El poder de las conferencias
01.07.10 14:47:06 3890.0 m.
Habré asistido a unas cien conferencias en el transcurso de mi vida. La gran mayoría de ellas antes de cumplir los veinticinco años. (Puede parar aquí querido lector, porque todo lo demás tiene un repelente tufo a niño egocéntrico con pantalones cortos a rayas). Tuve mucha suerte. Crecí en un ambiente rural con pretensiones. Durante el bachillerato disfruté de los últimos coletazos de las iniciativas de una vieja guardia de profesores que estaban convencidos de que la instrucción era insuficiente y que había que educar.

El truco de la asistencia obligatoria funcionó perfectamente. Había que hacerlo así, de hecho, todo el ciclo formativo es intrínsicamente obligatorio por algo. Pero luego, poco a poco, le fuimos cogiendo el gusto como una actividad más en la que los invitados intentaban mantener atentos a gente cuya atención tenía un alto precio.

Mucha más suerte tuve en la universidad, porque logré estudiar en una que no podía pagar. Mi universidad contaba con un amplio programa de conferencias anuales que comenzaban el primer día de clases y trataban un amplio abanico de temas.

Gran parte de mi cosmovisión actual se formó a lo largo de esas conferencias. La gran ventaja que tenían sobre el resto de los mecanismos de enseñanza-aprendizaje es que no tenían como finalidad una evaluación de conocimientos, sino simplemente la estimulación de la curiosidad y esa sensación fantásticas de realizar cruces entre temas que, a priori, no tienen nada que ver con otros.

Algunas conferencias tuvieron aplicación práctica directa, otros ayudaban a conformar los intangibles, como mi esquema de valores.

A medida que he envejecido, me he quedado sin tiempo y facilidades para poder mantener un ritmo de asistencia similar a la de mi juventud. Afortunadamente, la curiosidad y necesidad de escuchar a otros hablar de lo que saben se ha mantenido intacto. Para saciarlos, recurro a múltiples sitios que fungen de archivos mediáticos de conocimiento. Hoy os dejo dos:

Todas las conferencias de la Fundación Juan March desde 1975.
El estupendo sitio de las conferencias de la organización TED.


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Nota del Cartero:
En la mayoría de los países no anglosajones, las conferencias son gratuitas. Si tiene tiempo, a alguna.

Ni tan calvo, ni con dos pelucas
05.02.09 01:01:01 4190.0 m.
El nueve de enero pasado nevó en Madrid. No una nevada apocalíptica de esas que vemos por la tele en los países nórdicos, sino una normalita, de las que no ameritan paralizar una ciudad. Sin embargo, aquí se cerraron carreteras, miles de personas se quedaron durmiendo en los aeropuertos por la suspensión de sus vuelos, se echaron las culpas mutuamente entre los distintos gobiernos (nacional, regional y local) y los organismos encargados de predecir el tiempo y activar y ejecutar las alarmas afirmaban cada uno haber actuado según los protocolos. Vamos, que no se escuchó aquella recurrida frase de “esto parece el tercer mundo” porque afortunadamente en los países del tercer mundo, no nieva.

Pero como a España le cuesta encontrar el punto medio, desde el nueve de Enero y para que cubrirse las espaldas, los organismos que se echaron mutuamente las culpas nos han estado anunciando en la televisión, la radio, la prensa y en los carteles informativos de las carreteras que viene el lobo, que van a caer unas nevadas cojonudas, que no usemos el coche, que no viajemos sin cadenas, que nos agarremos que esto se lo llevó quien lo trajo, que huyamos al sur que nos invaden seres de otro planeta. Pero aquí no ha caído ni un mísero copo más.

