los fragmentos se le incrustaron en las piernas y el párroco, con la sotana en llamas, se arrastró hasta el altar mayor. A pesar de la confusión, un grupo de mujeres mojaron sus pañuelos en el agua bendita de la sacristía y apagaron la sotana del párroco.
Cuando la Iglesia fue evacuada, la policía se opuso, incluso, a que las ambulancias se llevaran oportunamente a los heridos. El Arzobispo llamó por teléfono al comandante de la policía, Nieto Bastos, cuando todavía la Iglesia estaba sitiada. Nieto Bastos respondió: Son ellos quienes están acribillando a la policía.
Monseñor Carrillo no pudo ser conducido al hospital. Con las piernas inutilizadas por los fragmentos de la bomba, fue llevado al despacho parroquial, hasta donde logró penetrar, al atardecer, un médico que le prestó los primeros auxilios.
....
Durante toda la noche, mientras el párroco sufría en su dormitorio del primer piso, presa de terribles dolores, la policía disparó contra la Iglesia para dar la impresión de que allí había grupos atrincherados. Energúmenos, subrayaban las descargas con toda clase de expresiones obscenas. Pero Monseñor Carrillo, a pesar de su estado, sabía que aquel asedio no podía durar mucho tiempo. Así fue. El heroico pueblo de Caracas, con piedras y botellas descongestionó el sector a la mañana siguiente. Horas después, el párroco experimentó una inmensa sensación de alivio. La misma sensación de alivio que experimentó Venezuela. Era la madrugada del 23 de Enero. El régimen había sido derrocado.
Gabriel García Márquez escribió la crónica de la cual he tomado este extracto. La tituló el Clero en la lucha. Lo contado lo cuenta, con la propiedad del testigo que fue, cuando residió ilegalmente en Caracas entre los años 1957 y 1958. Junto con otros excelentes artículos se armó un compendio que publicó bajo el título. “Cuando era feliz e indocumentado.” Yo guardo mi ejemplar como un tesoro, porque los artículos son tan específicos, que tan sólo tiene significado histórico para una generación, que ya casi ha perdido las ganas de leer. Lo reproduzco hoy, tal vez con la misma ilegalidad de antaño del Gabo, y sólo como una reflexión restrospectiva, de una realidad cotidiana, en la cual, cambiando apropiadamente el perfil de las víctimas, los métodos siguen siendo aterradoramente similares. Algo básico se ha dejado de aprender.
Las putas de pueblo
01.03.04 00:01:00 6030.0 m.
Reflexiones, Nota Dominguera
En las grandes ciudades hasta las putas terminan siendo un problema. En los pueblos en cambio, las putas - que no la prostitución – son “aceptadas” cual otros males necesarios, como la iglesia, los políticos, el matrimonio o el adulterio. Pero en la gran ciudad todo se desmadra y lo que en un pueblo es una profesión que sigue una tendencia estadística casi ancestral, como el porcentaje de corruptos, de homosexuales, mojas, choferes o maestros; se transforma en la ciudad en el infierno aterrador de la trata de blancas.
En Europa por ejemplo, casi el setenta por ciento de las prostitutas son extranjeras indocumentadas, traficadas por bandas organizadas que las someten a explotación sexual. De hecho, no me gusta llamarlas prostitutas, porque en realidad son esclavas sexuales que generan para las mafias cerca de 100.000 millones de euros anuales. Un alto porcentaje de ellas, son capturadas en países pobres y obligadas a prostituirse bajo amenaza de muerte, propia o de sus familias. En España, de ese 70%, treinta y siete de cada cien son subsaharianas, un veintidós por ciento latinoamericanas y el resto de Europa del este. Eso ya no es un fusible social a las presiones de la carne, como solía decir un profesor amigo, sino un horrendo escenario de aniquilación humana.
Las putas de pueblo también eran indocumentadas, pero bastaba mirarle a los ojos para identificarles. Incluso me atrevería a decir que socialmente se les tenía en alta estima, aunque bajo el silencio al que invitan las buenas costumbres. Tarde o temprano, ante la falta de primas alegres, las familias recurrían a ellas para encomendar la iniciación carnal de los varones, que con mayor o menor suerte, se quitaban de encima la etiqueta social de la indefinición. En la dual simplicidad del pensamiento tribal se solía dicir: en la familía habrá locos, pero maricos no.
Aunque casi todas no fuesen más que damnificadas de la vida, se agenciaban un ambiente asociado a la alegría. Este contrastaba con las tristes historias que contaban a sus clientes-confidentes, cada vez con nuevos matices, y ante una botella de ron, que jamás probaban. Particularmente me inclino más a pensar que se contaban sus propias vidas a sí mismas, e iban cambiando los culpables y los odios, a medida que el tiempo se encargaba de borrar los recuerdos de su piel.
Era curioso, pero muchos prostíbulos eran regentados por mujeres, casadas y señoras de su casa, que ofrecían a la propia sociedad los mecanismos de control que protegían la salud y la moral del pueblo. Las putas eran pocas, conocidas y “ejercían” la profesión con unos rasgos muy caribes: Puta se llamaba sólo a las freelance, las otras eran “las muchachas”, que ejercían cada una en su pieza-casa. Detrás de cada puerta, la cruz de palma bendita, el cuadro de la mano poderosa (ver la imagen que acompaña esta nota) y el certificado de salud.
La jerarquía entre ellas, como en cualquier poder moderno, se fraguaba a base de rumores y mentiras, que terminaban minando por igual la curiosidad de imberbes inexpertos y adultos incautos. En mi pueblo por ejemplo, había una próspera hacendada, de origen chino, dueña además de un restaurante y un almacén. Todos cuentan que su fortuna la hizo cuando siendo una joven y exótica meretriz, puso a circular la tentadora especie, de que las chinas tenía sus partes íntimas de forma tan horizontal como sus ojos.
01.03.04 00:01:00 6030.0 m.
Reflexiones, Nota Dominguera

En Europa por ejemplo, casi el setenta por ciento de las prostitutas son extranjeras indocumentadas, traficadas por bandas organizadas que las someten a explotación sexual. De hecho, no me gusta llamarlas prostitutas, porque en realidad son esclavas sexuales que generan para las mafias cerca de 100.000 millones de euros anuales. Un alto porcentaje de ellas, son capturadas en países pobres y obligadas a prostituirse bajo amenaza de muerte, propia o de sus familias. En España, de ese 70%, treinta y siete de cada cien son subsaharianas, un veintidós por ciento latinoamericanas y el resto de Europa del este. Eso ya no es un fusible social a las presiones de la carne, como solía decir un profesor amigo, sino un horrendo escenario de aniquilación humana.
Las putas de pueblo también eran indocumentadas, pero bastaba mirarle a los ojos para identificarles. Incluso me atrevería a decir que socialmente se les tenía en alta estima, aunque bajo el silencio al que invitan las buenas costumbres. Tarde o temprano, ante la falta de primas alegres, las familias recurrían a ellas para encomendar la iniciación carnal de los varones, que con mayor o menor suerte, se quitaban de encima la etiqueta social de la indefinición. En la dual simplicidad del pensamiento tribal se solía dicir: en la familía habrá locos, pero maricos no.
Aunque casi todas no fuesen más que damnificadas de la vida, se agenciaban un ambiente asociado a la alegría. Este contrastaba con las tristes historias que contaban a sus clientes-confidentes, cada vez con nuevos matices, y ante una botella de ron, que jamás probaban. Particularmente me inclino más a pensar que se contaban sus propias vidas a sí mismas, e iban cambiando los culpables y los odios, a medida que el tiempo se encargaba de borrar los recuerdos de su piel.
Era curioso, pero muchos prostíbulos eran regentados por mujeres, casadas y señoras de su casa, que ofrecían a la propia sociedad los mecanismos de control que protegían la salud y la moral del pueblo. Las putas eran pocas, conocidas y “ejercían” la profesión con unos rasgos muy caribes: Puta se llamaba sólo a las freelance, las otras eran “las muchachas”, que ejercían cada una en su pieza-casa. Detrás de cada puerta, la cruz de palma bendita, el cuadro de la mano poderosa (ver la imagen que acompaña esta nota) y el certificado de salud.
La jerarquía entre ellas, como en cualquier poder moderno, se fraguaba a base de rumores y mentiras, que terminaban minando por igual la curiosidad de imberbes inexpertos y adultos incautos. En mi pueblo por ejemplo, había una próspera hacendada, de origen chino, dueña además de un restaurante y un almacén. Todos cuentan que su fortuna la hizo cuando siendo una joven y exótica meretriz, puso a circular la tentadora especie, de que las chinas tenía sus partes íntimas de forma tan horizontal como sus ojos.