Entiendo que la ciencia de predecir el tiempo se basa en probabilidades y confío en el trabajo que hacen en la Agencia Estatal de Meteorología, pero que de allí a interpretar que un “40%-60% de riesgo de nevadas débiles” se asemeje al apocalipsis hay un trecho. Así las cosas, somos víctimas de algún político que no quieren que le echen la culpa por falta de previsión y en lugar de advertir e informar confunde éstos últimos con intimidar. Como la gente ve que no pasa nada y que las predicciones son una guachafita(*) pues ya no se las cree.

El problema con esto es que cuando comiencen a acusar a “alguien” de sobre información y de mantener a la ciudad en ascuas, éste dejará de avisar y, en algún momento en el futuro nevará, el caos volverá y vuelta a empezar.

Todo esto es consecuencia de convertir en un problema político algo que debería estar en el ámbito de la logística de una ciudad.

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(*)guachafita.

1. f. coloq. Ven. alboroto (‖ vocerío).

2. f. coloq. Ven. Falta de seriedad, orden o eficiencia.


¡Que vaina con los pobres!
28.06.07 08:22:55 3820.0 m.
Ser civilizado no consiste en reprimir los instintos animales que nos impulsan, por ejemplo, a partirle la cara a más de un patán de los que pululan por la vida. Consiste más bien en percatarse de las consecuencias que tendría el partirle la cara y no hacerlo. Lo que son las ganas, no te las reprime nadie.

De los distintos seres que sirven de catalizador para esos sentimientos, los del perfil ruin son los peores. Ayer por la tarde, uno de éstos, me llegó por detrás mientras esperaba en una cola para entrar a un parking, abollando el parachoques trasero de nuestro humilde vehículo. Leve, como ha puesto en su informe el perito, pero abolladura al fin.

El zafio conductor se bajó a la defensiva diciéndome que eso no era nada e invitándonos a dejarlo así y seguir por la vida. Empeoró su actitud, cuando le requerimos los datos de su seguro para hacer el parte del accidente. Me produjo consternación sobre todo, por no decir suprema Arrechera, lo que el pobre ser nos soltó, que en venezolano vendría a ser algo como: ¡Que vaina con los pobres! la gente rica no tenemos esos problemas ni nos preocupamos por estas tonterías.

Mi novia, que para estas cosas tiene mucha sangre fría y respuestas contundentes, mantuvo la calma mientras tomaba nota de los datos del seguro y el tipejo nos mostraba billetes en fajo, nos decía que hablaba siete idiomas, denigraba de las mujeres españolas, de un país de mierda y demás faltas de respeto con vocación desestabilizadora.

Yo por mi parte deseaba, por primera vez en mucho tiempo, estar en mi país para tomar ventaja de algo; por ejemplo, partirle la cara a tipos como éstos, con la impunidad que ofrecen las democracias demergentes. Pero esta mañana reflexioné y caí en cuenta de la estupidez de mi deseo, porque en mi país, como en casi todo el mundo civilizado (sic), ante una situación similar, la patanería de la opulencia chabacana sabría cómo salir ganando.

Así que reformulé mi deseo con lo típico: Las ganas de tener poderes mágicos para convertir a los energúmenos en merluzas.


Lustra, que algo queda
22.02.07 08:40:35 5100.0 m.
No llevar siempre los zapatos limpios podría ser el origen de algunos problemas sociales. Durante la educación primaria y secundaria, estuve expuesto a dos reprimendas básicas: Una por llevar la camisa por fuera del pantalón y otra por no mantener los zapatos limpios.

En la primaria, de orientación religiosa, la cosa tenía tintes castrenses. Pasaban revista todas las mañanas antes de entrar a la primera clase. Ya en secundaría funcionaba como un mecanismo de control ante las continuas afrentas de la adolescencia. Cualquier profesor podía interceptarte en el pasillo para exigirte acicalar tu apariencia, incluso tenía potestad para no dejarte entrar a su clase si no llevabas los zapatos limpios. Viéndolo bien, también era un poco castrense.

Pero todo esto no era más que una extensión de lo que ya pasaba en casa. La diferencia era que las madres utilizaban la vergüenza ajena: ¿Qué va a pensar la gente de si te ven con esos zapatos sucios?

No era un tipo de disciplina férrea, como podría pensarse, sino continua. De allí su efectividad. Terminabas calcilustrado y camisometido, sólo para evitar la lata. Pero detrás de esos pequeños gestos, que pueden parecer retardatarios, se gestan una cantidad de hábitos personales que facilitan la convivencia en la edad adulta.

Inicialmente, respeto a las normas sociales y capacidad para decidir cumplirlas, así como el desarrollo de habilidades de adaptación a medida que estas normas evolucionan con el tiempo. Más adelante, deferencia con los mayores, que no se trata de obediencia, sino de un mínimo de cortesía. Finalmente, el desarrollo de sentido común, que no es más que la habilidad para entender las consecuencias de nuestras acciones cotidianas y la manera como afectan positiva o negativamente a nuestros semejantes.

¡Dios mío! Cuán puritano me estará quedando esto. Pero bueno, la idea es que me da por pensar que si la gente no usa los baños públicos de forma cortés, no cumple con las normas de circulación, tira basura en la calle, no sabe esperar su turno en una fila, o en definitiva, le importa una mierda sus semejantes; es porque en su formación, alguien no insistió lo suficiente en que se metiera la camisa por dentro del pantalón, limpiara sus zapatos, hiciese su cama, no escupiera en la calle o se sacara los mocos en público, se lavara las manos luego de ir al baño o supiera distinguir cuándo un anciano comienza a comportarse como un niño para otorgarle un tratamiento digno.

Cuando una sociedad necesita plagarse de normas para castigar a los adultos como si fueran niños por faltar a normas de “sentido común y beneficio mutuo” debería buscar sus causas en cosas tan simples, como, digamos por ejemplo, el lustro de los zapatos de los niños. Tal vez salga más barato.

Es que amanecí hipotético hoy.


¿Por qué no hay un diccionario de españolismos?
26.07.06 11:25:14 3550.0 m.
Mira que no me disgusta para nada la existencia de la Real Academia Española (de la Lengua). Me resulta lógica y necesaria. Me gusta su rigor y además, veo plausible el esfuerzo que realiza por abarcar los distintos matices del castellano a lo largo de todos los países que tienen lengua en común. Iniciativas como el Diccionario Panahispánico de dudas lo reflejan. Lo que a veces no me resulta tan cómodo es que La Academia asuma el Castellano como patrimonio exclusivo de España y tienda a obviar que éste – si bien heredado - también forma parte del patrimonio cultural de los otros cuatrocientos millones de personas que lo hablamos.

Uno de los flecos que apalancan esa actitud, es el trato aparte que reciben los americanismos, como si fuesen desviaciones de un hipotético castellano estándar. Es como pensar que los españolismos no existieran o que, en todo caso, fuesen la norma.

Casi todas las Academias de la Lengua Española de los países latinoamericanos publican regularmente diccionarios con el aporte que los habitantes de distintos entornos culturales han realizado al idioma, y lo engloban dentro de esos “ismos” que hacen referencia a particularidades del Español, en sus países o regiones. Sin embargo, La Real Academia incluye en el Diccionario como voces del español general, muchas que sólo se conocen en España: autocar, autostop, competición, mechero, iceberg, hucha, piso, arcén, molar curro, etc.

Con lo que me encanta el español de España, un diccionario de españolismos sería para mí, además de interesante, útil. Hablar con la gente, ver la tele o leer los periódicos, no es suficiente para aprender a entender lo que otros me quieren decir y decirles con sus propias palabras lo que siento o pienso. Además, para los españoles, contar con una obra así podría llegar a representar una experiencia de reafirmación de unos de los valores que les hace iguales, en medio de su atractiva diversidad: El Español.

Que amanecí reivindicativo hoy.

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